De hierro y fuego

Recuerdo cómo conocí a Gregorio González Fresno, herrero forjador, la mañana del 12 de noviembre de 2025. Nos encontramos sobre la pasarela alta que atraviesa el río Bernesga por la zona del Paseo de Salamanca, y desde allí visualizamos una llamativa garza real que buscaba peces para engullir. Días después publiqué un breve comentario sobre el citado encuentro, y teniendo en cuenta que hoy vuelvo a escribir sobre este artesano de la forja, recomiendo la lectura de aquel escrito, pues fue abordado desde una perspectiva muy distinta. Por lo tanto, funciona de manera complementaria y además puede actuar como introducción. El texto se encuentra disponible en el siguiente enlace, justo al final del artículo:

https://vientosdeestigia.es/noviembre-subliminal

Al poco de escribir ese post, conocí a una de sus hijas, Estrella, y le hice saber que había publicado algo sobre su padre. Amablemente, me contó cosas muy interesantes sobre su labor artesanal como forjador y herrador, entonces le pregunté si sería posible poder verle practicar ese crudo y al mismo tiempo fino oficio, tan tradicional como antiquísimo. El pasado 31 de julio, mi esposa y yo pudimos desplazarnos a Ardón, pueblo de Gregorio, para observar a este eminente fragüero en plena acción. Nada más llegar, pudimos disfrutar de unos preciosos aviones zapadores que estaban posados sobre los cables del tendido eléctrico, aunque también vimos golondrinas, un águila calzada, un aguilucho cenizo, un milano negro y varios gorriones, principalmente.

Por fin, el maestro nos abrió las puertas de su fragua, un histórico recinto funcional y lleno de encanto, en cuyas paredes lucían enseres tradicionales de todo tipo, muchos de manufactura propia: llaves antiguas, cerraduras, adornos variados, pinzas y tenazas, herraduras, accesorios para el ganado y otros objetos. Lo primero que hizo fue encender el fuego y mantenerlo estable con un ventilador autosoplante.

Tras este iniciático ritual obligatorio, Gregorio comenzó a contarnos cosas acerca de sus antepasados, de quienes recogió el testigo. Nos habló de cuando su padre trabajaba en esa misma estancia y, para mantener vivo el fuego, empleaba una herramienta muy concreta:

“Era un fuelle de dos vientos, de vacío constante. Con la humedad que había aquí, hubo que dejarlo porque se lo comían las ratas, pero soplaba de alma”.

En ese momento señaló otro enorme fuelle que tenía en una de las paredes, como mera reliquia que, en su día, había adquirido en El Bierzo. De igual manera, aquella impresionante pieza evocaba y atestiguaba las labores de tiempos pretéritos.

También recordó algunas anécdotas de su fructífera etapa en los talleres de San Isidoro, en los que ejerció como maestro y en los que forjó una parte de su vida. Cada poco tiempo, sin dejar de contarnos cosas, cogía la pala y añadia carbón a la hoguera.

Conservo esto como reliquia de mi abuelo Gregorio, que se llamaba como yo. Esas tenazas, hechas aquí, y ya de mayorico. Pero al fuego ¿eh? Esto está hecho al fuego. Estaban gastadas, y yo dije: esas tenazas de mi abuelo las voy a recuperar”.

Pronto llegó el momento de comenzar a modelar los metales. “Vamos a hacer una cosa rudimentaria”, dijo Gregorio. La primera pieza fue una muestra de lo que en el oficio de la forja se denomina “torsión”. Tomó una barra de metal, la puso en las brasas hasta dejarla al rojo vivo y, tras fijarla mediante un tornillo de banco, la hizo girar sobre su eje como si estuviese moldeando el cuerpo de una broca. Una vez realizada la tarea más evidente, golpeó ligeramente la pieza para enderezarla, algo que volvió a hacer algunos minutos más tarde.

“Se le da pero no se le marca”. La soltó sobre el suelo, como quien se libra de una mota de polvo en la chaqueta, y continuó con la faena.

Enseguida escogió una pieza de hierro para mostrarnos otra de las técnicas básicas, esta vez al golpe. Así que lo siguiente que hizo fue una “cola de milano”, algo que, tras su primera impronta con el martillo, suele moldearse de forma semicircular para emplearse como motivo ornamental. El grueso de la pieza mantuvo su rectitud original, y los golpes del potente martillo dibujaron una punta con esa característica forma triangular que, en efecto, aparenta la cola de un milano.

Después, a la cara que se quiere, se le remarca de las picadas del martillo para que quede todo igual, y se envuelve después. Ahora voy a hacer una pequeña espiral”.

Dicho y hecho: a continuación, Gregorio tomó una pequeña base metálica que a su vez incluía un molde vorticial, a modo de matriz. Volvió a coger otra barra de hierro y, tras calentar una de sus extremidades, la golpeó con el martillo hasta doblarla hacia dentro y formar una especie de garfio, casi milimétricamente, dado que tenía que encajarla en el centro del vórtice metálico. Una vez llegado al punto deseado, introdujo la pieza al rojo vivo en el molde, apretándola con el martillo, y empezó a doblar la vara hasta encajarla en su sitio.

Esto hay un refrán del toque del yunque ¿eh? Pero… no lo saben todos”.

