El hilo invisible nos conecta, a traves del objetivo, con una nueva situación que a su vez se retroalimenta de todas las situaciones anteriores, con sus experiencias ímplicitas, sea cual sea su calado. Poco a poco, el hilo nos ayuda incluso a saber cuándo hay que descartar un click, por el motivo que sea; desde la simple economía de recursos al saber conformarse con lo supuestamente captado, para relajar los brazos y el cuerpo y, sin más, gozar y poder observar de verdad, sin tensión. Fundamental, para que la experiencia nos haga crecer, día a día, año a año.
En realidad, el citado hilo podría constituir la canalización final de un aura que contiene todas nuestras emociones y sensaciones, tanto a nivel de capacidades cognitivas y artesanales como de la experiencia adquirida entre seres humanos, en el compartir diario o en el estudio, en la paciente aclaración del iniciado al profano e incluso en el mental reverso de tuerca que refresca las ideas de quien maneja las mayores habilidades.
Así, lo que finalmente se convierte en una recta entre sujeto y posterior “predicado” gráfico, se nutre de previos e incontables puntos aledaños, vorticiales, que conforman la decisión casi irrevocable de hacer el click antes de que las alas inicien el despegue y nos quedemos plantados cual pino, en pleno “palmo de narices”. Incluso en esta última situación, pueden captarse imágenes inesperadas, pero la mayoría de las veces se produce un hecho infructuoso al que, en función de la especie (o ilusión de cada cual), se suele conferir mayor o menor importancia.
En esta tercera entrega he agregado fotografías de las siguientes especies: ánade real, cigüeña blanca, colirrojo tizón, curruca capirotada, carbonero garrapinos, garza real, lavandera blanca, martín pescador, mirlo, mosquitero, petirrojo, picogordo, tarabilla y urraca.
Espero que se disfruten. Muy en breve, la cuarta entrega cerrará esta serie. Desde las profundidades de la oscura Estigia queda decir: “hasta el próximo papiro”.