Y un enero menos (4)

Tras la sutil nevada del día anterior, la jornada del veinticuatro amaneció tímidamente soleada, aunque bañada en las frías y resbaladizas capas blancas de una helada nocturna que parecía resistirse a sucumbir fácilmente. Cronos decidió robar unos ocho preciosos minutos al tiempo presente, tal vez con el afán de mover el mundo a golpe de sus despojados monstruos mecánicos de confusión perceptiva. El hielo y la escarcha perduraban sobre parabrisas, barandillas y suelos cubiertos por las grandes sombras de las edificaciones, principalmente. Una mano inocente se dejó llevar por el instinto conservador, y sin siquiera pensarlo, esbozo un símbolo tan efectivo y humano que hizo temblar al mismo Mefistófeles. De repente vi otra señal, que representada en forma de verde vida agonizante sobre un tablero de muerte, apuntaba en dirección a las tierras del pájaro de plata. Mal momento para dicha opción, pero el juego es el juego.

En el camino, la pareja de urracas miraba hacia el cielo con expectativa, tal vez pidiendo al gran astro incandescente que proyectase sus rayos sobre esa zona, que por defecto se encuentra al amparo de las citadas sombras o visos de penumbra. El pequeño emisario de Horus, enviado celestial, contestó a la llamada silenciosa, e hizo gala de presencia ante el evidente contraluz que bañaba los cielos del Padre Ra. A su vez, la rapaz anunciaba la entrada al reino de lo inóspito, donde manda la fría luna y el sol carece de permiso. Los ojos que todo lo ven, en este caso ojos lunares, observaban mi presencia en suelo pagano, en tierra peligrosa, y advertían con sus gritos imposibles. Era una clara señal para que me diese la vuelta, y así tuve que proceder, sin remedio.

La elección fue acertada, pues pude encarrilar la partida y de nuevo me encontré en el terreno del ojo solar, aunque tuve que realizar el regreso de mi infructuoso y truncado viaje por una vía de reflejo al camino de ida. Entonces vi al zorzal, y supe que todo iría bien. Cerca, un fuerte contraluz me sugería una silueta de pinzón, y más adelante pude constatar mis sospechas, cuando el gran escudero comía semillas en su árbol de la vida, a buena temperatura y con una iluminación tenue, mágica, que le confirió aire de verdadero rey del palacio de las sámaras, aunque solo en apariencia. A su lado, la corneja negra brillaba ante su baño de luz, magnífica, en plena tranquilidad. Pronto descubrí a otro precioso pinzón que se dejó fotografiar sin poner demasiadas pegas. Casi al final de la mitad de mi recorrido, pude acercarme muy cautelosamente al esquivo andarríos grande, que no intuía hasta qué punto puede ser empecinado un ser humano en el arte del silencio y la cautela. Ni se enteró de mi presencia, o tal vez sí, pero al menos no se sintió presionado, porque este bicho es de los que, a la mínima, reacciona a una velocidad de vértigo y te deja a dos velas mientras busca nuevas soledades. Me retiré muy despacio y allí se quedó tranquilo, mientras su lunar ojo izquierdo parecía atravesarme.

Al llegar al Puente del Guardián, el sol incidía sobre un gran ánade real que se calentaba sobre el firme, al lado del agua transparente. Hacia la parte contraria, un carbonero subía de rama en rama y me miraba con aparente tranquilidad. En breve me reuní con mi esposa, que venía con sus prismáticos en mano, y nuevas pistas nos conectarían con la zona centro, pues las raquetas de la fotografía estaban cerca del Puente de San Marcos, y la bola de hielo con una raqueta destrozada y clavada encima, justo del otro lado. Hay una relajada toma de café y treintaitrés minutos entre una imagen y otra, así como una conexión entre dos casualidades muy causales. De oca a oca, y tiro porque me toca. Claro, lo siguiente fue encontrar a la garza real, y no a la blanca anátida. Su simple visión fue alucinante, dado que el posadero no era habitual y la postura que tenía nos llamó mucho la atención, porque la reina parecía estar prediseñando una composición fotográfica que, claro, hubo que aprovechar.

