Como de costumbre, la programación de las Fiestas de San Juan y San Pedro incluía una nueva edición del festival flamenco, establecida para el viernes 27 de junio. Tras leves reajustes respecto a lo anunciado en el cartel, el planteamiento estuvo basado en cuatro propuestas bastante diferentes, así que hubo música para casi todos los gustos. De alguna manera, aún resonaban ecos referenciales de la actuación anterior (realizada en la Plaza Mayor, algo no habitual), que resultó extraordinaria en cuanto a nivel guitarrístico. La presente edición no se ha quedado atrás, pues ha entregado maestría, buen gusto, diferenciación y personalidad. Cada guitarrista es un mundo, y no hay duda de que el control de un instrumento como la guitarra flamenca es la clave para una actuación de estas características, sea de cante o de baile. La responsabilidad de un guitarrista es tremenda, toque lo que toque e independientemente de su estilo, y es de agradecer que cada año podamos disfrutar de un gran nivel al respecto en este festival, tanto en originalidad y compás como en técnica.
En primer lugar actuó el dúo formado por la cantaora Sonia Gómez y el guitarrista Miguel Ramos. Ambos salieron al escenario y desglosaron cinco versiones mediante un estilo muy particular mediante el que se aunaban los aires de copla y canción con los sabores flamencos. La primera fue “Habaneras de Cádiz” de Carlos Cano, a través de la cual movieron al público por habanera y tanguillos. A continuación se entregaron con “Dime” de Lole y Manuel, canción que interpretaron de forma pausada y bien recreada. Fueron subiendo el calor con la mítica zambra “La niña de fuego” (Quintero/León/Quiroga), para ir perfilando su labor con un broche que sorprendió al público: “Mediterráneo”, de Joan Manuel Serrat. Como despedida y a ritmo de rumba, ofrecieron la canción “Procuro olvidarte” (Manuel Alejandro/Ana Magdalena).
Su actuación fue algo inusual y distinto, ambos artistas derrocharon profesionalidad y talento. Se nota que están muy cómodos con ese formato y que se compenetran muy bien. El toque de guitarra de Miguel Ramos se mantuvo en un complejo y muy completo rol mediante el cual desglosó ritmos, armonías, melodías y arreglos, amparando en todo momento a la emotiva voz de Sonia Gómez, que brilló en cambios de altura e intenciones y lo dio todo sobre el escenario, hasta el incandescente final.
La segunda tanda llegó en forma de seguirillas para el baile, a cargo del grupo de de la bailaora y coreógrafa Raquel Villegas. En el cante estuvo Jaime Villar “Candié”, que se entregó a fondo mediante un desgarrador sonido vocal de añejos ecos. Esto resultó perfecto para el estilo en cuestión, en el que de nuevo, el guitarrista Miguel Ramos mostró su gran talento y distintas facetas a la hora de expeler pureza flamenca y diferentes técnicas mientras acataba cada variación del riguroso compás de la seguirilla, abrazado con aplomo por los palmeros Manuel Vinaza y Naim Real. El espectacular baile hizo las delicias del público, Raquel Villegas salió de rojo y se metió de lleno en un intenso papel, sólido y muy sobrio, incluso especialmente original. Las castañuelas blancas sirvieron de contraste y constituyeron un acabado visual perfecto para sumar al juego técnico, rítmico y de brazos.
Tras semejante cañonazo de puro flamenco y los correspondientes preparativos, llegó el momento para la actuación de Macarena de Jerez y su grupo. Esta carismática cantaora y bailaora, que se mostró bastante cercana y desenvuelta, dejó constancia de su buen hacer. El guitarrista Niño Manuel se hizo cargo de las seis cuerdas con maestría, sutileza y sólido compás, muy bien apoyado por las compenetradas palmas de los artistas Manuel Vinaza, Macarena de Vinaza y Naim Real. La actuación dio comienzo por tangos/tientos, poco a poco pero entrando a cuchillo, con Macarena de Jerez entregada a la jondura. Tras este temple inicial, llegó el correspondiente desemboque por tangos de la vieja escuela, cuyo ritmo hizo participar a un público que daba muestras de estar disfrutando.
A continuación, el maestro Niño Manuel se arrancó por fandangos, y tras la introducción de rigor, fue secundado por la cantaora, que se entregó de forma medida y con garra. Tras los aplausos, el combo desglosó la primera bulería jerezana de la noche. La guitarra sonaba clara y con soniquete, las dinámicas comenzaron a salir a flote y la complicidad de los palmeros mantuvo en volandas a cante y cuerdas, a placer. La pieza constituyó uno de los puntos climáticos de la presente edición del festival; la bulería no suele fallar, y esta fue ofrecida en un momento clave del desarrollo del concierto, en la mitad y con muchas cosas aún por suceder.
