Y un enero menos (5)

Poco faltaba para que el titán Cronos demoliese sin piedad los cimientos de un mes que ya agonizaba en las páginas de cada calendario, aunque ante cualquier ser humano que quisiera mantener sus ojos bien abiertos, aún refulgían los rescoldos de la posibilidad para exprimir el jugo al equilibrio de rutinas e inesperados acontecimientos que el camino ofrece a quien pretenda trazar sus sendas. Las mismas que, en ocasiones y por determinadas circunstancias, incluyen barreras físicas o inmateriales, duras como el metal pero permeables como el aire, que nos obligan a escoger por dónde continuar. ¿Retroceder, o tal vez atravesar simples apariencias? En caso de saltar al vacío por no querer jugar, siempre podremos aferrarnos al enrejado asidero de los antiguos mitos que nos han forjado, mientras caminamos como fantasmas, invisibles ante una nueva realidad que bordea lo mundano y se disocia de su rutina.

El veintiocho de enero, la nieve cuajó con más fuerza que en los días anteriores. Al menos lo suficiente como para mantenerse bastantes horas a la vista, antes de derretirse al filo de un atardecer que no mostró ni el más mínimo asomo de indulgencia con el frío y blanco producto. En las primeras horas de la mañana, los copos caían sobre garzas y ánades, algo que no les afectaba en absoluto, pues acataban sus interacciones con la precisión y normalidad de costumbre.

Fui andando río arriba, pensando en hacer fotos de batalla por ciertas zonas, aunque la rotura de mi paraguas, in situ, hizo que me replantease el asunto. Así que ante un café a cubierto, degustado mientras observaba al velado sol que actuaba cual ojo de la pirámide, y tras decidir volver al centro, pasé por el Puente del Guardián para ver a los ánades reales, aunque antes me crucé con unas palomas torcaces que buscaban semillas en el jardín nevado. Fui tomando algunas imágenes de calle, ambientales, que me llevaron hasta la urraca buscavidas y ante un perrito bien cubierto para la ocasión. Me gusta el efecto plasmado en dos de las fotografías que pongo a continuación, pues la colorimetría variada logra romper el hermoso monocromatismo del paisaje nevado y hace que las imágenes adquieran un sutil encanto añadido.

Aún quedaba zona por mapear, así que fui hasta el foso de las faraonas para ver qué hacían las grandes garzas. Un precioso martín pescador me miraba desde su goteante posadero, algo protegido de la intemperie. Al llegar a la altura del puente de los leones, comprobé cómo una de las cuatro bestias se encontraba revestida de hielo, lo mismo que la parte superior del semáforo y de la propia baranda del puente. Podría decirse que en esos momentos comenzó el declive de la caída de copos, aunque duró algunos minutos más. En el foso, garza real y garceta grande se sometían al diario quehacer, señal de que al igual que al resto de fierecillas, la nevada les importaba un pimiento, dado que había que llenar el buche con grandes peces. Sí, al igual que cualquier otro día, pero además completamente diferente. Ya solo quedaba dar la vuelta y comprobar la arboleda de la orilla contraria, en la que alguien había creado los típicos muñecos de nieve que tanto me gusta fotografiar por lo efímero y exclusivo de su existencia como tales. Tal vez, esos bichos sin alma, con ojos inertes y nariz de palo, representen una simple aunque valiosísima apariencia simbólica acerca de lo que la propia vida y su desarrollo significan.

Entonces llegó el momento mágico, pues allí, en un espacio aún cargado de nieve, un cachorro de Husky siberiano jugaba incansablemente, mientras su dueño trataba de dejarle el máximo espacio posible a través del largo de la correa. Fue imposible no pedirle permiso para fotografiar a semejante hermosura llena de inocencia, vida y energía. Tras saludar al chico, que se presentó como Guillermo, estuve intentando captar imágenes de este inquietísimo animal, cosa que no resultó nada fácil, por supuesto. Eso es algo que yo sabía de antemano, y Guillermo se mostró muy amable y paciente mientras hablábamos e intentaba hacerle fotografías a Tul, su increíble perro de la nieve.

