Y un enero menos (3)

Dieciséis de enero de 2026, un día que discurrió ante iluminaciones comedidas por causa de un cielo encapotado que, a pesar de todo, fue bastante permisivo con las exposiciones y con el enfoque. Hice bastantes fotos, y aquí dejo insertadas cuatro de ellas. La primera guarda relación con el territorio que pisamos, en pétrea metáfora de relieves, vacíos y llenos. La segunda muestra a la reina del Bernesga, que como siempre digo, no es otra que la garza real, señorial dama de Menfis, faraona del gran foso y guardiana de las riberas. La tercera incluye a una pareja de magníficos y potentes ánades reales, en este caso en versión híbrida y en fase eclipse. Y la cuarta nos entrega al gran dragón del lago, el poderoso y para mí emblemático pato criollo. No son fotos maravillosas, pero tienen algo que me atrapa, algo que perdurará en el tiempo y en la memoria regresiva, y por eso las he escogido para este post.

Al día siguiente llovía y no hubo sesión pajarera, así que solo pondré esta puesta de sol, vista desde un prisma muy concreto. Lo sugerente puede llegar a tener más impacto que lo explícito, y hay colores, contrastes, que siempre producen atracción. Me gusta el pixelado que ofrece la cristalera, en difuminación fragmentaria y degradada. El sol es el sol, cuando nace y cuando muere para renacer. Osiris lo sabe, Horus lo sabe, e Isis asiente. No se les ve, pero están ahí. Siempre están en todo, y mueven los hilos de lo telúrico.

Otras trompetas sonaron el día dieciocho, pues apareció seminublado y la luz era bastante buena. A medida que la avanzaba la mañana, los colores cálidos invadían cada escena devorada por ojos y objetivo, algo que se percibe muy bien en esta serie de imágenes cronológicas, realizadas entre las 10:38 y las 11:09 de esa mañana. La escena tomada desde la pasarela baja muestra una luz muy interesante, cálida y al tiempo comedida, y el tronco que sirvió por unos días como base de operaciones para garzas, mirlos acuáticos, lavanderas y afines, estaba completamente al descubierto. Los mirlos no paraban de trabajar sus zonas de hierba, y el martín pescador se dejó fotografiar mientras estaba tranquilo pero muy cauto y atento ante cada suave movimiento externo, en su línea.

La luz fue atenuándose por un simple paso de nubes que duró un buen rato, por eso me gusta más la colorimetría apagada pero viva de estos musgos, de las hiedras sobre los árboles y del petirrojo magnético. Por lógica, la claridad se iba perdiendo drásticamente al enfocar sobre objetos pegados al suelo, y aunque quise obtener una posición de mayor luminosidad para hacer la cuarta fotografía de esta serie, sin tocar parámetros, fue difícil. Dentro de ella hay un enigma que invita a ser desvelado, además de que la imagen es una pista que ayuda a conectar con la zona y la situación que vendrá justo después, como si de un preaviso se tratase.

No hice fotos el día diecinueve, precisamente por estar sumergido en algo que refrescaré más adelante, así que paso a poner imágenes de la jornada del veinte. Como decía más arriba, el globo me conectó, lo quiera o no, con el siguiente tablero de juego, que pude realizar desde diferentes perspectivas. ¿Una broma hipodámica? ¿Causalidad, casualidad? Sabía que el mundo afronta la misma partida con distintas jugadas, en reseteo anual, pero encontrarse esto en plena calle y colocado en un jardín, resultó muy interesante, pues el juego da más juego aún, verbal y estratégico. En esa metafórica partida hay dos bandos, el vencedor y el desterrado, que es aparentemente invisible. Sin embargo, el concepto cambia cuando, lo que no debe verse, se muestra tras el velo de la diosa. Aplicado a las perspectivas físicas y metafísicas, puede decirse que ahí queda eso. No por establecer que la partida es ya inamovible, sino para que cada quien pueda razonar y jugar sus propias bazas.

Dejemos la partida por un momento, pues tocará retomarla dentro de poco. Este día fue bastante productivo a nivel de visualización de imprescindibles aves urbanas. De todas las fotografías que intenté hacerle al diminuto carbonero garrapinos, solo una quedó un poco decente. Este pajarillo es otra maquinita increíble, se vacila por la hierba como quiere, para qué hablar de su dominio sobre árboles. La paloma bravía, reina callejera, es otra perfecta máquina de vuelo, muy subestimada e incluso vilipendiada. Ese día realizaba sus ejercicios sobre el gimnasio de hormigón, uno de los posaderos internos del puente de los leones, a sabiendas de que hay un terrible palomo al acecho, y no es bravío, sino peregrino. Hay que estar en forma para cuando llegue el lobo. Cerca, el petirrojo parecía decidir sobre qué dirección tomar, si la de la ribera o la de los tupidos pinos del lado contrario. Una señal en el suelo, inequívoca, me llevó hacia la zona del agua.

