Aguas de febrero (3)

Y aquí va la tercera parte de “Aguas de febrero”, en la que quiero integrar una pequeña y bonita entrevista a una persona que conocí de simple casualidad aunque con toda la causalidad necesaria para poder haber llegado hasta este papiro. A primeros del citado mes, estaba intentando fotografiar un ave cerca del río, en una zona de mucho tránsito por la que pasan las personas andando y en bicicleta. De pronto, un perro me espantó la pieza y me puse a esperar de nuevo, justo cuando una chica se acercaba por el camino. Pensé que el animal era suyo, así que le hice un breve comentario, un guiño sin importancia acerca del perro y del volátil parajillo. Ante su pregunta sobre el ave, comenzamos a hablar de los seres alados que pululan por las orillas, hasta que me comentó que ella solía hacer Taichí un poco más adelante, justo donde termina la zona peatonal y suena el rumor de la cascada del Puente de San Marcos. Entonces le comenté que sí, que la había visto muchas veces, pero siempre de espaldas, dado que suele estar posicionada de cara al río. Se presentó como María, y al poco se me ocurrió comentarle que, tal vez algún día, dado lo interesante de su actividad, podríamos grabar un comentario para el blog de mi web, así que le expliqué el asunto y a ella le pareció bien. De hecho, dado que en un par de días volvimos a encontrarnos por la zona, retomé el tema y le propuse hacer algunas fotos de calle, algo a lo que María accedió amablemente. A continuación, pongo tres imágenes de esa mañana invernal en la que el río Bernesga fluía caudaloso.

Justo antes de seguir nuestros respectivos caminos, esbozamos la idea de fotografiar una de sus sesiones de Taichí, a modo de prueba. Así lo hicimos, pocos días después. Me acerqué despacio y, llegado el momento, sugerí comenzar a hacer clics. La zona estaba acotada por las habituales tiras de plástico de prevención, por causa de la crecida del río en aquellos días. A nivel estético, lumínico y posicional, este factor no facilitó la tarea. Así que tuve que ingeniármelas para no fotografiar el plástico. Algunas imágenes resultaron potables y descriptivas, como las que muestro a continuación, o al menos eso pienso. Eso sí, el espíritu del Taichí aparece reflejado por obra de María Expósito.

Habíamos pactado la fecha para el 23 de febrero, así que ese día me acerqué a la zona con la cámara en la mano. María estaba realizando un ejercicio bastante lento y sutil, como desconectada de lo mundano. Tras ciertas pautas, se deshizo de la sudadera roja y comenzó a hacer movimientos relajados aunque muy precisos, con el cuerpo y con las manos. Tras parar su rutina, nos sentamos en un banco, conecté la grabadora y comencé a preguntarle.

-María. ¿Qué te impulsó a acercarte a las filosofías orientales?

Pues de las filosofías orientales siempre me atrajo la sencillez. Cuando estudié filosofía en el instituto, era todo como demasiado complicado. Llegas a las filosofías orientales y es todo mucho más sencillo, más simple, lo que no necesariamente es más fácil, pero se siente más humano y más cercano a uno mismo. Y te enseña que todos, independientemente de nuestro tamaño, tenemos fuerza, tenemos valor, y tenemos capacidad de hacer lo que queramos”.

Respecto a lo que afirmas, y para hacer un breve inciso, es evidente que la filosofía clásica occidental, aunque lo aborda casi todo, parece más dirigida, dicho en bruto, hacia los conceptos geométricos y al pensamiento crítico, mientras que las filosofías orientales, que también emplean la geometría del Yin-Yang, parecen enfocarse sobre la conjunción de nuestro cuerpo con nuestra faceta espiritual. ¿Por qué escogiste el Taichí?

Lo escogí porque tiene un lenguaje que, a lo mejor, por la forma de funcionamiento de mi mente, me llega de otra manera. Tal vez, ambas se refieran a las mismas cosas desde un lenguaje distinto. La filosofía oriental habla desde un lenguaje natural, es todo observación de la naturaleza; y lo que pasa en la naturaleza, pasa dentro de ti. Por eso, para mí es más cercana y más fácil de entender, el Taichí lo hace todo más simple a la hora de examinar y aprender de ello”.