Qué suerte tiene este cachorrillo de no tener que tirar de un trineo y de no sufrir el látigo sobre su espalda, poca broma con esto. Y es que ver a Tul implica, inevitablemente, recordar los crudísimos escritos del gran Jack London, en los que la dureza extrema, hasta el punto de jugarse la propia supervivencia por menos de unas miserables monedas, era pura ley. Claro, ese recuerdo de ciertas pautas se evaporó ante la realidad leonesa de aquella mañana, mientras el perro jugaba sin parar o se mantenía atento ante la llegada de diversos congéneres.

Sugerí a Guillermo que me contase un poco sobre su relación con los perros, e hiló algunos aspectos sobre el tema. No obstante, teniendo en cuenta que iba a pasarle las fotografías por correo electrónico, y dada la situación de estrés del cachorro, que solo quería jugar y jugar, no quise abrasar a Guillermo con una pequeña grabación de minuto y medio. Así que también le pedí si sería posible condensar un comentario con la esencia del asunto, para que no se me escapase ningún detalle, y esto es lo que escribió:

Me parece correcto responder a tus preguntas, sin problema. Comencé a tener perro después de mucho tiempo pensándolo, creo que son unos excelentes seres de compañía. Particularmente siempre me ha gustado el Husky Siberiano. Un amigo mío tiene uno, y le pregunté por él, y a su vez me remitió al criadero donde lo adquirió, que se llama Sirokami y está en Vitoria. Son unos excelentes profesionales en la cría del Husky Siberiano y estoy encantado con Tul. Como anécdota, te diré que elegí ese nombre para mi perro porque así se llamaba el perro que tenían mi abuela y mi familia hace muchos años en su pueblo de Asturias. Obviamente yo no lo conocí, pero mi abuela me habló de él y escogí ese nombre a modo de homenaje y recuerdo. Además, mi tío tiene mastines en su finca, y ha adoptado un galgo y un perro mestizo. Y mi primo tiene un Setter de caza. Como ves, los perros siempre han estado cerca de mí.

Esto es lo maravilloso de hablar con las personas, poder obtener aportes personales e intransferibles que sirvan para reflejarse en cierta medida e incluso sopesar o contrastar quién sabe qué, a nivel experiencial. Así que agradezco doblemente a Guillermo su buena voluntad y su exquisita amabilidad, porque sus palabras, literales, sintetizan muy bien el espíritu de lo que con este tipo de anécdotas puntuales pretendo transmitir mediante los artículos de esta web. Espero volver a encontrarme con él y con el pequeño gran Tul, aunque no haya nieve de por medio. Eso no será un obstáculo para llevar a cabo una buena conversación, y ni mucho menos para disfrutar con las evoluciones y el desenvolvimiento de este magnífico Husky siberiano, vasco de nacimiento, leonés de adopción.

La mañana iba llegando a su cénit, y todavía podían observarse las trazas de creatividad de algunos seres sin complejos. La expresividad humana es diversa, y en el caso de la nieve, las ideas van más allá de lanzarse bolas a placer. Antes de regresar a la gruta, una canalización del ojo de Ra me indicó que la inminente tarde estaría sometida al templado de la temperatura, algo que pude comprobar cuando me encontré con el mirlo, pocas horas después. De la nieve solo quedaban ligeros restos amontonados, puro hielo, y el espejismo se esfumó con la misma sutileza con la que había logrado implantarse. Casi simétricamente al aviso anterior, el ojo lunar de Horus advertía de la llegada de la noche, la misma que ampara estatuas y jardines, chimeneas y edificios, parques y calles desérticas, mientras la ciudad se prepara para recibir al disco solar. Terminar el día reflexionando ante algunas piezas artísticas y antiguas construcciones, todas ellas calladas a gritos, resultó excepcional para sopesar, una jornada más, la importancia del silencio en un mundo sometido a notorias cacofonías. La piedra nunca se queja, solo muestra la permanente magnitud de aquello casi olvidado, no por ello menos maravilloso, no por ello menos inabarcable.

