Hoy, mientras la lluvia caía de forma suave, me crucé con la garza real, muy posiblemente con un ejemplar joven del segundo año. En ese momento, un martín pescador pasaba por encima de ella como si nada, cual pequeña mixtura multicolor que proyecta una estela momentánea en la retina.
Siempre es un placer observar detenidamente a la reina del Bernesga (dicho esto con el permiso de la majestuosa garceta grande, que suele deleitarnos cada año con sus puntuales visitas), pues con una paciencia a prueba de bomba, rastrea cada centímetro cuadrado de las, en este caso, transparentes aguas. No se queda atrás el pequeño martín pescador, mucho más veloz y preciso en todos los sentidos, que ya es decir.
En actitud de alerta máxima y con absoluta posición de acecho, mantuvo la tensión de forma interminable… hasta que lanzó su rápido ataque. Pero esta vez no hubo suerte. Eso sí, se sacudió mínimamente el precioso plumaje y continuó a lo suyo, una vez rota la tremenda tensión ejercida y ante la cual el mundo pareció haber detenido su marcha para, simplemente, estar pendiente del terrible arponazo. Afortunado, el pez.
Pocas veces he visto fallar a las garzas en su intento, suelen acertar con mucha facilidad. Este joven de la especie continuará con su jornada de pesca como si nada, mientras que los que hemos observado el lance, sin darle demasiada importancia aunque reflexionando levemente, tal vez tengamos otra oportunidad para recordar que en la vida hay que levantarse tras cada caída. Sin darle mayor importancia, tal y como hace la garza. La diferencia radica en que nosotros, los humanos, erramos mil veces más que la fauna depredadora, y además tenemos que combatir contra barreras invisibles que nos atan de pies y manos. Mientras tanto, las aves… vuelan, al filo de la vida y de la muerte, sí, pero adaptadas a su medio de forma inequívoca, al menos las más salvajes y coherentes con la propia inercia existencial con la que les ha tocado vivir.
Ni garza ni martín comerán jamás de mano ajena, salvo trucaje previo.
Como breve inciso en el relato reflexivo, aprovecho esta perfecta ocasión para poner algunas imágenes que me han hecho vivir momentos especiales e inolvidables: dos de la garza de hoy y otra de un martín pescador que pude fotografíar el 18 de marzo de este año, en el mismo río Bernesga. Ambas especies han coincidido en el espectro, por un segundo; y ese instante de fascinante libertad (para quien suscribe, pues los seres alados no saben “qué es eso”) me ha hecho pensar de nuevo en que el ser humano es demasiado frágil, y que solo con mucho tesón y nutrido instinto podrá discurrir en una jungla de asfalto.
Y retomo: enfilé el resto de la pasarela que cruza el río, con la mente en ese picotazo fallido cuyo significado implica un gran logro. Ahora, la lluvia continúa cayendo, suave, y los cernícalos rondan por la ventana, a menos de un tiro de flecha. Suena el inmortal Paco de Lucía, vuelan las alegorías, atruenan las alegrías y las penas. Gracias por leer, hasta el próximo papiro.
Texto y fotografías: © J. Bass (Vientos de Estigia).
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