Diez de noviembre, precioso día aunque no demasiado generoso en cuanto a avistamientos. Antes de continuar he de decir que, en esencia, estas humildes publicaciones ornitológicas van dirigidas a aquellas personas no iniciadas y con ganas de aprender detalles sobre el entorno natural leonés, al menos en el radio de dos o tres kilómetros de distancia con respecto a los puentes de San Marcos y de Los Leones… esos puntos podrían ser una referencia, al menos para hablar de especies típicas de la zona. Y esto viene a cuento porque cada día hay más personas disfrutando del entorno.
La actitud ha de ser silenciosa, se trata de que nuestra presencia no se note demasiado. En este punto, hay quien va en solitario, con sus aparejos (algo importante para realizar esta actividad, llegado el momento), y hay quien pregunta y se interesa sobre las aves, con notoria curiosidad. A estas últimas personas me refiero, con la esperanza de que mis mundanas experiencias sirvan de algo. A todos nos han abierto los ojos alguna vez, y la actitud ornitológica no entiende de niveles, solo precisa de máximo interés y respeto por el ámbito natural. De esta forma, hasta la garza real «se deja tocar», por decirlo de alguna manera. La cercanía de este ejemplar adulto lo demuestra (imagen superior).
Y claro, uno de los factores más interesantes a la hora de observar garzas reales es la diferenciación de sus plumajes. Dicho de forma grosera pero creo que efectiva: cuanto más grisáceo, más joven es el ejemplar. A partir de ahí, no es difícil determinar si tiene un año, dos o más. El siguiente individuo es, muy probablemente, un joven que roza los dos años.
El ánade azulón hace gala de vivo colorido, empeñado en absorber nutrientes del agua y despreciando, en este caso, los trozos de pan que le tiran desde uno de los puentes que cruza el río. Este no se deja domar, sino que se muestra duro como un barrote de acero, salvaje ante todo.
Tras una generosa lluvia nocturna, las hojas muertas actúan como contenedores de líquido vital, algo que a las pequeñas aves e incluso a perros, gatos… no pasa desapercibido.
El gorrión molinero se dejó fotografiar de cerca, esta vez en el entorno fluvial de Eras de Renueva. En mi opinión, la ligera sobreexposición lumínica no desluce la imagen escogida, muy grato recuerdo de ese instante y de un ave innegociable en mi ranking.
Paloma torcaz sobre árbol, en este caso desligada de los habituales bandos integrados por esta especie. La más grande de las palomas de ciudad, muy abundante en las diferentes zonas.
La urraca de la imagen es estilizada e imponente. Esta vez tenía media nuez en su pico, a falta de castañas pilongas u otras carnes. Parece un ejemplar bastante joven, aunque ya en fase adulta. Su habilidad carece de toda duda.
He aquí la graja, prima mayor de las urracas. Este ejemplar se ve magnífico, con el sol reflectando sobre sus plumas (una de las funciones clave en los córvidos es la de reflejar la luz, aunque esta característica de reclamo y aviso inconsciente, para otras aves, es más útil en lugares solitarios y abiertos, campestres, o de montaña). Poco tardó en coronar su torre artificial, desde la que reina con permiso de la corneja.
Un reyezuelo listado me atrajo con su canto, y hasta que no logré obtener una imagen medianamente aceptable no pude parar. Las dificultades añadidas a causa de su baile en zigzag y de la caída de la luz, dado que apremiaba el atardecer, no me amilanaron, y tuve relativa suerte. Es un inmenso placer captar a este pequeño y casi mágico ser alado.
Tocaba regresar, y la vigilante imperecedera continuaba en su puesto, quizás relevando a otro congénere. Se terminaba otra jornada para el recuerdo, puerta abierta para nuevas experiencias y aprendizajes.
La luz moría poco a poco, y la luna llevaba horas mostrando su faz, cada vez más cerca de crear una esfera perfecta en un cielo bastante limpio.
Noviembre está siendo un mes interesante, con pocos avistamientos pero, precisamente por ello, abierto a nuevas posibilidades para los sentidos. No solo hay que fijarse en lo que creemos conocer, sino en lo que aún no vemos y está ahí. Poco a poco se escalan nuevas cotas, todo a su tiempo. Y mientras tanto, la negrura de cada noche perfila las fases lunares, ajenas a nuestras problemáticas y a las ilusiones ante un nuevo amanecer en el que brille la susodicha cordura.
Texto y fotografías: © J. Bass (Vientos de Estigia).
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