Tocaba afrontar la recta final, tres días que se intuían intensos y al tiempo generaban expectativa ante el aura de lo imprevisto. La primera señal indicaba que, al menos metafóricamente o por instantánea y matemática analogía, el tiempo se había detenido una hora y cincuenta minutos. Cronos seguía jugando a mover las agujas del azar o del innegociable destino. ¿Eso cambiaba en algo lo que estaba por acontecer, mundano y a su vez imprevisible? Lo mejor fue no pensarlo, simplemente apuntar el dato para poder reflejar su constancia en los registros estigios. Me pareció oír el quejido del gran elefante, rey de todos los animales, aunque lo achaqué al rescoldo de descompresión de un film visto pocos días antes, en el que aparecía el enorme proboscídeo. La vista del Bernesga mostraba una generosa cantidad de líquido sagrado, aún muy estable de cara a la pesca de las reinas del río y de sus pequeños acólitos picudos.

Llegué al umbral de la cara este y decidí no traspasarlo aún, de cara a romper el procedimiento espontáneo y probar suerte por la otra vía. Claro, todo estaba sujeto a los designios de Osiris, a la gran partida multipantalla, yo me rebelaba en actitud de supuesta capacidad de decisión. El martín pescador se aferraba a una gruesa rama mientras plantaba cara al fuerte viento, y bajo el puente, la bravía descansaba frente a la gran masa de agua que caía hacia el foso de las garzas. Una vez ante la cascada, comprobé que los supuestos y aún invisibles elefantes seguían barritando con fuerza descomunal, mientras la garza se mantenía estática sobre un tronco. Así que di la vuelta y atravesé el puente de los leones, para plantarme en la cara contraria de la cascada y poder obtener diferente perspectiva visual y auditiva. Porque desde primera hora de la mañana y más o menos a la altura de la estación de autobuses, los cláxones de los tractores bramaban sin parar, como si fuesen sintéticas trompetas o enormes mastodontes en pie de guerra. Aquellos monstruos mecánicos calentaban motores en pro de ejecutar el recorrido que pronto llevarían a cabo, en protesta contra las nuevas medidas que afectan al sector agrario. De nuevo, la garza captó mi atención. Esta vez se había posado en una piedra, movía el cuello de vez en cuando y se mantenía muy atenta a los movimientos del agua, en actitud de acecho.

Mientras tomaba imágenes de la ardeida, que se iba girando a voluntad en contra y a favor de la potente caída del agua, una voz sonó a mi espalda, alabando la impresionante planta de la garza real y aludiendo al posible destino de mis fotografías. Comprobé que las palabras provenían de un chico que tenía un perrito de color negro, al que estaba paseando por la zona. Nos presentamos, y así conocí a Rubén, dueño de Lucas, un animal simpático e inquieto, más bueno que el pan. A todo esto, los cláxones resonaban en consignas infernales y en alto nivel de decibelios, y aunque a la garza no parecía afectarle, era evidente que a los perros les molestaba.

Inevitablemente, Rubén y yo hablamos un rato acerca de la tractorada y de los motivos de su convocatoria. Entretanto, me puse a hacer fotos a Lucas, primero con arnés y abrigo y posteriormente como vino al mundo. La cánida miniatura se portó de cine, y aunque nunca es fácil fotografiar perros, pude realizar una tanda bastante potable.

Tras obtener el correo de Rubén para hacerle llegar las fotos de su perrito y además hacerle algunas tomas con la cascada al fondo, nos fuimos andando hacia la bolera de San Marcos, donde cada cual tomaría su propia dirección. Fue en ese tramo cuando Rubén compartió, a micro abierto, algunas cosas acerca de su relación con Lucas y el día a día:

“Toda la vida había querido tener perro, y nunca había podido, por circunstancias. Nunca había podido tenerlo. Y ahora, a los cuarenta años, tengo un perrín y me ha cambiado la vida, porque me ha hecho muy feliz. Me ha pillado en un momento en el que puedo tenerlo y cuidarlo, y adelante, adelante con él”.

El sonido de los tractores atronaba a nuestro alrededor, mientras Rubén seguía contando cosas acerca de Lucas:

Me he dado cuenta de que tener un perro en la vida es la mayor felicidad que puede tener uno, porque te lo dan todo. Te dan alegría, te dan felicidad, ese despertar por la mañana que no te da nadie, esa alegría cuando llegas a casa… todo. La verdad es que tener un perrín es maravilloso”.