Resultó muy refrescante encontrar en el camino a este hermoso perro anaranjado, cada vez que lo veo siento que me chifla con esa estampa fusionada mediante collie y border collie. Su amable dueño, con quien ya había departido muy brevemente algunas veces, me dio permiso para realizarle algunas fotos y además utilizar una de cara a ser publicada en mis artículos, así que ahí queda insertada como la primera de este bloque. Poco después, la pequeña lavandera cascadeña nos saludo fugazmente, fue un abrir y cerrar de ojos que absorbí como pude. Los mirlos y el estornino negro daban caña a tope a los bichejos de la tierra, y la colirroja ejecutaba idéntica faena, mientras subía y bajaba de los bancos cercanos a la ribera. Un último paseo nos llevó a la vera de las palomas blancas y del gran dragón del lago. Con estos tres seres radiantes en el final de la mañana, cierro un bonito día veinticuatro que, tras este escrito, será más difícil de olvidar y un placer recordar.

Llegó el día siguiente, veinticinco de enero, y las condiciones climatológicas se mantuvieron similares a las de la jornada anterior. Tras unos cuantos alados de rigor, el herrerillo se cruzó ante mi vista y pude hacerle una foto resultona. Creo que este pajarillo es único, su indumentaria supone algo tan hermoso que muy pocas aves de ese tipo pueden hacerle sombra en lo estético, al margen de que su nivel acrobático es demencial. Continué durante algunos metros y encontré esta pelota que parecía llamar a la conexión de pistas, a modo de refuerzo señalizador. El musgo se veía exultante sobre la angulosa masa del muro que da soporte a la barandilla del río, pura flecha, puntiaguda pista de la dirección a seguir.

Entonces, el comandante mirlo me avisó de una nueva pista, y sentí como si estuviera sumergido en un tablero gigantesco, lleno de muñecos manejados por un demiurgo. De hecho, pensé en la carátula de la banda sonora de “El padrino”, aunque ese concepto de oculta corte titiritera se quedaba pequeño frente a la realidad simbólica aumentada en la que yo estaba sumergido. Mi vista se clavó en un objeto colocado en el jardín, y no era una de las palomas que por allí suelen pulular. Esa señal logró dirigir mi atención hacia el petardeo de un pequeño petirrojo que me indicó una nueva dirección, es decir, la vuelta por donde había llegado hasta ese punto, y entonces me volví a encontrar con las raquetas del día anterior. Deduje que eso cerraba la pista ofrecida por la pelota vista un rato antes, y otro petirrojo asintió telepáticamente. Sugirió que me retirase para volver a salir después de comer, algo que seguí a rajatabla, dado que cuando el petirrojo comunica, es por algo.

Después, tras un café casero, el zorzal volvió a salir a mi encuentro. Qué pájaro más extraordinario y extraño, cómo se busca la vida delante del público sin que el respetable sea consciente de su hazaña, más alla de que cuatro chiflados con pajaritis aguda sí sepan cómo hacerle unas cuantas fotos sin entorpecer su dura labor de búsqueda. El zorzal grajilleó que el mirlo Jerónimo, el joven, estaba cerca de allí, y ante una escena que ya apuntaba al ocaso, a pesar de que aún faltaban un par de horas para tal evento, tuve la ocasión de realizar algunas fotografías a mi mirlo predilecto. De inmediato, una señal en forma de paraguas me indicó por qué ribera seguir, y allí estaba la urraca acatando sus faenas, alejada un poco del resto de sus congéneres, hermosa y melancólica al seno del atardecer. Poder obtener esa simple imagen del córvido en atípica actitud, mirándome de lado y sin miedo, bien recortada sobre el río desenfocado, no tiene precio para quien suscribe. Justo del otro lado, una paloma torcaz se enmarcaba sobre el verde del muro, pidiendo con su ojo derecho otra fotografía que hice con sumo placer. Este es otro animal odiado e incomprendido que, por cierto, constituye uno de los platos favoritos de las urracas cuando tienen hambre de la buena, pues picotean a los pichones vivos en el dorso y se los comen en crudo. Ni los cernícalos jóvenes se libran de las insistentes y gregarias pajarracas ajedrezadas.

