Termina el mes de enero, intenso, con densidades variopintas en los terrenos de lo magnífico y de lo estrambótico. Me da por pensar que, tal vez, ambos términos no estén tan alejados entre sí, más bien porque los acontecimientos extraordinarios no tienen por qué ser convencionales, aunque la mayoría de las veces, los hechos comunes y corrientes, de apariencia insignificante, son magníficamente extraordinarios. No hay duda, en última instancia vuelve a surgir la ocasión de resaltar lo simple, la sencillez, lo casi invisible, aquello que denota evidencia y, por ello, pasa desapercibido ante los ojos de quien prefiere chapotear por otras parcelas. Y es que no es posible grandeza verdadera sin exclusiva apariencia de amortización por defecto, es decir, ser producto del desprecio de sentidos atrofiados ante aquello aún indómito, salvaje, adaptado al medio desde hace eones y teóricamente fuera de un mundo de convencionalismos que, ante ciertas cosas tan necesarias y revitalizadoras como inabarcables, se pone la venda y así no necesita mirar para otro lado. En lo relativo al pensamiento espontáneo, la condición humana no escapa a este tipo de parametraje, pues desde la noche de los tiempos, el cerebro continúa ejerciendo de la misma manera, tanto en lo atávico e instintivo como en lo supuestamente frío y racional. Hay que añadir a esto último que los matices forman parte del juicio, claro que sí, no toda ropa nueva o vieja se organiza o distribuye en un mismo cajón. Pero de forma general, podría afirmarse que el mundo no ha mejorado en su equilibrio natural, dado lo completamente artificial de los actuales equilibrios. Y hoy, a este estigio irredento solo le interesan los rescoldos y chispas de la esencia fresca, del acercamiento tenue y al tiempo cordial, de la aproximación comunicativa que fluye cual cauce imparable ante la tarima de lo compartido por plena ilusión, aunque sea a través de efímeras palabras que al poco parece llevarse el viento y que, sin embargo, dan razón y razones a nuestra propia existencia, pues en realidad pesan como piedras que conforman el mapa a través de los propios relieves que a su vez configuran el suelo que pisamos y nuestro propio bagaje, para bien o para mal.
Si algo ha caracterizado a enero de 2026 han sido sus cualidades frías y húmedas, como no podía ser menos, tal vez menos incisivas que las del año anterior. Poco sol hemos catado, Ra se ha mostrado tímido o impasiblemente alejado de su querida y no menos repudiada tierra Estigia, quién sabe por qué motivos, aunque puedan suponerse. Es impepinable, en las visiones cotidianas, no alternar lo absurdo con las cosas de apariencia lógica, incluso de explosiva hermosura. Me gusta intercalar imágenes de cosas que están por ahí, al alcance de cualquiera y, por lo tanto, han sido asumidas por la masa, porque considero que equilibran muy bien la línea de tiempo en la que, lo queramos o no, lo sepamos, o no, anhelemos saberlo o todo lo contrario, nos toca vivir y convivir.
El primer día del año no estuvo bañado en grandes iluminaciones, de hecho, me costó mucho poder realizar fotografías, y muchas de ellas quedaron plasmadas con un nivel de foco bastante al borde del desastre. Lo primero que vi al salir de casa fue un colirrojo tizón, y de inmediato, un carbonero. Las calles estaban tranquilas y con un tránsito muy limitado, a nivel de monstruos mecánicos. Algunos restos de artefactos pirotécnicos adornaban el suelo, como no podía ser menos.
El tema de realizar fotografías en los días de neblina es algo que hay que asumir y que, al tiempo, carece de mayor importancia, al menos mientras no constituya un desastre, ya que los motivos retratados desbordan con creces los parámetros técnicos. Las historias, incluso las subestimadas y grandiosas historietas, están muy por encima de estos factores. Y quienes forman pequeña parte del anecdotario de la presente web, saben que intento aplicar todo el empeño posible para lograr un buen enfoque y una exposición funcional. Y sí, si algo no ha quedado tan bien como podría haber quedado pero rezuma autenticidad y capta la esencia en cuestión, funciona. Por ejemplo, la fotografía de esta oscura belleza canina, de nombre Soka, que pongo a continuación.