Se notaba a la legua que Rubén estaba ligeramente emocionado y contento, algo que suele pasar cuando las personas se desviven aludiendo a sus fieles animales de compañía, y en este caso me resultó especialmente emotivo. Estaba ante un ser humano con un corazón más grande que una rueda de tractor, lo supe y lo sé, que me dio lo mejor de sí con toda espontaneidad y sinceridad. ¿Hay algo mejor que las conexiones humanas respetuosas? Lo dudo. Los animales pueden ofrecernos una fidelidad sin barreras, algo maravilloso. Pero los seres humanos tratamos a niveles mucho más sutiles, de eso tampoco tengo duda. Disfrutar de Lucas fue maravilloso, y conocer a una persona tan magnífica como Rubén resultó un enorme placer. Ahí están las fotografías que le hice, y considero que están bastante logradas por mi parte, al menos me dejaron muy satisfecho respecto a la escena lumínica de ese día grisáceo y aliñado de estruendo. Sobre todo porque creo que logré captar cierto asomo espiritual que emanó de dos seres entrañables. Minutos antes, la garza de la amistad nos dedicó una leve mirada lateral, por defecto, en señal de aprobación ante nuestra actitud contemplativa.

Poco quedaba por rascar en esa mañana, el obtuso hielo se amontonaba en el mismo sitio del día anterior, y las coloridas señales indicaban que todo iba “según lo previsto”, tal y como nos explicó el sonriente Joker en el impecable film “El caballero oscuro”, de C. Nolan. No quería retirarme sin hacer algunas fotos de la tractorada, así que volví hacia el puente de los leones. Como una imagen puede ser altamente descriptiva, ahí quedan algunas fotos para el recuerdo. Y para cerrar este párrafo, recordar que una rama rota con toda intención pero sin sentido… brama cual gota de sangre que cae sobre un vaso de leche. Los mosquiteros lo saben muy bien, pues les afecta tanto como a los excepcionales carboneros, aparentemente ajenos al mundanal ruido pero muy atentos a todo aquello que interfiere en su entorno de ramas y troncos, en el que no existe posadero vivo de categoría inferior. Hasta los busardos lo saben, porque observan y asimilan todo desde el inabarcable cielo o desde sus posaderos de campo. Aquel día volaba uno por allí, y aunque en la imagen sale a contraluz, la simple sugerencia de su silencioso vuelo es reveladora. Una colirroja insistió en ser retratada, jugaba a subirse a la baranda y a las farolas, así que me ofreció dos planos bien distintos pero igual de atractivos. Su colirrojo andaba cerca, pendiente de capturar presas en la vera del río, mientras un joven ejemplar de garza real defendía su puesto desde el desnudo pedregal de la orilla este.

Estaba a punto de efectuar la retirada cuando tuve la oportunidad de fotografiar a Galera, una magnífica perra de raza podenco que aún mostraba señales del lógico estrés causado por la marea de insaciables trompas mecánicas. El fortuito encuentro con Andrea, su amable dueña, fue tan breve que apenas hubo tiempo de entrar en conversación, así que espero poder hablar más adelante con ella para que me cuente cosas acerca de este bello animal. Agradezco mucho su enorme cordialidad y atención, que conste alto y claro en los presentes papiros estigios.

Mi jornada fotográfica llegaba a su fin. Sin dejar de pertenecer a la misma jugada de despeje, un lejanísimo milano real evocó a los grandes buitres y selló todo pensamiento. Su recortada silueta me llevó en mentales volandas hasta la imagen de la película que había visto días antes, rodada en África al filo de 1990. Si hay un animal excelso sobre este planeta, es el elefante. Siempre lo he sabido, y siempre lo sabré. Incluso ante la muerte, ofrece lecciones de vida que no pueden ser tapadas ni con las más estrambóticas melodías mecanizadas. Cuando los elefantes barritan, sean de piel y huesos o de duro metal con tornillos, las señales de la memoria y de lo inminente no se hacen esperar, y no importa cual sea la situación: tiros en la sabana o ruina generalizada para el campo, con lo catastrófico que ello conlleva para las urbes. Tras coger turno, todo llega, nos demos la vuelta o asumamos la realidad.