Habían caído algunas gotas de lluvia y de inmediato noté que la luz iba bajando gradualmente, así que aproveché para fotografiar a una garza real que se desplazaba señorial y electrizante por el centro de un Bernesga calmado, de cauce comedido. Llegué a la altura de la gran dama, a la que no hice demasiadas fotos. Justo tras darme la vuelta, encontré una nueva pista en forma de señal inaudita, pues apuntaba en dirección al Puente de San Marcos, aunque el cañón no se viese por ningún lado. Y claro, mi mirada se clavó en un martín pescador que, atento a los movimientos de pequeños peces cercanos, esperaba la oportunidad de lanzarse como un misil sobre las calmadas aguas. Situación muy típica, aunque esta vez resultó sorpresiva y me obligó a parar en seco, lo que siempre produce una sensación de incertidumbre con respecto a la actitud del ave. Además, teniendo en cuenta la baja iluminación, pienso que quedó bastante bien. Más adelante, el colirrojo y la lavandera blanca seguían en su empeño de peinar los hierbajos y capturar a sus presas, al son de una tarde que agonizaba. Justo antes de la cascada, sobre la baranda del paseo, encontré la pista que cerraba el círculo del día, redonda y numérica. Al poco, la garza real realizaba sus ejercicios sobre la arena, tal vez consciente de que, en breve, esos parajes cotidianos iban a cambiar drásticamente. El Bernesga es el Nilo y el Nilo es el Bernesga, y enseñan, advierten. Ella lo sabía porque lo lleva inserto en su código de serie: S2 – 163738. A los dos minutos, la penumbra se cernía sobre uno de los lugares más espectaculares de León, y tocaba ponerse a hacer música durante unas horas.

El día veintiséis volvió a abrise con la imagen de la garza real, sólida y de guardia, impasible, con su ceño semifruncido. Poca broma con la ardeida más bonita. La lluvia era la gran protagonista, y decidí dar un paseo corto hasta la zona centro. Fue andar cuatro pasos y toparme con las carnívoras de la ribera, que daban buena cuenta de un enorme pez cuyos restos yacían sobre las piedras de la orilla. Muy cerca, en el nivel superior del paseo, los pinzones comían semillas entre la hierba mojada, y una visual me llevó a toparme con otra pista, la oportuna bola de hielo que, desde días antes, aún no se había desvanecido. Eso sí, la raqueta ya no estaba clavada sobre ella, sino apartada a unos metros de la masa blanquecina. Tras captar la señal y seguir mi camino, encontre otro refuerzo indicativo, en forma de bichejo sintético y también codificado. Volví a realizar una veloz analogía mental, esta vez con el flipante y predictivo film “Blade Runner” de 1982, así como con su reveladora secuela de 2017. No haré comentarios acerca del trozo de trapo reconfigurado, simplemente lo comparto en el bloque de imágenes.