¿Desde cuándo lo practicas?

Llevo doce años, más o menos, haciendo Taichí, que en realidad se escribe Taijí y suena Taiyí. Traducido literalmente, sería como puñetazo definitivo. Empecé en Irlanda y me acerqué por la idea de que es un arte marcial que refleja todos estos principios de la filosofía oriental. Es un arte que puede practicar cualquier persona, independientemente de su tamaño, de su edad y de su estado físico, porque no se basa en tu fuerza física, sino en cómo, aunando cuerpo, mente y espíritu, tú eres capaz de expresar la energía y de hacer lo que quieres hacer. Hay una cosa que se dice en Taichí, y es que tú no realizas un movimiento, sino que creas las condiciones necesarias para que ese movimiento se exprese. O sea, no es tanto hacer, sino permitir que ocurra”.

¿Qué crees que diferencia al Taichí del resto de artes marciales de China?

Por ejemplo, el Kung Fu, al que también puedes llegar desde el Taichí. El Kung Fu es muy vistoso, muy llamativo y acrobático, y yo no me siento así. Entonces, el Taichí es más como soy yo, en el sentido de que no me gusta lo grandioso. Yo encuentro belleza en esas cosas pequeñas, sencillas, que solemos pasar por alto y muchas veces son mucho más valiosas que lo que está llamando la atención”.

Siempre te vemos practicar aquí, a la orilla del río Bernesga y al lado del Puente de San Marcos. ¿Hay algún motivo especial para escoger este enclave tan “clave” en León?

Porque es muy práctico, principalmente (risas), este sitio me queda cerca de casa. No, elegí el río porque tiene muchos espacios para poder hacerlo, podría estar haciéndolo del otro lado. Lo hago porque, para mí, se junta un poco todo. Lo principal es que estoy dentro de la ciudad pero en un espacio natural. El Taichí esta basado en observar la naturaleza, los movimientos tienen nombres como El gallo dorado se levanta sobre una pierna o La grulla extiende sus alas, y así. Entonces, en el Taichí tienes que fluir. A mí, observar el agua me recuerda que yo tengo la capacidad de moverme como el agua. Es decir, solo necesito fluir, no necesito pelearme con nada, solo tengo que encontrar el camino para seguir fluyendo. A veces es pasar por encima, a veces es pasar por alrededor. Y a veces es empujar con suficiente fuerza para poder abrirme camino. Por ejemplo, si observamos un árbol, vemos que está enraizado. Tú, cuando estás haciendo Taichí te tienes que enraizar, pero al mismo tiempo te tienes que elevar y expandir en todas las direcciones, como hace un árbol. Ahí tiene las raíces, bien plantadas en la tierra; y eso le permite mantenerse de pie, estable, y llega hasta donde necesita alcanzar. Entonces, estás encontrando ese equilibrio entre lo interno y lo externo”.

Aún me contó cierta anécdota sobre una experiencia que tuvo tiempo atrás, en la que, dada la carga energética de los ejercicios realizados, sus pies habían profundizado en la tierra de forma inexorable. Entonces aludió a que quienes estaban con ella haciendo los ejercicios, apenas habían dejado leves señales en el suelo. Era algo para reflexionar, desde luego. Justo en aquel momento, Nino Espadas se acercó por allí y se unió a la conversación, así que le pedí que me hiciese una fotografía junto a María, con mi cámara, para inmortalizar cierta esencia de aquel día soleado. Ahí queda eso, en recuerdo del Taichí, del Bernesga, del emblemático Puente de San Marcos y de las experiencias que suelo plasmar en los papiros de Vientos de Estigia, en este caso sobre hechos que suceden al amparo del citado río. Aprovecho para dar las gracias a Nino por su amabilidad y, por supuesto, para enviar un gran saludo a María Expósito por haber sido tan cordial y natural a la hora de compartir su exclusiva visión de la vida, tanto conmigo como con las personas que leen este blog. Considero que este tipo de generosidad implica algo intangible e imposible de cuantificar; y desde luego, supone algo único, distinto. Gracias.