El día treinta resultó más tranquilo a nivel fotográfico, pues estuve ocupado con otras tareas. A veces la cabeza se me llena de otros pájaros, es decir, de melodías y acordes que bullen de forma diabólica. Es entonces cuando hay que dar rienda suelta a diferentes inquietudes. Mucho antes y entre la hojarasca, como señal evidente, los interrogantes sonaban con vehemencia visual, y esto podía significar cualquier cosa. Me dejé llevar, y en esa nublada jornada pude ver a algunas de las aves comunes en la zona, como la garza real, la paloma bravía blanquecina, el martín pescador, la lavandera blanca, el carbonero o el petirrojo. El mes estaba a punto de desaparecer, y ya veríamos qué iba a suceder en sus últimas horas.

Ra y Osiris fueron indulgentes con los despistados humanos, así que nos brindaron una iluminada recta final. A pesar del frío fraguado en la noche, todo brillaba en exultancia. La paloma bravía me dirigió una mirada con su ojo solar, e indicó que me dirigiese hasta donde ella y yo sabíamos. Eso me conectó con la preciosa lavandera cascadeña, que bullía en vuelos y posados ante la cascada de San Marcos. En dirección contraria y no lejos de allí, el mirlo y la reina del Bernesga posaban sin rubor, mientras la vista del río se beneficiaba de las bondades telúricas.

La tímida helada aún mostraba su cara, y abrazaba a una oportuna piedra que parecía reposar en muerte sobre el ya soleado banco de madera. Señal clara de que cerca había un ave característica, el maravillosos petirrojo, que saludaba a los dioses estigios y relucía ante rayos de vida. Pero también señal de qué dirección tomar, en este caso la de las grandes piedras del foso de las faraonas. Allí, sobre metafóricos sarcófagos semienterrados, se encontraba otra ardeida, pétrea e implacable en su guardia diaria. Ese lugar está lleno de alusiones piramidales, y constituye un foco de gran importancia para la ornitología y el disfrute de los caminantes. Los miles de litros de agua caían a plomo, de forma descarnada, mientras la reina del foso aguardaba a que le diese la luz de forma directa. Cerca de allí, la estatua de Guzmán regía simbólicamente los destinos de cada viandante, como siempre ha hecho desde que se estableció su posición en ese punto de la ciudad. El león de forja establece sus dominios, sin rugir, semiperfilado contra el cielo azul de la mañana y mostrando su lengua serpentina, como buen hijo de Set.

Recordé que tenía que volver a la cueva, así que fui fotografiando a las generosas avecillas que salieron a mi encuentro, caso de los carboneros y los herrerillos, que mientras ejecutaban sus ejercicios y cabriolas, lucían absolutamente hermosos ante la sutilmente iluminada escena. En los bajos jardines, la paloma torcaz rastreaba entre la hierba y las flores, en busca de lo suyo. Continué caminando hasta los designios de Jerónimo, al que ese día no pude ver ni en pintura. Pronto encontré otra pista, en forma de hoja caída y las huellas de perro sobre el resbaladizo barro, elementos que conformaban una composición jeroglífica a la que había que dar resolución. Y es que lo oculto se muestra ante nuestras narices, a la vista, aunque parezca todo lo contrario. Solo queda determinar qué es y dónde está, físicamente o desde el recuerdo. Cerca, los ánades reales descansaban en su santuario tras horas de chapotear sobre el río, y sus miradas se clavaron en mí como cuchillos, aunque percibí su relativa tranquilidad.