Este animal estaba paseando junto a su dueño, que si bien no fue la primera persona que vi en los albores de 2026, sí fue la primera con la que pude entablar conversación en plena calle. Empezamos a hablar ligeramente sobre el perro, y ya nos presentamos. Franky se mostró totalmente abierto y cordial, dijo que su esposa y él estaban pasando unos días con la familia, en León, y que al terminar las fiestas volverían a la ciudad en la que ambos residen. De ahí pasamos a hablar sobre diferentes cuestiones relacionadas con el ámbito más personal, de forma desenfadada. No tardé en mencionar esta página y los contenidos que suelo publicar en ella, algo que le pareció bien; de hecho, charlamos de muchísimas cosas, entre ellas de su origen familiar: su madre es caboverdiana y su padre, que en paz descanse, era leonés, de Vilecha. “Soy mestizo, como Soka, que es una mezcla de carea con border collie”. También sobre su faceta “nómada”, dado que, según expresó, “sabía que íbamos a tener una vida laboral en movimiento”, pues su esposa trabaja en el sector del funcionariado y de vez en cuando han de cambiar de zona de residencia, motivo por el que estuvieron una temporada viviendo en su autocaravana. Esto último les aportó mucho margen de tiempo a la hora de gestionarse, aunque ahora se han trasladado a una nueva vivienda. El caso es que coincidir allí, en aquel tramo frente a Isla Bernesga, fue una simple casualidad, dado que habitualmente, suele pasear en bicicleta mientras su can le acompaña, tanto cuando viene de visita a León como cuando se encuentra en su lugar de residencia. A Franky le apasionan las bicicletas vintage, y dijo que tenía unas cuantas.
Sobre el precioso Soka, me contó lo siguiente: “Soka es un perro que iban a devolver a la protectora, y antes de hacerlo, su dueño publicó un texto en redes anunciando que, si alguien tenía interés, podría hacerse cargo del animal. Entonces lo vio mi señora esposa y… tenía una cara que era un solete, un amor. Además me lo trajo por sorpresa. Nosotros teníamos la intención de adoptar un perro, y llegó Soka a acompañarnos en nuestras vidas. Lo cogimos con cuatro meses y ahora tiene seis años, es uno de nuestros tesoros”. Mientras tanto, Soka jugaba tranquilamente con su pelota, tan atento a nosotros como a su vez absorto en un lecho de tranquilidad. Me encantó la serenidad de este animal, su distinguido aire de bondad y su notoria nobleza de carácter, valores que denotan equilibrio emocional y que son fundamentales para que un perro sea feliz. Al poco nos despedimos, tras pasarnos el contacto para poder enviarle las fotos que pude hacerles a ambos.
Poco después le comenté que las fotos no habían resultado como a mi me hubiese gustado, a lo que Franky respondió con una frase que venía a significar algo similar a lo siguiente: “quede como quede, a veces es mejor la naturalidad del momento. También los días grises tienen su belleza”. Pues sí, la verdad es que lo mejor es asumir que unos instantes mágicos no se pueden repetir, y hay que aprovecharlos. Otra cosa es tratar de obtener nueva magia, más colorida e igual de digna, pero otra, al fin y al cabo. Estoy muy agradecido a Franky por haber sido tan amable y por confiar en mí para publicar esta pequeña anécdota, pues compartir experiencias para que terceras personas puedan recibirlas, me parece algo tan aparentemente normal como realmente extraordinario, tal y como vine a expresar en las primeras frases de este post.
El día dio para poco más, me quedo con la mirada ambigua de la siguiente estatua porque parece estar reflejando algo en su rostro; una expresión que podría pertenecer a cualquier otra figura de inertes materiales, aunque por su exquisito realismo, también a un ser humano. Para el caso, me sirve de cara a ilustrar lo que por la tarde adornaba los laterales del río, una maravilla, vamos. De nuevo, me remito al principio de este artículo, concretamente al segundo párrafo. Y sí, tal vez hay que asumir que somos así. Menos mal que las estatuas son sordas.
El día siguiente prometía azares marcados de antemano, tal vez por eso había que ir a tiro fijo a la Plaza de San Marcelo, mítico reducto leonés que relucía al son de la tenue lluvia. Los gorriones seguían con su disimulada fiesta, al igual que las grajillas. Urraca I dominaba parte de la zona, como de costumbre, y en esta ocasión no pudo reprimir un llanto metafórico, traducido en transparentes lágrimas de lluvia que resbalaban por su cabeza y cara, mientras los chorros de la fuente cascarilleaban con su fresco soniquete, para gozo de los viajeros que ya cubrían sus plazas. La sierra del gran Tektōn San José aún se mantenía en su lugar, presta a ser utilizada durante algunas jornadas.
Muy cerca, en el Parque del Cid, un cítrico inesperado brillaba con fuerza. Siempre hay una frase de la que rascar algo nuevo, y en esta ocasión, aunque como de costumbre, la filosofía sirvió para visualizar lo que al ojo limonero le interesa. Cosas de la cámara, que le pregunten a semejante artefacto, aunque parece que supo escoger dos fragmentos para pensar, al margen del contexto completo. Qué cacharro más listo.
Ya de regreso por la ribera, la máquina siguió haciendo de las suyas, escogiendo las letras correspondientes. El mirlo Jerónimo y otro congénere suyo, tan campantes en sus dominios, fueron generosos con el aro que culmina el proceso del hilo invisible, mientras algunos simpáticos perros gozaban de sus paseos de mediodía.
