Día quince

Continuando con la serie de salidas puntuales del presente mes de noviembre, toca postear en relación al pasado día quince. Esta jornada no fue demasiado fructífera, más bien al contario, pero resultó muy gratificante. La mañana estuvo un poco apagada a nivel lumínico, y la primera sorpresa me la dio el martín pescador, al que me acerqué casi sin darme cuenta. Nos vimos, mutuamente, aunque la distancia prudencial y mi completa inmovilidad permitieron que pudiera hacerle algunas fotografías antes de que volase a toda velocidad.

En breve, un carbonero me tuvo en vilo durante un par de minutos que parecieron meses. Me gusta captar a estas aves habituales por obtener simple constancia de su avistamiento, y al final logré una imagen relativamente decente, a pesar de que el ejemplar se encontraba “tras bambalinas”. Cubierto por ramas y hojas, en la semiespesura, no ofreció la más mínima gota de tregua.

Atravesé el Puente de los Leones, y allí, sobre una farola, estaba la paloma bravía, tal vez evocando una escena distópica. Desde semejante altura, su punto de visión es casi como el de una cámara que abarca 360 grados y tres dimensiones, no hay dron que pueda competir con este bicho absolutamente adaptado a casi todo, ni en velocidad ni en perspectiva… salvo el terrible matador del aire, claro está.

Giré a la izquierda para retomar la vereda del río en sentido contrario, y al poco me di de bruces con este joven ejemplar de lavandera blanca, una preciosidad que realizaba su gimnasia diaria sobre la barandilla que separa los paseos intermedio e inferior.

Tras bajar a la vereda, me encontré con este petirrojo vacilón, una maravilla alada que se mantuvo ante mi cámara sin el más mínimo temor. Tras tomar algunas imágenes del ave, me alejé de espaldas y con calma, de la forma habitual, para poder disfrutar de sus detalles a plena vista.

Desde la pasarela pude retratar a una pareja de ánades azulones que jugaban a pasar por debajo, de un lado a otro. En una mañana sin garzas, estos fuertes patos son los reyes del agua.

En plena retirada, una urraca llamó especialmente mi atención, pues esta vez llevaba un fruto en su pico. Es notoria su destreza a la hora de abrir nueces, castañas, bellotas o lo que haga falta.

Por la tarde, en la misma zona, los mirlos registraban los jardines. He aquí dos buenos ejemplares, provistos de su habitual simpatía y gracia, en alerta perpetua cuando no están sobre las ramas.

Los oscuros túrdidos competían con la gran rastreadora de pistas de gravilla y jardines, la tórtola turca. Bañada por la luz del sol o bajo las sombras del gran pino… es un ave hermosa, se mire por donde se mire.

Tras caminar hacia otra parte de la zona de mapeo, me encontré con esta bella urraca, ajedrezada de por sí y en espectacular contraste con la hierba y las hojas caídas.

Poco más adelante volví a toparme con un petirrojo que me miraba como diciendo “¿Otra vez por aquí?… que tío más plasta”. Por su fisonomía y por la zona en la que estaba, pienso que es el mismo ejemplar que pude captar por la mañana.

Un par de miradas en dirección concreta y, aplicando zoom a tope, la reina del Bernesga quedó al descubierto. En su tarea sin fin, explora, vigila, acecha… de forma inmisericorde. Tenía la cresta levantada y la pata alzada, con lo que parecía estar a punto de tomar decisiones. Con ella, el día se iba diluyendo.

Y sin mucho tardar, apareció la poderosa luna llena de noviembre. Ante su influjo, el invisible equilibrio se potenció momentáneamente, en un instante eterno y desde el mismo filo que comenzó a limarla hasta, llegado el momento, hacerla desaparecer. No obstante, esa noche, las aguas durmieron al son de los silenciosos reflejos nocturnos.

Texto y fotografías: © J. Bass (Vientos de Estigia).

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