Desde mediados de enero hasta la presente fecha, el necesariamente introspectivo invierno ha ofrecido relativa tregua, tanto para el entorno natural como para los que aprecian sus frutos y bondades. Así que, tras intensas jornadas de observación, toca sentarse ante la máquina y publicar.
No es poco irónico que lo que solo puede contemplarse una vez y de una sola forma (cada cual bajo sus propios parámetros de apreciación e instinto), termine insertado en un bloque de instantáneas que tratan de plasmar cada momento, cada sensación, cada emoción ilusionante. Sí, en forma de disparo inofensivo, precisamente para hacer cómplices y partícipes de cada instante único a quienes sepan o quieran apreciar este tipo de sencillas obras. En realidad es imposible, salvo si se quita hierro al asunto. Pero, en este caso, las siluetas recortadas, recortes son. Y por lo tanto, definen claramente, a un nivel mucho más conciso y funcionalmente certero.
Lo que nunca podrá transmitirse, por suerte, es el también necesario punto de vista único e intransferible de quien tiene la vivencia. Sin conferir la debida importancia al acto vivido, no podría ser compartido para bien de los demás y quedaría relegado a algo intrascendente. Y hay muchas personas que valoran poder tener al alcance cierto conocimiento de algo que, de otra forma, ni siquiera podrían tantear. A veces hay que ayudar a abrir puertas, como en su día nos ayudaron.
El post está integrado por diferentes imágenes captadas en el contexto de los contraluces y las sombras, independientemente de si muestran ciertos colores o plasman simples recortes ante un fondo, no por ello menos relevantes o sugerentes a nivel estético. Alguna está realizada en muy bajas condiciones lumínicas, y por ello ofrece un efecto algo similar al contraluz. En ocasiones, y precisamente por la fuerza implícita, este tipo de fotografía puede resultar impactante y muy descriptiva, en relación con su simpleza a la hora de mostrar lo básico y primitivo, de tinte cavernario.
Los ánades reales, sea a la hora que sea, aparentan ser duros como el acero y flexibles como rama fresca. Recios y de imagen enigmática, estos atléticos patos ofrecen una preciosa silueta en vuelo. La primera fotografía está realizada en un oscuro día de lluvia y a larga distancia, con lo que conlleva cierto granulado inevitable que tal vez aporte un aire fantasmagórico. La segunda se captó en día soleado.
El cernícalo es un clásico de los caminos. Se cierne para la ocasión, haciendo gala de su nombre, cual lejano abanico volante en día muy nublado. Pobres roedores, principalmente. Cuando aprieta sus garras, es implacable… aunque por suerte para sus presas, no siempre acierta. Claro, no desistirá, como mínimo mientras quede una miserable gota de luz en su ámbito de acción.
Esta bolita supersónica es infatigable en el arte de la pesca. En su aparente concentración, nos vigila, sopesa, controla perfectamente cómo mirar al agua y de reojo (o de frente, si se tercia) al intruso observador. Como suele decirse, tiene un ojo delante y otro detrás. Tanto si su colorimetría se intuye o esboza (primera fotografía) o simplemente queda oscurecida y se recorta en un fondo apropiado, el hecho de poder observar de cerca al martín pescador es algo increíble.
La cigüeña suele cumplir con el refrán, y poder ver los primeros ejemplares de la temporada siempre entraña una gran alegría. Su vuelo circular ofrece la cara y la cruz de la iluminación. En todo caso, si la jornada es poco luminosa, es posible que no podamos apreciar su contraste ajedrezado y la maravillosa viveza del color de su rojo pico. Aún así, la silueta del ave es entrañable e inconfundible.
Tizón, así se apoda al colirrojo más común. En este caso, la oscuridad de su pluma se funde en la escasa luz de la imagen, y la silueta de la cabeza le confiere un aire interesante y relativamente diferenciador. De esta forma, la estampa del colirrojo se vuelve muy atractiva, por lo que sugiere sin apenas mostrar.