Tras una tarde y una noche, el sol seguía sin dar demasiadas señales de su divina presencia. La ruta se abrió con la metáfora del reflejo: lo que es arriba, es abajo, y así pude seleccionar la puerta por la que acceder a las mieles de un nuevo día. A mí me escogieron los ánades reales, el petirrojo y la lavandera blanca, seres que me indicaron el camino hacia el gran ojo que todo lo ve, casilla indispensable para acceder a nuevas posibilidades. Las pistas estaban dispersadas por el asfalto, en diferentes formas de codificación, todas formaban parte del mismo juego de absurdos y sorpresas, en el que a veces hay que tentar a la suerte aunque esta te haya atrapado de antemano. Globos oculares, cuencas que los albergan, más guantes de manos invisibles que indican direcciones de forma obsesiva, contrastaban con la sana pasividad del martín pescador y de la lavandera cascadeña, verdaderos y vivarachos premios alados que derivan de la jugada precisa. Ambos pajarillos estaban pendientes de sus asuntos y jugaban a la única realidad que conocen, la de comer todos los días del maná proporcionado por el entorno del sagrado río Bernesga.
Las primeras trazas de nieve se dieron el día cuatro, poco más tarde de las diez y media. En esta jornada, la hoja de invierno sirvió como señal para indicar el camino. El petirrojo y el mirlo se dedicaban a sus quehaceres, defendiendo sus dominios con el afán típico de costumbre. Comenzó a nevar, y durante un buen rato, la cosa se mantuvo así. Tras ello, una nueva pista indicaba la ruta, y había que seguirla atentamente. El mirlo, el magnífico ánade real, la bolita supersónica y la reina del río, hicieron gala de presencia en el espacio de dos centenares de metros.
La tarde marcó nueva pista, apuntando de nuevo al Barrio Romántico y a la zona de San Isidoro, mientras caía la noche y las luces de la aún latente Navidad brillaban sin compasión. Aún estábamos a tiempo de subir al tren de la esperanza, para soñar con un nuevo año que mejorase en relación al finiquitado 2025. Me consta que tardó poco en llegar, y que muy pocos se apuntaron a su fantasmal viaje a ninguna parte. ¿Cordura, insensatez, o una simple trayectoria hacia lo aleatorio? Los vestigios del pasado pesan, aunque cada vez se diluyen más en los designios de lo grotesco, en un mundo de alegres muñecos y ángeles de luz, con su rey Lucifer a la cabeza, vestido de bombillas desde la planta del pie hasta la corona.
El día cinco resultó perfecto a nivel de iluminación, pues sol Ra se dignó a aparecer y, de paso, disolvió poco a poco las capas de helada producto de una noche despejada y cargada de estrellas. Con su ojo, indicó hacia dónde había que dar los pasos. Y no se equivocó, la gran aguja del Puente del Guardián señalaba hacia territorios prometedores, rodeada de bancos y parabrisas helados. El reloj marcó las claves y la aguja imaginaria señaló a un pajarillo rechoncho, grisáceo, semicremoso y anaranjado. Gran probabilidad que nunca es desdeñable, y más si sale a colación una de mis aves favoritas.
No todo lo visto en esa jornada puede ser mostrado, en parte por su deficiente calidad, en parte por su inconveniencia, pero lo que sí puede compartirse es funcional, por sencillo, a veces simbólico, significativo y hermoso. Ahí estaba la lavandera blanca, pidiendo foto a gritos. Más adelante, en territorios ocultos, una magnífica perra marrón me enseño los dientes por unos instantes, luego se fue a lo suyo. El ágil milano real se daba un baño de agradable temperatura, y el espectacular joven ejemplar de garza real, ya experto e impasible guardián de su ribera, cumplía sus funciones con marcial actitud. De vuelta, la urraca me saludó con la desconfianza habitual, y una pequeña seta, cual cornetín de órdenes encasquetado en la hierba, emitía sus últimas contraseñas de deshielo, tal vez apelando a mis antiguos días como bandolero de artillería. El ánade real relucía con magnificencia, y el petirrojo lanzó su petardeante saludo cuando me iba acercando a su pequeña figura, vaticinada unas horas antes en el tablero circular del gran juego permanente.