Dos días después y tras una mañana de búsqueda, me encontré con José Martínez, persona a la que aprecio muchísimo. Siempre tiene algo interesante que contar, y su filosofía de los ríos me parece vital, por ser básica y a su vez tan potente como la corriente del agua que revierte en electricidad. No hablamos demasiado, aunque me contó cosas muy intensas, de esas que solo pueden contar las personas que tienen muchas tablas y calzan gran sabiduría. De hecho, ambos teníamos prisa, y justo antes de irme, José señaló a la orilla. “Ahí están, son maravillosos”, dijo mientras los ánades reales nos miraban con suma tranquilidad. Atónito, pensé en cómo algo tan cercano, visible, habitual, se había escapado del alcance de mi mirada durante aquellos minutos. En realidad sí lo sé, y lo primero es la coherencia. Cuando el general abre la boca, el soldado escucha atentamente. Hice la foto de la parejita de ánades y nos despedimos con un “hasta pronto”, que espero se cumpla en breve. Este es uno de esos recuerdos que quien suscribe no puede olvidar, por lo que simboliza, a pesar de lo inocuo de su apariencia.

No pretendo extenderme más, así que voy a poner varios bloques de imágenes. El primero de ellos contiene escenas aparentemente absurdas pero, como suelo decir, “entrañables”. Muestran cosas que están ahí y se conjugan a la vista de cualquiera, con contundencia. Hilvanadas y vistas en pause, pueden producir una hilera de pensamientos que quizás lleven a otros pensamientos, en el no parar de lo cotidiano, de lo enrevesado y de lo evidente. Creedme, estos detalles aparentemente insulsos pueden hacer que las cosas se vean de otra manera y con mayor perspectiva, en cada día de vuestras vidas. Escenas de calle, diferentes iluminaciones, formas e isomorfismos, asociaciones, situaciones… en fin, el caso es pensar, pista tras pista. Porque la vida es un juego de nexos, y tal vez aún queden seres que no hayan visto el mazo de cartas o las casillas de espera.

A continuación, inserto tres fotografías realizadas con permiso de las personas correspondientes. Siendo unas escenas completamente ajenas entre sí, el factor humano puede conectarlas, a pesar de las enormes diferencias contextuales. Por lo que muestran y por lo que ocultan, por analogía y por una distancia tan grande entre conceptos que, una vez se abarcan los 360 grados de escape, hace que choquen, confluyan y hasta puedan fundirse.

En la última recta de febrero, las aves iniciaban sus juegos estacionarios, mientras todo empezaba a florecer de cara a la primavera. Las parejas de veloces pájaros carpinteros y los revoloteos de las palomas torcaces, de los cernícalos, busardos y aguiluchos o de las cornejas negras, apuntaban en dirección a nuevas vidas que están por venir. Para terminar este post y con ello cerrar el mes de febrero, aquí dejo una serie de fotografías de aves (principalmente, aunque con excepciones) obtenidas en el ámbito urbano y en terrenos rurales. Las especies mostradas son las siguientes: ánade real, busardo ratonero, caballo, carbonero, cernícalo, cigüeña, chochín, colirrojo tizón, escribano soteño, estornino negro, garceta grande, garza real, gorrión, gorrión molinero, herrerillo, lavandera blanca, mirlo, mirloJerónimo”, mosquitero, nutria, paloma torcaz, pato criollo, pavo real, perro (Numa), petirrojo, pico picapinos, tarabilla, tórtola turca, urraca, urracaUrko”, vaca.

Y así se evaporó febrero, entre brillos y velos, sol, contraluces, alas, picos, pezuñas, simetrías asimétricas, dualidades ajedrezadas y relaciones humanas de distinta índole, todo ello traído por las aguas de la vida. El mismo día veintiocho, mientras la persiana de la gran cascada hacía brotar el oscuro cierre del atardecer, la reina del Bernesga nos mostraba su lengua serpentina al son de una luna casi llena y filosófica, amante de relatos y geometrías. Gracias por leer, hasta el próximo papiro.

Texto y fotografías: © J. Bass (Vientos de Estigia).

Artículo de carácter cultural y lúdico, exento de afán comercial. Los logos e imágenes pertenecen a los poseedores de los derechos.

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