Entre las piedras del río, las dos lavanderas buscaban su alimento. No sé cuál me gusta más, si la cascadeña o la blanca, pero ambas avecillas son entrañables, además de asiduas al río y a su entorno. Raro es que un día no salgan la una o la otra a relucir, aunque si salen las dos, como en este caso, mejor que mejor. Perfeccionistas de la cabriola, volteadoras del aire, las lavanderas portan un aire estético tan sofisticado que no puede imitarse ni con el mejor vestido de marca, por decirlo en cutre pero clarinete a tope.

Y retomo el tema de la partida: al poco rato, la cosa estaba tal cual se muestra en la primera imagen inferior, como si un extraño jugador invisible, acaso vacileta profesional, quisiera tentar a la suerte o retar a los avatares de lo cotidiano, de forma premeditada en el terreno de los azares, dicho por contradecir un poco los térmimos y de paso reflejar las ambiguas necesidades de lo antagónico. “Ten cerca a tus amigos, pero aún más cerca a tus enemigos”, dijo Michael, parafraseando a su difunto progenitor. Sin entrar en detalles acerca de esta sentencia, al menos uno de sus múltiples significados se ajusta a la situación mostrada sobre el tablero, aunque también sobre la propia fotografía. Ahora no importa la perspectiva, solo queda decidir sobre qué área se juega, tanto si el tablero es plano como vertical. La dificultad es similar, aunque cambien los colores apagados por otros más exultantes: cascotes y equipos fulminados entonan un mismo coro de futura desolación.

Es una gozada poder ver avanzar poco a poco a las tórtolas turcas, rastreadoras a las que estuve siguiendo un rato desde cierta distancia prudencial, dada su completa desconfianza hacia los seres humanos. No quise cebarme demasiado, y empecé a afrontar la retirada. El agua relucía como impoluto cristal, los mirlos seguían cascando leñazos a las lombrices y la urraca no se quedaba atrás, en plena faena de buscarse las castañas, las nueces o lo que haga falta, como suele ser habitual en el comportamiento de este bello y astuto córvido. El ejemplar estaba en pleno relax, tras haber reñido levemente con un congénere, y el fondo verde logra que su plumaje destaque en brillo y definición, lo que da un plus a este tipo de imágenes, que no parecen gran cosa pero emiten contundencia y atracción. Ahora sí, la pista era confusa, el dilema estaba servido, y había que escoger muy bien para no llegar tarde. Tocaba regresar a las catacumbas estigias.

Dos días después, decidí acercarme al centro para ver algunas obras de arte, ejercicio interesante a la hora de oxigenar la mente y poder reflexionar sobre lo recién labrado. La garza real me esperaba como de costumbre, fiel a su dominio y sabedora de muchas cosas, pues ve sin que la vean e, incluso cuando la ven, hay quien no lo hace. Casi al lado, el mirlo acuático lucía fabuloso, y pude hacerle algunas fotografías bastante resultonas. Este pajarraco es tremendamente insistente y compulsivo, ahí seguía en el oportuno tronco que las rabiosas aguas del Bernesga le trajeron como regalo unos días antes. En breve, anduve hasta San Marcelo y pude comprobar con satisfacción que los gorriones continuaban haciendo de las suyas.

Y por fin, me dirigí al Museo de León, me apetecía dar un paseo silencioso ante las obras de arte y los antiguos vestigios. Suelo tomar imágenes parciales de estatuas, cuadros o monumentos, y como allí está permitido realizar fotografías, aprovecho para poner algunas en el presente artículo, con el simple afán de compartir legado cultural en el contexto de la retórica simbólica. El vórtice se acciona, la milenaria dama nos ha descubierto, advierte. Y el imitador del Caído observa, seguro de sí aunque semioculto tras un velo paradójico, producto del deterioro, pero artístico y sugerente hasta la médula. La piedra esculpida no habla, y sin embargo grita, en silencio, expresiva, histórica y mitológica. Lo mismo pasa con las tallas y con los cuadros, que incluso acumulando siglos, cientos de años o numerosas décadas, continúan creciendo en valor material y proyectando sensaciones en el terreno espiritual, así como asombrando con su inerte viveza. Contemplamos cada obra con respeto, y parece que ellas nos devuelven el saludo mediante tácticas de hipnótica quietud. El poso de luces y sombras, de las cacofonías y de las anulaciones sónicas, parece cargar las obras de arte de una energía exclusiva. Todo esto se basa en las percepciones subjetivas con las que crecemos y nos forjamos, aunque el arte es arte, y eso no puede definirse fácilmente. Por eso hay que intentar disfrutar de su misterio, pero no menos del talento. Lo curioso es que, en realidad, la belleza puede residir en lo materialmente frío y en lo vivo y de sangre caliente, sin distinciones aunque con reservas. Lienzo centenario o águila calzada, talla arcaica o vivaracho zorzal, el dilema continúa y nunca será resuelto. Las baladas del pasado resuenan en tonalidades imaginarias, entre capas que ocultan más capas mediante acordes y melodías de perpetuidad que, a su vez, esbozan lo superficial para preservar la melancólica esencia integrada en cada compás, a la vista pero oculta. Eso sí, las aves vuelan. Las estatuas de plomo, no.