Claro, el citado yunque no paraba de atronar al son del martillo, que, de forma simultánea, cincelaba un sonoro y veloz martinete fragüero de eco centenario. En cuanto la pieza estuvo bien atenazada, la rizó como si fuese de goma y justo hasta donde él quiso, como mero ejemplo, dado que podría haber generado una espiral en todo el largo del hierro. El proceso nos pareció espectacular.

Iba a hacer una herradura de esas de burro pero ya no sé si tengo un hierro aparte”. Sí, en su mente ardía esa idea. Aún forjaría una pieza más, y Gregorio decidió crear una herradura. Escogió un hierro en bruto, de unos treinta y cinco centímetros, con el que el maestro herrero hizo magia ante nuestros ojos. Tras ponerlo en estado incandescente, lo golpeó con certeza y comenzó a curvarlo, mientras disfrutábamos con plena admiración. A esa primera curvatura le grabó cuatro punzadas, para ello empleó la maza y su martillo habitual.

“Acerté, es un hierro buenísimo, oye. Es un hierro muy dúctil”.

Estábamos observando a un hombre tranquilo que irradiaba serenidad y alegría, incluso plena felicidad, a sabiendas de que su maestría implicaba un regalo para los sentidos, cual añadido no separable pero sí disociable por momentos. El sabio artesano y el ser humano inteligente, cercano y amable. Tras volver a calentar la pieza de metal, continuó con la tarea. Solo faltaba curvar un lado y hacerle las muescas. Por un congelado instante, tuve la sensación de que sus ancestros encontraron el mítico “secreto del acero” y se lo transfirieron, dicho de forma tan metafórica como literal.

Estos son oficios muy viejos. Esto ya nada, cosa perdida”, afirmó mientras discurría por la fragua como pez en el río. Porque Gregorio se movía con agilidad y trabajaba con absoluta precisión, ni un solo martillazo resbaló al golpear cada pieza, independientemente de si las trabajaba en plano o de canto. Al terminar la forma de la nueva obra, insertó tres punzadas con la maza en la parte recién creada.

“Se me ha ido olvidando lentamente lo poco que sabía”, dijo con una ironía sutil, no exenta de nostalgia. Y tras limpiar la escoria restante con el mandil de trabajo, dejó el martillo sobre el gran yunque, un bloque de setenta y cinco kilos de peso sobre el que aún estaba dando los últimos golpes a la herradura. El tintineo de la herramienta resonó rítmico y dulce, y recreó una reconocible figuración musical en un compás de dos tiempos. La analogía resultó escueta, definida, casi fugaz pero medible y agradable al oído.

Una vez soltada sobre el suelo, nos hizo este comentario: “Esto se llama herradura izquierda de mano, porque es como los zapatos. Yo las tengo por parejas. Esta es para una yegua, aquella es para un caballo”. Y señaló hacia la parte superior de una de las paredes, donde lucía otra excepcional herradura adornada con un campanillo. 

Todo apuntaba a que la interesantísima muestra había llegado a su fin, pero Gregorio aún nos deleitó con el ajuste de una de sus navajas. Cogió una podadora de mano, recortó un trozo de chapa y se puso a funcionar como si nada, mientras seguíamos hablando con él.

Llegado el momento, tras agradecer la enorme hospitalidad recibida, nos despedimos de Gregorio y de su hija Estrella. Tocaba regresar a León, y previamente paramos en la gravera de Grulleros, que está de camino. Allí pudimos ver varias especies, como por ejemplo los pollos crecidos de la lavandera boyera o de la collalba gris, con los plumajes juveniles como característica inequívoca. También un ejemplar hembra de alcaudón común al que no resultó fácil fotografíar, pues nada más hacer click, saltó de su rama y se perdió en el aire. Para nosotros supone una fotografía valiosísima y un recuerdo asociado, así que Diana y yo queremos dedicársela a Gregorio González y a su familia, por haber despositado su confianza en nosotros.

Días después y a modo reflexivo, mientras reviso fotografías y vídeos de ese día, pienso en cómo Gregorio continúa soldado a una forma de arte que se impregna de los aullidos y choques de los metales, del crepitar de las llamas, del rozar de cada herramienta. Inherentemente, este buen hombre que está a punto de cumplir 90 años, parece recrearse con los variados cantos que el golpe de cada martillo produce sobre los diferentes materiales. Para él, los sonidos de la fragua son los sonidos del sentido de la vida, como tradición familiar y como discurrir diario. Carbón, madera, aire y metal, un cuerpo bien entrenado en la dureza de este oficio ancestral y una mente decidida, lúcida. Las manos de Gregorio, fuertes y firmes como la piedra, han forjado miles de piezas de distintas formas. Y cada una de ellas ha tenido su utilidad, más allá de que algunas sirvan como mero y grato recuerdo de la artesanía tradicional, tanto en sus facetas más funcionales como en lo finamente artístico. Ahí están, como prueba fehaciente de la voluntad humana y de lo que ha costado mover el mundo hasta nuestros días. Contemplamos las paredes de la fragua al tiempo que esa misma estampa parece devolvernos la mirada, mientras clama como la silenciosa y simbólica representación tangible de una obra incalculable. Desde este blog, solo nos queda dar las gracias a Gregorio González por su generosidad y por su honestidad, así como enviar un gran saludo para él y para su familia. Hasta el próximo papiro.

Texto: © J. Bass (Vientos de Estigia).  Fotografías: © J. Bass, D. T. Argüello

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