Para bien o para mal, la climatología leonesa de noviembre está siendo permisiva con los buscadores de tesoros alados. Tras una intensa semana de observación del entorno arbóreo y acuático, abordo este primer paquete de pequeños capítulos diarios, con fotografías y comentarios relacionados al día siete de noviembre.
Una de las curiosidades de estas salidas apunta a lo aleatorio de sus resultados, tanto a la hora de visualizar especies como de poder fotografiarlas. No es lo mismo transmitir que retransmitir, y tener la certeza de que «ahí» está determinada ave (por su canto delator), no implica que podamos observarla. Las garzas suelen ser bastante persmisivas, parapetadas en peculiares atalayas o concentradas en la dura tarea de capturar sus presas.
Este jovencísimo ejemplar es como una máquina programada para el asalto. No falló en su ataque y logró atravesar al pez, aunque tuvo que dejar que cayera arrastrado aguas abajo, dado su gran tamaño. Practicar sobre el terreno es la mejor forma de aprender a subsistir. Que no se diga que las garzas «no se mojan».
El mosquitero constituye otro biomecanismo perfecto, en este caso orientado a atrapar y engullir pequeños insectos. Su color, aderezado por la luz solar, le ayuda a mimetizarse con las hojas amarillentas, lo que dificulta su captura fotográfica a pie de calle, ya compleja de por sí a causa de los veloces movimientos efectuados por esta pequeña ave.
Observar al mirlo y escuchar atentamente su extraordinario canto, supone un gran privilegio para quien tiene la suerte de poder recibirlo. En este caso, el ejemplar es oscuro como el tizón. Desde su parapeto en el ramaje, percibe mi presencia y la ignora a placer.
No todos los habitantes de la senda tienen alas y pico, algunos están provistos de dientes y afiladas garras… en todo caso, sobrevivir a la intemperie obliga a estar en plena forma. El bosque y el río son terrenos de incursión para muchas especies.
Los saltos continuados del pequeño carbonero garrapinos también dificultan mucho su observación y registro, aunque hay que señalar que esta hermosísima ave suele mostrarse relativamente cercana
Los petirrojos también son ligeramente confiados, y su proceder difiere bastante del de los carboneros. Estén donde estén ubicados, tanto en la rivera como en los bosques y jardines, su marcado canto suena a reto percusivo, cual desafío a navegantes alados, bípedos o cuadrúpedos. Son increíbles joyas de tierra y fuego.
No solo de búsqueda de comida vive la gremial urraca, también sabe aprovechar los rayos solares en soledad. Así puede recargar su energía, en este caso con una pose que aparenta disfrute y esponjosa tranquilidad plena.
Vigilancia, vigilancia, vigilancia… equilibrio natural mediante equilibrio del peso corporal, majestuosidad en el porte e innegociable cumplimiento de funciones. Inmóvil sobre la piedra o aferrada a su gruesa rama, la garza carece de descanso, mientras la jornada decae en luminosidad. Por las riveras del Bernesga, todo va como ha de ir.
Termina esta jornada ornitológica, la luna advierte y la oscuridad abraza la ciudad. Las aves bullen en su hora bruja y, en su gran mayoria, se preparan para dormir. Mañana, DIOS dirá.
Texto y fotografías: © J. Bass (Vientos de Estigia).
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