Pues bien, Ordoño II estaba a tiro de piedra, con sus mosaicos mojados y preparados para ser retratados en formato horizontal. La verdad es que solo percibí rectas, picos y pirámides, cerca y lejos, abajo y arriba. Miré al buen Guzmán, que siempre tiene algún consejo para quien quiera solicitarlo, y me dio a entender que tendríamos cielo encapotado por varias horas. Por cierto, sugirió que le llevase un paraguas, y fue la recia paloma torcaz la que me refrescó la memoria desde su posadero distópico. Claro, la misma señal de ayer, que continuaba clavada en su paragüero particular. Decidí que me daba pereza retroceder; en todo caso, Guzmán nunca se había resfriado por estar perpetuamente a la intemperie, así que le envié recuerdos frecuenciales y, antes de cerrar mi jornada fotográfica, observé cómo la discreta lluvia caía sobre el Bernesga, igual de inmisericorde que las famosas lágrimas de “Blade Runner”, que dolían más por la traición que por introducirse en la propia carne. Recordé a Roy Batty, interpretado por el gran Ritger Hauer, y pensé en la estatua de Guzmán, que, posiblemente, jamás tuvo una fiel golondrina a sus pies, cual alma que vuela libre en forma de blanca paloma divina. Como mucho, una bravía gris en el puño (que no es poco) o sobre su cabeza. Y la garza real, subida sobre el posadero estratégico del mirlo acuático (un madero de los de clavar bien profundo), empapándose con aquellas gotas ya imparables, me dijo adiós con un estruendoso silencio que partió mis pensamientos y me devolvió a la realidad. Ella sabía que sí, que el río estaba cambiando y que la vida hay que aprovecharla, así como las oportunidades correctas, dejando fuera lo erróneo y conservando lo preciso. Así son las garzas, sabias, sagradas. Sentí el aire en la cara y el agua sobre mi cabeza, justo antes de cruzar la pasarela baja y tomar la dirección más concreta que alguien puede tomar todos los días, con las llaves en la mano y como un muñeco al que han dado cuerda o han programado previamente.

Las predicciones de la garza se cumplieron, y el día veintisiete creció el cauce del río, debido al deshielo de la nieve caída días atrás. Todo se borró del mapa, el agua lo cubrió todo y la reconfiguración hizo desaparecer los posaderos, al menos los del mirlo acuático, la garceta grande y la garza real, lo típico. El día mantenía la línea de nubes y claros de las dos jornadas anteriores, y bajé hasta la zona más cercana a San Marcos desde la orilla contraria.

Allí encontré a una persona que paseaba a un precioso perrazo y, tras ofrecerle un saludo, comenzamos a hablar sobre el animal. El chico se presentó como Jonathan, y estaba allí junto a Sam, su pastor alemán de potente estampa. Percibí que era una persona seria y campechana, aunque en breve supe de su gran amabilidad y cordialidad. Ante mi petición y su respuesta colaborativa, saqué el móvil para grabar las palabras que, de forma muy generosa y natural, me ofreció sobre su experiencia con los perros y sobre Sam en particular:

Sí, llevo teniendo perros toda la vida, la verdad. Hasta hace poco tenía tres, se me fueron dos y, bueno, me he quedado con el pastor alemán. Tiene diez añitos, se llama Sam y es un pastor alemán que viene de un padre que ha sido campeón de España, un perro de belleza. La madre era una perra de trabajo que teníamos nosotros, decidimos juntarlos y salieron ocho perrines en la camada. Sam salió como un poco más desproporcionado que los demás, y fue el perro que me quedé”.

Yo escuchaba atentamente mientras hacía algunas fotografías al perro, que estaba increíblemente tranquilo, como si la cosa no fuera con él. Jonathan continuó:

De aquella, yo estaba metido profesionalmente con los perros. Él me escogió a mí, y ha sido un pastor alemán más grande de la cuenta, incluso con cinco meses ya marcaba manera, y era enorme. Claro, el tamaño no está relacionado con la docilidad, respecto al temperamento de este perro. He tenido muchos pastores alemanes y he trabajado con muchos perros, y es muy complicado ver un perrín tan proporcionado en físico y carácter”.

Tras esas palabras, no pude evitar aprovechar la coyuntura y preguntarle acerca de las denominaciones “trabajo” y “belleza”:

Claro. Hay que distinguir que hay dos principales tipos de pastores alemanes, el de belleza y el de trabajo. El que más acostumbrados estamos a ver es el de belleza, que es el pastor alemán de cadera agachada, que no por estar más agachado tiene tendencia displásica. Y luego está el pastor alemán de trabajo, el que estamos acostumbrados a ver de toda la vida en los pueblos y en todos los sitios. Es un pastor alemán que no es tan grande como el otro pero es más resistente, por eso se dice que es de trabajo, porque antes se utilizaban para tirar proporcionadamente. Un perro con la cruz agachada no tiende a tirar lo mismo que un perro de trabajo. Esto empezó en alemania, pero de hecho, la mayoría de pastores alemanes que tenemos en los pueblos, son todos de trabajo”.