Un poco más tarde, estaba en la pasarela baja cercana a San Marcos cuando vi un murciélago, en pleno día y con el sol zumbando. Quise fotografiarlo bien pero no fui capaz, el astro me cegaba. Tras dar unas vueltas por la zona, distraje la mirada y me fijé en dos cigüeñas que volaban bastante alto, así que me dispuse a fotografiarlas. Entonces, de pura casualidad o porque Isis y Osiris así lo quisieron, el murciélago paso por delante de mí y quedó inmortalizado en la imagen, ligeramente desenfocado por pura obviedad, aunque la definición es suficiente como para reflejar con potencia lo paradójico del asunto. En breve supe por qué se me permitió semejante acto: oscuro como el carbón y al amparo del contraluz, un enorme cernícalo descendió de los alrededores del Paseo de Salamanca y se llevo al incauto murcielago para siempre, ante mis narices. Quise hacer la foto, pero me llevé un golpe solar que me dejó turulato por unos segundos. No se pueden pedir peras al olmo, así que, como también suele decirse, menos da una piedra. Ya nunca olvidaré a ese pequeño animalito alado y dentado, que en busca de mosquitos, fue devorado por un depredador implacable que no se anda con bromas. Antes de guardar la cámara para el resto del día, pude obtener una imagen cálida y sutil de una lavandera blanca, nuevo premio en el juego de la vida. Guzmán me lo certificó después de comer, mientras parecía decirme algo así “anda, vete ya para casa de una vez, que nos vas a gastar a clics”. Y eso hice. Por la tarde hubo cabalgata de Reyes, aunque no percibí ni un solo atisbo sonoro o visual del acto, por estar sumergido en otras labores.
La mañana del día de Reyes, tras comprobar qué nos habían dejado los Magos de Oriente en los zapatos, nos pusimos las pilas y pusimos rumbo al norte. La helada aún adornaba la hierba, las hojas y las ramas, mientras el incansable petirrojo nos daba la bienvenida desde su zona secreta. En un quiebro, fuimos a saludar a don mochuelo, instigador piramidal de triángulos y diversas geometrías, celoso guardián de lo positivo y de su reverso, en un mundo donde la ruina prevalece de forma desesperanzadora y en el que solo la unión en el caminar puede llegar a buen puerto, aunque sea pisando y desafiando a capas de resbaladizo y peligroso hielo. De esto tampoco necesita saber la pequeña y radiante lavandera blanca, pues la simple supervivencia en su salvaje mundo ya es complicada de por sí, al igual que les pasa a la pícara corneja negra, a la escurridiza gallineta y la grácil lavandera cascadeña. Si hay suerte, se dejan fotografiar, aunque si es de lejos, mejor.
El día siete volvió la nieve, y salí para repetir una parte del recorrido del día anterior. Previamente, di una vuelta para hacer fotografías de calle por la zona y para buscar al pequeño martín pescador. Y allí estaba, sobre ramas que aún conservaban trazas de hielo. Las urracas funcionaban a tope, y más tarde encontré a un ave fascinante, la graja, que picaba en la nieve buscando el oculto alimento. Por allí, alguien había plantado un pequeño engendro cuyas horas estaban contadas de antemano, y de nuevo, me encontré con una pista de días anteriores: el colorido guante, ligeramente desplazado, aunque sus fundas para dedos señalaban claramente la senda del paraíso y la desolación, todo depende de qué lado del camino se escoja. Y es que la ruina, con nieve no es menos ruina. El juego ofrecía varias opciones: por un lado la contemplación del andarríos grande, para disfrute de los sentidos. Por otra parte, los rescoldos de la muerte figurada en irónica y tremenda alusión metafórica, el patinete para volar al infierno, el piano para tocar tétricas melodías que abren portales nada recomendables o el descanso puntual sobre el trono de los hielos, posible trampa mortal al más puro y duro estilo del juego de la oca.
Decidí dejar esto de lado y, sin duda, fui directo a los caballos, para darme la vuelta por el lado contrario y enfilar la carretera y sus campos adyacentes. Allí me encontré con un pequeño cernícalo, ave que tenía ganas de observar en esas concretas condiciones. Más adelante, una maravillosa lavandera blanca, ángel de luz de la buena, se acicalaba sobre unos cables de la electricidad. Al poco, las cornejas negras bailaban por tanguillos, mientras tanteaban mi presencia con la habitual desconfianza. Una urraca y un estornino, ambos a contraluz, también permitieron que obtuviese mi premio tras la larga caminata.
El cachivache multicolor puso la nota interrogante de la jornada, y la bravía, desafiante sobre su cornisa, me reconoció como personaje no hostil. Ya de tarde, y antes de que se pusiera el sol, pude lograr algunas imágenes más, en este caso de paciente martín pescador, de urraca callejera y de vacilón mirlo acuático. Qué sería del río sin estas pequeñas máquinas biológicas que cumplen sus funciones con precisión milimétrica. Y hasta aquí este inusual reporte experimental de la primera semana de enero, gracias por leer y hasta la segunda parte.
Texto y fotografías: © J. Bass (Vientos de Estigia).
Artículo de carácter cultural y lúdico, exento de afán comercial. Los logos e imágenes pertenecen a los poseedores de los derechos.
No está permitido utilizar los materiales de este artículo sin citar la autoría y la fuente original de publicación.
