Día nueve

El nueve de noviembre resultó un día interesante, tras las batallas fotográficas que finalmente devolvieron contadas imágenes aprovechables. El contraluz del sur ofrecía esta magnífica garza real que oteaba el agua en posición de avestruz,  a la espera de chapoteos y brillos concretos.

Justo en la cara contraria, la preciosa lavandera cascadeña saltaba de piedra en piedra, explorativa y concienzuda. Esta vez no se dieron los habituales vuelos en pareja, la misión del ave se llevaba a cabo en la soledad de una espléndida mañana, ante la hermosa transparencia de las aguas del río Bernesga.

Así lucía la cara norte, con el mítico puente sobre el río y la isla como fondo. Es un placer observar cada detalle, sobre todo cuando de fotrma muy relativa, el silencio hace gala de presencia. El martín pescador vuela como una flecha ante mis narices, pero lograr captar su imagen en fresco es otro cantar… o más bien una especie de reto al estilo «ritual de caza».

Un mosquitero común osó mantenerse quieto durante dos segundos en la misma ramita, lo que dio pie a poder realizarle este leve retrato para la posteridad. Es un ave tremendamente eficaz en lo suyo, y su viveza anima el ambiente de las orillas, nutrido de zarza y arbustos.

Es casi imposible no encontrarse con el mirlo, que con mayor o menor trazado albínico sobre sus plumas, se muestra simpático y curioso. En este caso, el ejemplar fotografiado volvió a ser muy oscuro. Quien sabe si era el de ayer, o incluso algún miembro de su misma prole. Improbable, no imposible. Aunque en la imagen no se nota demasiado, este espécimen apunta sutiles líneas claras, algo que comprobé in situ.

Pocas cosas me gustan tanto como la observación de una parejita de tórtolas, y qué mejor ejemplo que esta estampa mañanera, tan cotidiana en el ámbito de la ciudad.  Su color canela tirando a grisáceo es de una finura extraordinaria, en consonancia con el amarronado carmesí ocular.

Este elemento no es un ave, claro que no, pero también vive y convive en el entorno del río, en toda su extensión. Pericia, inteligencia, agilidad… cualquier término se queda corto ante las características de semejante máquina de cazar insectos, pajarillos y pequeños roedores: la comadreja. Parecía posar para la cámara…

Los bosquecillos están en plena transición estacional, afrontando el sereno otoño de cara al invierno. Los contrastes entre espacios son espectaculares.

Un poco antes de la zona mostrada, por la senda de la ruta hacia el norte, otro mirlo parecía jugar a los estiramientos, también provisto de levísimas manchas blancas sobre su oscuro plumaje. No emitió ni el más leve sonido.

He aquí un buen ejemplo de cómo se busca la vida una urraca en otoño e invierno: comiendo los frutos de los árboles, en este caso, una castaña… aunque las nueces también le gustan, y mucho. No hay que olvidar que este precioso corvido es capaz de comerse la espalda de cualquier pichón de paloma vivito y coleando, por ejemplo, por no hablar de su capacidad para aprovechar los restos dejados por otros depredadores.

En las rejillas del salto de agua se filtran miles y miles de hojas y pequeños palos, esto hace que su aspecto se camufle con el entorno. Este lugar es parada casi obligatoria para quien ama la observación del entorno natural, pues nunca se sabe qué tipo de «sorpresas» depara su entorno.

La gran alegría del día me la proporcionó este maravilloso ejemplar de reyezuelo listado, diminuta obra maestra de la ingenieria divina. Es mucho más dificil realizar la fotografía que mantener esa postura acrobrática… así que mientras me daba con un canto en los dientes, el minúsculo reyezuelo se partía de risa tras la máscara, zumbando de aquí para allá a cada segundo, en plena obtención de su alimento.

La jornada va llegando a su fin, y aún hay tiempo para alegrarse la vista con el bonito gorrión molinero, inconfundiblemente caracterizado. De forma general, los gorriones son aves imprescindibles en nuestro paisaje, rural o urbano. Que no nos falten.

«No hay salida sin garza a la vista«. En teoría así es… aunque en ocasiones, la cosa cambia. Aquí va la imagen de otra garza real fotografiada ese día, en esta ocasión mostrando su pinza abierta y en pleno aviso a navegantes, buceadores… o captadores de imágenes.

Rápidamente, el manto de la noche se hizo con el poder. Lo más probable es que la garza continuase su labor durante horas, mientras la ciudad de León se sumía en un nuevo letargo al amparo de la luna creciente.

Texto y fotografías: © J. Bass (Vientos de Estigia).

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