Comprobando que estaba ante alguien con gran experiencia en el terreno de los perros, no pude evitar preguntarle acerca del tipo de responsabilidad que hay que tener en estos tiempos a la hora de hacerse cargo de un perro, en relación al terreno personal y también de cara al aspecto social. Esto es lo que me respondió:

Atención y responsabilidad, son los dos factores básicos. Sin eso no tendríamos nada, somos animales de costumbres, si se nos saca de esto no somos nada. Por lo tanto, esto es lo mismo. Hay que dedicarles casi las mismas horas, siempre, porque ellos son de rutinas, en el momento en el que se les saca de eso es como que el día no va bien, están más intranquilos. Tú sigues la rutina y para ellos va todo bien, los sacas por los sitios que conocen y todo va bien, y hay que estar pendiente de ellos. Lo bueno de los perros es que viven el presente, no viven el ayer ni ven el mañana”.

Tras unos minutos en los que hice más fotos a Sam y además hablamos sobre su buen carácter canino y sus dotes de defensa, que solo emplea cuando se da la circunstacia precisa, Jonathan y yo nos despedimos cordialmente, a sabiendas de que un día volveríamos a encontrarnos. Solo puedo decir que cuando yo era un chaval, el perro pastor alemán era mi favorito absoluto. En mi barrio había dos, Tosca y Sultán, que eran imponentes. Después cambiaron las cosas a nivel social, las ciudades fueron llenándose de más y más perros, de todo tipo, y el pastor alemán comenzó a verse mucho menos. Aún alucino como un enano cuando veo al prototipo de perro de mis sueños, que nunca tuve y posiblemente nunca tendré, y ya considero que Sam, simplemente por haberme dejado acariciar su cabeza y mostrarse tan bonachón, forma parte de mi mundo interno. Guardaré estas fotografías como un tesoro, y aquí comparto algunas para disfrute de toda persona que sepa apreciar una estampa de nobleza y plena bondad, a pesar de ser un bicho enorme que podría, posiblemente y llegado el momento, poner en apuros al más pintado.

Tenía que ir al centro para hacer un recado, así que avancé por la orilla del Bernesga, todavía pensando en la bonita anécdota que acababa de compartir. Enseguida vi a un martín pescador que se empeñaba en su milimétrica labor de diario abordaje. El río había crecido por causa del deshielo, y la vista desde el Puente de los Leones se asemejaba a un cuadro caprichoso en el que una amable luz se la jugaba sin prisa contra las nubes grises. Tras sobrepasar al Guzmán metálico, la pista que encontré en el asfalto de Ordoño II me sugirió iluminación especular, sin duda. Levanté la mirada y pude ver al fondo la lejana e imponente catedral, así que decidí. Realicé un leve trámite pendiente y me conformé con llegar a la Plaza de San Marcelo para, entre otras cosas, obtener una fotografía de la catedral en miniatura, pues es lo que tocaba, mientras los gorriones escurrían el bulto tras bambalinas y la grajilla vigilaba desde su garita. El córvido señalaba en dirección al río, así que di la vuelta para comprobar cómo se había alterado su entorno. Sin duda, los reflejos son claves definitivas, ayudan a comprender cómo creemos vernos y cómo, en realidad, somos vistos por los demás, con todo lo etéreo y difuso de este tipo de asuntos.

Bajo una luz bastante floja y en posición baja, pude retratar muy testimonialmente al ruiseñor bastardo, ese cantaor incansable cuya insistente contraseña reconoce todo pajarero que se precie. Más adelante, en la zona de la bolera, un herrerillo se movía velozmente junto a esquivos carboneros y colirrojos que no fui capaz de plasmar con la cámara. Suele ser habitual que la garza real y los ánades, también reales, se reúnan en cónclave cuando el agua anega las orillas del río y crea charcas periféricas. El ritual jerárquico se repite, donde hay garza, no manda pato. Ante la citada bajada de luz, logré un encuadre que me gusta bastante, con el ánade en moderado picado y en diagonal, proyectado desde una de las esquinas superiores.

