Sombras en la ribera

Otro día más, tan triste como alegre, claro o espantosamente oscuro, según se mire y según desde dónde se mire o sienta ¿Es posible hacer algo?

Las garzas, urracas, ánades, petirrojos… están siempre alerta. No importa si vigilan las riberas del Bernesga o si dominan sobre los pinos y chopos de La Condesa o Papalaguinda. Jamás bajan la guardia, saben que nadie les traerá el sustento… afortunados (o pobrecitos) sean los patos, que comen el pan de quien se lo echa…

Los mirlos pululan sin rubor, desde los arbustos de cada orilla a los muy próximos jardines del claustro de la iglesia de San Marcos. Son los más “chulos”, y no importa si calzan muchos o pocos inviernos.

Una urraca se posa en la barandilla artificial, cuyos materiales reciclados conformaron materia natural en el pasado. Aún existe conexión entre piedras y tipos de cemento, aunque podría resultar nefasta. Mejor pisar la hierba y aferrarse a las ramas de un árbol.

Las picazas se adaptan a lo que sea, incluso al ladrillo carmesí, cuando no muestran temor ni precaución al acercarse a la presa inerte, descarnada, del gran halcón peregrino… a riesgo de que este les cante las cuarenta con un aviso a navegantes. Y ese pico puntiagudo, puro garfio, no entiende de bromas. Su perfil habitual nos lo muestra, mientras posa con el buche a reventar, como quien no quiere la cosa y sin que se note. Volar a esa velocidad precisa de combustible diario. Mucho, y bien rojo.

A cada lado de la pasarela hay una senda que lleva a un puente, el bonito y el feo ¿cuál es cuál? Más allá, un supuesto límite.Y de ahí a la eternidad circular, a través del curso mojado e inabarcable. En sus márgenes y aledaños, el petirrojo marca territorio, sin temor aparente.

Las citadas garzas reales no conocen el desaliento, y si pudiesen, se tragarían enormes peces… así que hacen lo que pueden, hacen lo que tienen que hacer, y con ello equilibran un poco el mundo en marcha. Escrutan y apechugan, trabajan de lo lindo.

Ya estaba la cosa para pocas creatividades focales… cuando una señal llegó del cielo, literal y en forma de pequeño pájaro que se posó muy cercano, sobre las piedras mojadas: sí, un humilde verdecillo. Solo DIOS puede ofrecer un momento así, tan aparentemente simple y a la vez grandioso; y las oportunidades hay que aprovecharlas, aferrarse a ellas. Gracias, gracias, gracias por otro día más para admirar la belleza o llorar de lástima. Como proceda, como toque.

Siempre es posible hacer algo más. Que no se diga que no lo hemos intentado, tengamos capacidad para abordarlo, asumirlo, abarcarlo… o no.

León, ciudad de agua y piedra, alas y garras. Y en otoño… musgo, castañas pilongas y erizos en la hojarasca.

Texto y fotografías: © J. Bass (Vientos de Estigia).

Artículo de carácter cultural y lúdico, exento de afán comercial. Los logos e imágenes pertenecen a los poseedores de los derechos.

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