Un año más

Estamos en enero de 2026, qué obviedad. Sí, pero ¿cómo transcurre el gran juego de la vida en relación al año anterior? Hace no demasiado, me mojé al decir que, de nuevo y en bucle, abordamos la misma partida, aunque con diferentes jugadas. Así lo pienso y así lo expreso. Es un asunto muy denso que solo el tiempo irá poniendo en su sitio, moviendo piezas de aquí para allá en el tablero de los caminos diarios. Respecto a las aves, incido en que este mes y la primera parte de febrero, serán la clave para ver cómo está el patio y, tal vez, intuir que nos deparará 2026 a los chiflados de pajaritis, al menos en buena medida.

Hoy no pondré fotografías de estos días, más bien quiero recordar lo que viví hace un año, ni un día más ni un día menos, en la ribera del Bernesga. Y para ello, a continuación agrego un pequeñísimo fragmento de vídeo que muestra a un martín pescador con un pez enorme en su pico. Esa tarde, a primera hora, vi cómo capturaba el pez y, con frialdad terrible, pude hacer un vídeo a pulso. Digo esto porque lo normal hubiera sido lanzar algunos disparos fotográficos, pero no. El momento valía la pena, y pongo el fragmento hasta justo antes de perder el control de la cámara y dar un bandazo con la misma, dado que estaba con el zoom a tope y los nervios a flor de piel. En ese instante, corté la grabación y el ave se mantuvo unos segundos ante mis ojos, durante los cuales le hice algunas fotos, muy pocas. Entonces decidió que lo que tenía en su pico era demasiado grande como para dar cuenta de ello allí mismo, y saltó como un rayo hacia la orilla contraria, para poder tomárselo con calma. Nunca puse el vídeo ni las fotos en la web, y por eso aprovecho para, ahora, un año después, recordar el lance de esta increíble máquina biológica, un habilidoso acróbata denominado martín pescador, y compartirlo con quien quiera disfrutarlo. Espero que os guste tanto como a mí y que además sirva para reflexionar, pues lo pequeño y aparentemente inofensivo, puede llegar a albergar fuerza e inteligencia de marca mayor. La naturaleza nos muestra la realidad, sin tonterías.

Ese diez de enero de 2025, tanto por la mañana como por la tarde, lo nublado y lo soleado intercambiaban sus papeles. No logré buenas tomas, me costó muchísimo enfocar, pero aprovecho para poner algunas a continuación. Son fotografías básicas, hay quien dirá que con “ruido”, de cámara cutre, etc. Sí, el ruido digital y la falta de originalidad están haciendo polvo la creatividad, sobre todo la imprescindible diferenciación. Y estas imágenes no dejan de mostrar la hermosura del mundo animal, aunque sea en baja resolución y, en ocasiones, con el foco al límite. Estas son las especies mostradas: ánade real, carbonero, chochín, garceta grande, garza real, martín pescador, mirlo, mosquitero, paloma bravía, paloma torcaz, petirrojo, tórtola turca, urraca.

Para terminar esta breve publicación, solo decir que los habitantes de la ribera continúan siendo los mismos, y prácticamente ejercen las pautas de siempre. Se va un mirlo Jerónimo y aparece otro con más plumas blancas, la gallineta aceitunada aún mantiene características juveniles, la urraca Urko lleva años liderando sus dominios a través del cetro de la experiencia, y los martines pescadores siguen siendo reconocibles por ciertos rasguños o marcas que algunos ejemplares llevan, cual tatuajes, en sus magníficos y brillantes picos. La garceta grande todavía obedece a la gran garza real mientras los mosquiteros llenan cada jornada de verdosa y ribereña ópera rock. Y Horus va y viene, porque el dios-halcón jamás olvida dónde está su gran palmera en el oasis de la herradura. Las que sí cambian son las personas. Tal vez el miedo, la desconfianza o la incomprensión, tengan tanta fuerza como mirar de frente, creer en algo con ilusión y tener la suerte de poder penetrar en momentáneos mundos metafóricos, pegados al nuestro como gajos de naranja a su cáscara. Mundos de respeto en un extraño mundo.

Toca sacar la regla y tomar medidas, y hay que tomarlas muy bien. Menos mal que los martines pescadores, las garzas, los mirlos acuáticos… ni entienden de estas cosas ni cejan en su empeño de pescar y pescar, ajenos a la mundanidad y sometidos a unas pautas meramente salvajes, lo que implica un goce total para todo ser que sepa observarlos desde el valioso silencio. Gracias por leer, hasta el próximo papiro.

Texto y fotografías: © J. Bass (Vientos de Estigia).

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