Una vez tanteada la zona de la bolera, tocaba recargar las baterías, comer, tomar café e ir hasta la cascada de los leones. Un mirlo semioculto me obsequió con una relajada mirada y con su quietud. Es otro tipo de fotografía que me gusta bastante, el recorte de un ave contra el agua, en este caso con efecto muy sugerente y funcional, dado que lo poco que se muestra es suficiente para que la imagen adquiera ciertos valores. El agua rugía con ganas, y no había palitroque ni tronco que se resistiese a su fuerza imparable. Bajo el Puente de los Leones, el mirlo acuático me esperaba sin miedo, tal vez porque siempre ha sido consciente de que puedo llegar a parecer tan mirlo como él. Su fotografía en la oscuridad, nada del otro mundo a nivel técnico, es una de mis favoritas de ese día, precisamente por inesperada. Y antes de llegar a la gran cascada que desemboca en el foso de las faraonas, la reina se me puso delante en actitud de peliagudo aviso. Era un ejemplar adulto, de unos cuatro o cinco años, con su penacho al viento y en implacable actitud de caza y pesca, dado que, como dije mucho mas arriba, los posaderos desaparecen con las riadas y las garzas han de buscar nuevas tácticas para atrapar los peces, mucho menos visibles en el agua revuelta y más protegidos por la cantidad de líquido. La vista general de la cascada, parcialmente ensombrecida a causa de la hora, lucía tremenda.

Así que la garza y su subordinada, la garceta grande, ambas infatigables pescadoras, se buscaban la vida desde el cemento y el frío metal, ni más ni menos. No obstante y durante un rato, el ángel nuclear aprovechó un reducto de piedra piramidal, justo antes de volver a ponerse en paralelo con la garza, en la ribera superior. El medidor de aguas superaba ligeramente el 6,5, lo que suponía una señal física y simbólica. Eché una mirada al furioso curso del río y me giré instintivamente hacia el lado izquierdo: allí estaba el martín pescador, inasequible.

Después de haber realizado tropecientas fotografías de aquel ambiente telúrico y cargado de realidad de la buena, decidí regresar a casa. Justo un momento antes, la garza había estado revoloteando por la zona, tras abandonar la robusta baranda de metal que se alinea con el borde de la cascada. Me la encontré sobre el saliente de una de las pilastras del puente, completamente tensa y aferrada con sus garfios al hormigón para poder llevar a cabo una hazaña de las suyas. Las garzas no pueden caer en el agua de cualquier manera, y menos con semejante crecida. Esta estuvo escrutando durante algo más de un minuto y, sin soltar sus garras de la base, con un veloz movimiento pendular de increíble precisión, se lanzó a por un pez que solo ella podía ver. No pongo la foto del momento anterior porque está desenfocada, así que inserto dos imagenes previas y la de la propia captura. Aunque la última también va algo justita de foco, vale la pena ver cómo esta garza se llevó su presa sin perder el control de agarre. De lo contrario, dada la cantidad de agua y su fiero empuje, hubiera podido ser arrastrada por la corriente sin poder salir a flote.

La reina del Bernesga es una máquina biométrica que ofrece espectáculos diarios y hace felices a muchas personas con su simple presencia. Yo me retiré a la catacumba con un canto en los dientes y las pilas puestas para una dura sesión de bajo eléctrico. En el río, la vida y la muerte continuaban fluyendo sin remedio, a través de una jornada que pronto cerraría sus puertas pero que aún daría mucho de si para las aladas ardeidas y para otros pequeños seres que viven del agua y dan vida al sagrado líquido. Gracias por leer y hasta el próximo papiro, quinta parte de “Y un enero menos”.

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