Una vez dejado el museo, un floripondio llamó mi atención y no tuve más remedio que dedicarle un clic. Esta imagen de una bicicleta portadora de flores sintéticas que emulan colorimetrías y texturas de viveza, podría sintetizar una parte de lo sugerido en el párrafo anterior, incluso complementarlo. Además, el cesto es análogo al pozo del olvido o al baúl de los recuerdos, depende de cómo quiera pensarse. En todo caso, esa imagen me resultó finamente irónica y, sin duda, actuó como pista rodante para llevarme de nuevo ante las aves urbanas. La cascadeña que vi al llegar al entorno del río estaba esperando a que la plasmase en un cuadro, con su delicada figura integrada en ese marco de suave contraste, de musgo y cemento, de plumas y pintarrajos. La lavandera cascadeña es una maravilla de la aerodinámica, lista como ella sola. Poco más tarde, el pavo real descansaba en su territorio, tranquilo y además sabiéndose protagonista, pues está acostumbrado a posar para miles de personas. Tras comer y tomar café, salí de nuevo a ver qué podía rascar cerca del río. Entonces salió a mi encuentro el coleguilla zorzal, con esa mirada directa y de simpática tensión que caracteriza a los curiosísimos túrdidos. En otro lugar, es decir, en el foso de las faraonas, la gran reina mantenía el tipo mientras el viento movía su plumaje de gala, sola, inasequible y a la espera de ejecutar un arponazo o un alicatazo, dependiendo de la jugada, al primer pez que viese a través de las revueltas aguas de aquel tranquilo día. La cascada de los leones se mostraba generosa, sutil pero lo suficientemente cargada como para ofrecer buenas muestras de espectacularidad.

El día veintitrés cuajó la nieve, y otorgó a la mañana ese ambiente de nostalgia en el que tantas personas se recrean cuando llega un día así. Aunque se asomó con ligereza, la nevada aderezó el paisaje por unas horas. ¿Cómo se lo estarían pasando los mirlos y demás aves del barrio? No quedaba otra que salir a comprobarlo, dado que llevaba varios días pegándome buenas palizas musicales e informáticas al filo de la oscuridad. Tras comprobar que no pocos zapatos habían catado el frío tablero de juego, me dirigí a la pasarela baja y desde allí pude vislumbrar a la garza real, así que me acerqué un poco y capté su regia y pasiva figura bajo la sutil nevada. El tronco estaba cubierto, y no había rastro del pequeño acuático. El que sí estaba por allí cerca era el martín pescador, centrado en su quehacer sin inmutarse ante los finos copos que caían sobre su impermeabilizado e increíble plumaje, producto de la ingeniería divina.

Los bancos del paseo estaban impecablemente rebozados, y las zonas de hierba quedaban ocultas tras el manto blanco. Durante el recorrido del videojuego, volví a ver a la garza real. Había cambiado de lugar y ahora se dedicaba a vigilar desde el centro del río, en modo activo. Tras pasar a una nueva fase, crucé de nuevo el Bernesga y continué buscando a los pequeños habitantes de su ribera. Allí estaba la urraca, preciosa en su rama y tan a la intemperie como un bonito mirlo que me miraba mientras decidía si volar o ascender por el entramado de ramas. El martín pescador volvió a cruzarse en mi línea temporal, cosa que agradecí con alegría.

Una vez en el Puente de los Leones, la foto de rigor no se hizo esperar. Aproveché para dar la vuelta al circuito y saludar a uno de los grandes gatazos que conforman la tétrada mágica, tras lo cual enfilé el recorrido que me llevaría de vuelta a casa. Aún quedaban algunos mirlos por saludar, incluso me encontré con una inquieta parejita de colirrojos que andaba al acecho para recabar comida. Y no puede faltar un buen petirrojo en una partida semejante: la fotografía muestra cómo aún tenía el pico manchado de nieve, eso es que algún fragmento de lombriz había pasado a mejor vida. Por otra parte, la hermosísima bravía blanquecina rastreaba el suelo junto a su palomo, y más allá, cerca del Puente de San Marcos, la nieve parecía haberse disuelto mientras la estática garza realizaba su turno de guardia y se mantenía ajena a los movimientos del juego al que también pertenece y del que es pieza fundamental. Gracias por leer, hasta la cuarta parte de este relato experimental.

Texto y fotografías: © J. Bass (Vientos de Estigia).

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