El catorce de noviembre había una iluminación excelente. No capté demasiados tipos de aves, aunque pude obtener fotografías resultonas. Menos da una piedra. La estampa mañanera quedó plasmada en dos fotografías rutinarias.
Los árboles del Paseo de la Condesa ocultan joyitas aladas en su interior, que con discreción aunque sin disimulo, discurren ante los viandantes. Cada cual a lo suyo, claro. No fue fácil obtener una imagen del agateador, aunque quedó levemente retratado.
Entre las ramas bullían las cabriolas de los carboneros comunes, y un carbonero garrapinos acompañó sus gimnásticas evoluciones. Les gusta estar entre ramas, así que hubo que esperar a que se “asomasen” por algunos segundos.
Un reyezuelo listado puso la guinda de color, y lograr enfocarlo de forma meramente pasable supuso un ejercicio de enorme paciencia, aunque finalmente cayó en la trampa del ojo mecánico.
La urraca y las tórtolas ocupaban sus correspondientes ramas. En contraste, a pocos metros y sobre la hierba, un mirlo tranquilo posaba sin inmutarse, en este caso rodeado de las numerosas hojas que salpicaban la hierba. Y tras la cercana plaza de San Marcos, la paloma torcaz «me echaba el ojo». Cosas de noviembre.
Tiré hacia la zona de la bolera, donde pude captar la esencia de otro precioso carbonero común y de un herrerillo que me daba la espalda a placer. Ahí estaban, tan panchos, en compañía de algunos pinzones y gorriones molineros que, sin fortuna, intenté reflejar.
De camino a la pasarela pequeña, un magnífico gorrión común me permitió realizar la fotografía que considero como favorita de la jornada. Posado en una fina rama y rodeado de algodones, dominaba la escena con majestuosidad. Al lado, un indulgente mosquitero también me dejó captar su imagen, pues apenas se movió durante uno o dos segundos.
La citada plataforma, punto clave para la observación y la toma de decisiones exploratorias, me trajo la suerte en forma de reina, en este caso, del Bernesga. La garza real se dejó ver en todo su esplendor, mientras se posicionaba para acatar las tareas de pesca.
Así terminó esa intensa mañana que dio paso a una hermosa tarde sin sorpresas, no por ello menos significativa. Caminé río arriba mientras la luz aún brillaba con fuerza. Suele ser lógico encontrar a la gran pescadora en su puesto de guardia, contrastada con el azul celeste. En este caso, y tras el correspondiente tiempo muerto, se produjo plena conexión garcera entre mañana y tarde.
Por allí pululaban las urracas. Una de ellas gozaba del sol del atardecer, situada sobre su parapeto metálico. Otras buscaban alimento en pareja, rastreando hierba y tierra en busca de los preciosos tesoros nutritivos que la naturaleza otorga para tal fin.
Los pinzones aparecieron de nuevo, aunque cada ejemplar de los que muestro estaba a muchos metros del otro. Eso sí, dentro de un entrono cercano. Su presencia en este hábitat es importante, y el día que faltan… parece que algo falla en el mecanismo natural. De igual forma, el carbonero común volvió a dejarse ver, esta vez de forma tímida, dado que estaba bastante oculto entre las ramas, aunque eso no fue suficiente para evitar su captura fotográfica, no demasiado luminosa pero sí resultona y descriptiva.
En la zona acuática, los ánades cubrían sus áreas de desenvolvimiento, mientras muy cerca, otra garza se mantenía tranquila y paciente, bañada en la tenue luz que iba perdiendo la batalla frente al ocaso. El joven de lavandera blanca apenas se ve, en la lejanía. Pero ahí estaba, lleno de vida y en la brecha.
La luna, casi llena, apuntaba maneras desde hacía horas. Más arriba, tras pasar la barrera simbólica que supone el puente sobre el que los monstruos mecánicos cruzan el territorio «de parte a parte», parecía reivindicar su oronda figura, como adviertiendo del «perfecto» y circular desenlace que tendría lugar al día siguiente. Con notoria complicidad, una urraca simbolizó la caída del día. Su figura recortada simulaba otra hoja más en el árbol de la vida y la muerte.
Tocaba regresar al redil, y este simpático petirrojo me retó: “a ver si eres capaz de realizarme una fotografía enfocada y definida”… pero no, no fui capaz, aunque al menos quedó plasmado de forma desesperada. Levemente regado por la luz de una farola, parecía burlarse de mí, como otras tantas aves suelen hacer.
Inevitablemente, la luna casi llena brillaba con fuerza, y la gran reina del río… pues eso, reinaba incansable en su trono de tierra, agua y aire libre, muy bien oculta por las sombras de la noche de noviembre. Hasta el próximo papiro.