El personal se mantuvo atento y gozoso, muy entregado. Curiosamente, la letra de “Procuro olvidarte” volvió a sonar en la noche flamenca leonesa, y en un arranque de genio y temperamento, Macarena de Jerez se lanzó al baile mientras continuaba siendo acompañada y bien seguida por un compás robusto y caldeado que cincelaba la citada bulería. Tras la jerezana salieron puntualmente Macarena de Vinaza, Naim Real y Manuel Vinaza para “pegarse” sus escuetos bailecitos individuales antes de teminar la interpretación general con su salida del escenario a compás mediante el típico fundido sonoro y visual, a pelo, con gracia jerezana y agradecimiento a un público que aplaudió su amena y viva actuación con muchas ganas.
Tras el tiempo de actuación de Macarena de Jerez y su grupo, tocaba saborear de nuevo del baile de Raquel Villegas, que de nuevo salió acompañada por sus músicos. El maestro Miguel Blanco llevo a cabo una delatora y hermosa introducción a la que en su momento se sumó el cantaor Jaime Villar “Candié” con sus primeras frases, antes de comenzar el compás y sumergirse en la magia de unas espléndidas alegrías para el baile, de corte clásico. Raquel Villegas se recreó en su coreografía e hizo las delicias del público, por momentos parecía haberse transformado en un fantástico cisne blanco que movía sus alas en apertura y abrazo. La actuación de la bailaora volvió a ser excelente y personal, por momentos minimalista, e implicó una mezcla de embrujo, control e instinto que gustó mucho. Tras casi doce minutos de plena acción, el grupo se despidió ante la ovación correspondiente.
La cosa estaba bien caldeada y tocaba disfrutar de la actuación del cantaor Jesús Castilla, de nuevo por estas tierras y en el escenario del Festival Flamenco de León. Recuerdo perfectamente haberle visto actuar hace años en la edición dedicada a homenajear a Camarón de la Isla. En esta ocasión estuvo fielmente escudado por la guitarra de Niño Manuel, que tras el correspondiente descanso, volvió para dejarse las manos en el asunto. El grupo se completaba con Naim Real y Ángel Sánchez “Cepillo”; ambos se entregaron con peso y frescura al rol de palmas.
El combo funcionó de maravilla: los tangos de apertura, con aires que, para quien suscribe, trajeron el aura y recuerdo de Paco de Lucía, sirvieron para que Jesús Castilla fuese calentando y poniendo su voz a tono, además de que lograron la inmediata conexión entre los artistas y un público ya completamente metido en ascuas. La breve alusión a “Como el agua” dejó el aire impregnado de recuerdo mediante ese instante tan bonito en el que Camarón fue evocado, aunque no fue el único guiño que Jesús Castilla dedicó al genio del cante.
La segunda interpretación nos trajo unas buenas alegrías de Cádiz que gustaron muchísimo y dieron paso a los fandangos, libres en inicio y a la cadencia templada después, algo que resultó tan inesperado como de agradecer. Fueron cortitos, pero pura crema. Y ya, algo sospechado y necesario: llegó el momento para una despedida por bulerías en la que los músicos lo dieron todo y extrajeron la emoción de cada espectador, me la juego. Las falsetas, alzapúas, los cierres y recortes del maestro Niño Manuel resultaron de lo más asentado, excelentes de principio a fin. Y Jesús Castilla, ciñéndose a la flamencura clásica, se dejaba la piel en progresión ascendente y disfrutaba con los poderosos acompañamientos de su equipo artístico, hasta el punto de acercarse al borde del escenario y cantar a puro pelo; así finalizó una gran actuación que el publico agradeció con sonoros aplausos.
Inmediatamente, todos los artistas participantes subieron al escenario para integrar un final de fiesta por bulerías en el que se iban intercambiando cantes y bailes espontáneos, al amparo del dúo formado por los maestros Pablo Blanco y Niño Manuel, que sonaron a puro y extraordinario Jerez. Buen y apropiado cierre para una gran edición del Festival Flamenco de León.
Solo queda ofrecer nuestro agradecimiento a todas aquellas personas y entidades que han hecho posible la realización de este evento público. Hasta el próximo papiro.
Texto y fotografías: © J. Bass (Vientos de Estigia).
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