Esta figura es temida por la mayoría de las aves del entorno, aunque muchas de ellas puedan resultar despreciables para nuestro protagonista, que gusta de comer a golpe y porrazo, hasta hartarse. Como perfecta maquinaria de precisión que es, necesita carne, más de la que un simple gorrión le pueda aportar, así que gasta su energía en capturar otro tipo de piezas. Se mueve a tal velocidad que, casi sin poder apreciarse, despega lateralmente e inmediatamente cae en picado. Es impresionante, apenas da tiempo a percibir su giro inaudito y ya está a decenas de metros de su base de partida. El mítico Horus renace cada día, tras la simbólica muerte diaria de Osiris, también representada en cada ocaso. Los halcones aluden a lo arcano y milenario, al igual que las águilas. Y así seguirá siendo.
La corneja negra es uno de esos pajarracos fascinantes, y de por sí, su oscurísimo uniforme crea definidos recortes en casi cualquier situación o terreno. Tanto en vuelo como posada en árboles, en tierra o en artefactos artificiales, su porte es magnífico. Difamada, odiada e incomprendida como la urraca, es una de las aves más beneficiosas para el entorno natural.
Y qué decir de este estornino negro, cuya lejana figura despide los últimos rayos solares con una majestuosidad propia de reyes. Esta es una de las estampas más bonitas del atardecer, independientemente de la especia de ave que la integre. En el caso de los estorninos, ese pico tan largo y robusto forma parte indudable de que su bella silueta a contraluz se vea incrementada en potencia.
Para ave original, el trepador azul, gimnasta que supera a los herrerillos en algunas facetas. Su capacidad de contorsión es delatora, por lo que, incluso en sombras, es reconocible. La hermosura de esta especie roza lo exótico, y es una suerte poder ver trepadores en acción, tanto si están montando jolgorio grupal como si se debaten de forma aislada. Esta fotografía también posee un fondo que aporta calor a la escena, en contraste con la supuesta frialdad del oscuro «recorte» picudo.
Aerodinámico, incansable rastreador, fantasma flotante… así me gusta pensar en el milano real, cuya silueta en vuelo llega a ofrecer un auténtico espectáculo, muy apreciable cuando realiza movimientos a baja altura. Hoy pongo cuatro imágenes simbólicas en las que se expresa la fuerza de su figura. De hecho, la primera de ellas encabeza este artículo y muestra parte del color del ave, en notoria diferencia con las tres que van a continuación, por navegar en el sutil umbral entre el color y la completa negrura.
Un día, tras una caminata larga, ya de regreso y con lluvia, obtuve esta fotografía de lo que parece ser un estilizado pinzón común, posado en lo más alto de un gran árbol. La tierra en su pico es señal de que había estado buscando comida poco antes de ser tomada la instantánea. Los brotes se abren paso, y pronto, si la coherencia lo permite, volverá a comer las semillas ofrecidas por sus árboles preferidos. Pinzones, duros, vivarachos… escuderos del rey picogordo en su palacio de las sámaras.
Esta imagen tomada en el paseo de Papalaguinda, cerca del río, es una de mis favoritas. Muestra un fondo desenfocado y cálido, de atardecer, con un definido petirrojo que destaca en la penumbra, tal vez camuflado para el ojo profano. Es otra de las aves emblemáticas de nuestro entorno, y en estos mismos días canta sin parar, en preparatorio de lo que la gran mayoría de las aves está por vivir. Tal vez sea momento para nuestra reflexión, y sin duda, para su próxima fase reproductora, que ha de ser llevada a cabo con necesaria tranquilidad y con toda la seguridad que sea posible.
Hasta aquí el post, dentro de poco subiré una serie de bloques cargados con fotografías recabadas en las últimas semanas, esta vez mostrando a cada especie a cara descubierta, como de costumbre. Gracias por leer, hasta el próximo papiro.
Texto y fotografías: © J. Bass (Vientos de Estigia).
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