En la misma zona, el jilguero se empeñaba sobre los erizos del plátano de sombra, y una majestuosa torcaz adecuaba su temperatura desde la gruesa rama que le daba soporte. Dos pasos más allá, una osada lombriz de tierra cruzaba por el firme, desde un tramo de hierba al del lado contrario; quién sabe si los túrdidos la fulminaron o si consiguió penetrar de nuevo en las profundidades del jardín, porque allí enfrente se encontraba un petirrojo que, a pesar de su despistada apariencia, podría dar cuenta de ella en segundos mediante una sesión de picoteo y despiece. El ligerísimo mosquitero bailaba al son de las ramas brotadas, y el mito, uno de sus mejores colegas, paró su actividad por unas milésimas de segundo, así que aproveché para retratarlo como buenamente pude. Me dirigí de nuevo a la cascada para ver a las garzas, esta vez por el lado contrario, y tuve la fortuna de toparme con un martín pescador que no quitaba la vista de su caladero. Ya ante la masa líquida, comprobé que la garza real continuaba ensimismada en su tarea, aunque cambió de piedra un par de veces. De hecho, me metí hasta el tuétano en una zona llena de ramas y alejada del ave para poder lograr una fotografía de su perfil contra la cortina de agua, de espaldas, radiante ante los rayos del astro solar.

Decidí volver ya a la gruta estigia, en la que me esperaba el tigre en miniatura, sosegado y feliz. Unas caricias más tarde, cogí la batería que había ido a buscar y regrese al asfalto, dispuesto a exprimir la mañana un poco más. Había buena luz y valía la pena, el mirlo y el mosquitero lo sabían, por eso salieron a mi encuentro tan campantes. En un último intento, fui hasta la zona de las garzas para ver si estaba por allí la garceta grande, y no hubo suerte. Me conformé con retratar de nuevo a la garza real y di la vuelta pensando en ir hasta la zona del lago del dragón. Un herrerillo jugaba entre los brotes, y más adelante, el oscuro colirrojo tizón se movía a través del minúsculo borde de la pared de piedra que conecta con el puente de San Marcos. Enseguida encontré a los tres dragones crestados, descansando sobre la hierba que rodea su oasis, mientras la preciosa anadesa real guardaba la entrada al palacio de las sámaras. Desde las altísimas ramas de un árbol peinado por el viento, la mágica grajilla ondeaba como símbolo metafórico de la bandera de las aves, de la más pura y absoluta libertad, aunque ella no sabe qué es eso ni puede saberlo. Fue entonces cuando el fulgurante ojo de Ra se me apareció en el suelo por última vez, como inequívoca señal de que, en pocas horas, una reciente y determinada porción temporal sería irrevocable. En los anaqueles de la memoria quedarían las imágenes y los pensamientos transcritos, a disposición de cualquiera que quisiese acceder a dichos contenidos. Eso es lo que me transmitió, y eso es lo que he efectuado. Pongo al escudero pinzón por testigo, pues también sabe sobre los asuntos de la gran madre Isis.

Ahora estoy ante mi antiguo escritorio, instalado en las catacumbas de la vieja Khemi, la maldita, aferrado a la pluma del gran pavo real con la que garabateo estas líneas. Sé que cuando el  archidios egipcio desaparece mediante su paso al inframundo, no hay barreras ni de hierro ni de cristal, ni de acero ni de carne, que impidan el necesario acto de mortal fragmentación para, así, poder renacer en forma de fénix redentor. Porque como cada día ante su ocaso, el último resplandor de la caída de Osiris dará paso a una oscura noche que, al tiempo, se transmutará en divina luz alada, en salvífico Horus que cierra el círculo del cíclico e inexorable transcurso temporal.

Los finales son el principio de una nueva fase, veremos cómo se suceden los nuevos capítulos del mundo en marcha, o al menos de una cara del mismo que no parece estar a la vista de la mayoría pero que grita ante nuestros ojos como alma que lleva el diablo. Cada ser vive su vida y ve lo que quiere o puede ver, incluso lo que otras personas no vemos ni veremos jamás. Lo único seguro es que nunca volveremos a vivir un enero de 2026, y quien suscribe, jamás olvidará las señales que esos treintaiún días han forjado en sus vivencias, muy parcialmente seleccionadas para conformar los capítulos de esta saga recién transcrita sobre bien preservados, milenarios y amarillentos papiros de la oscura Estigia.

Texto y fotografías: © J. Bass (Vientos de Estigia).

Artículo de carácter cultural y lúdico, exento de afán comercial. Los logos e imágenes pertenecen a los poseedores de los derechos.

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