Esta es la quinta entrega de la serie, cinco días consecutivos en los que puedo afirmar no haber visto ni un solo colirrojo. «Calar» un par de pinzones con el rabillo del ojo ha resultado casi una hazaña bélica, por no hablar de que en esta fase experimental no he conseguido ni una sola fotografía del gorrión común o de una curruca capirotada, por poner ejemplos de aves bastante habituales en el entorno. Estar, estarían, pero no ante mis ojos escrutadores. A buen entendedor, sobran las palabras. Eso sí, la garza real no ha fallado, por fortuna, aunque en este día vi muy pocas. La que se muestra más arriba sobrevoló el río en riguroso trazado, a la altura del gran centro comercial cercano.
Lo que no falta es el ánade azulón, predominante en el río en grupos de machos y hembras, aunque también en solitarias aventuras de búsqueda alimentaria.
Ya lo había visto de forma fugaz, y por fin pude obtener imágenes del carbonero común, en este caso de un hermosísimo ejemplar jugueton y vacilón que, para mi sorpresa, se mantuvo un buen rato en un acotadísimo perímetro. Estas situaciones resultan excelentes para conjugar la emoción del momento con la sensación de seguridad a la hora de enfocar, de cara a mantener la respiración y el equilibrio de la mejor manera posible.
Rodeado de sus hojas doradas favoritas, el pequeño mosquitero continúa seduciendo a la cámara y a su portador. En esta ocasión pude realizar algunas imágenes semidecentes, de las que pongo esta porque refleja al ave en una posición muy serena, perfecta para servir de muestra por su aparente y generoso posado.
Otra maquinita biológica que se dejó ver fue el herrerillo común, prácticamente el rey de las acrobacias. Es un ave absolutamente increíble que suele rondar durante todo el año, aunque cada vez se hace más de rogar.
Sería un escándalo no encontrame con un par de ejemplares de mirlo. En este caso, el primero muestra ligera tendencia hacia un tenue albinismo, mientras disfruta del luminoso atardecer.
El segundo estaba sobre la hojarasca cercana al puente de San Marcos, más ancho que largo y más pancho que unas castañuelas. No se asustó ante mi relativa proximidad. Todo un megacrack, pura cepa.
Muy cerca, el petirrojo parecía retarme con su actitud. Esta pequeña belleza no suele fallar a las citas, parece que le gusta posar. Su canto es clave, pues pone nuestra antena en la dirección correcta.
No habíamos hablado de la corneja, dominadora de la escena, guardaespaldas del gran cuervo. Su graznido llena ciertas zonas del recorrido fluvial, y puede encontrarse tanto en alturas arbóreas como en el campo y en los jardines, en este caso a la busqueda del alimenticio fruto perdido o de la carroña pertinente.
Los rayos del sol inciden sobre la urraca, cuya larga cola despliega vistosas iridiscencias colorimétricas. Cae la tarde, y la picaza descansa antes de agruparse en grandes bandos, cual militar ante el toque de corneta para acatar el descanso nocturno y la posterior batalla al albor del amanecer.
Quien no se rinde es la garza real que, en su parapeto habitual, mantiene la guardia hasta que llega la noche, como siempre… entonces, lejos de irse a dormir, buscará una zona en la oscuridad del Bernesga y continuará su pesca, incansable. Apuesto algo a que ese día hizo lo que acabo de escribir.
Y aquí toca a su fin el suave seguimiento de estos cinco días consecutivos, en un noviembre que, sin llegar a su mitad, ya ha pasado a la historia por muchas causas de diversa índole. Lo explícito y lo metafórico conviven en necesario compromiso, y para entender la realidad, no queda otra que comprender lo simbólico. Simplemente hay que mantener los sentidos alerta y actuar en consecuencia. Todo, bueno o malo, tiene un reflejo. Pensar en silencio y obrar en consecuencia, es cosa nuestra. Muchas veces, la mejor forma de ayudar implica no entorpecer, aunque una gran manera para mantenerse en pleno vacío personal podría consistir en no ayudar. Cada cual que haga lo que quiera o pueda, pero sin zancadillas. Como las aves, de forma limpia y equilibradamente.
Texto y fotografías: © J. Bass (Vientos de Estigia).
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