Este escrito es el más difícil de cuantos he llevado a cabo en todo el año, y no por lo que conste en sus párrafos, sino precisamente por lo que no he de contar. Diciembre ha resultado ser un mes absolutamente intenso y tentacular, a toda banda, y desde estas catacumbas estigias habrá que pasar de puntillas por sus resbaladizas posibilidades, aunque bullan en la mente y afecten al día a día. Suele pasar, al escribir un texto de estas características, al menos en cierto grado, que hay cosas muy incrustadas en el ámbito personal y no hay por qué pasar a través de ellas; no obstante, cuando estas batallas son largas, dejan huecos abismales en el corazón del escriba y en los flecos de espontaneidad que airean el relato. En definitiva, va a resultar un post muy diferente al que en realidad podría haber quedado reflejado, así que también trataré de ser algo distinto en los aspectos que sí puedo abordar con tranquilidad, para, de alguna manera, compensar mi treta y eludir la alta intensidad de la última fase de 2025. Por cierto ¿alguna vez he dicho que me flipan las garzas reales? Pregunta trampa. Además, siempre existirá la posibilidad de jugar partidos mentales de concordia, para aliviar tensiones mientras nos tomamos un refresco, dado que bebida, balones y pelotas no faltan. Y sí, las estampas de diciembre, esas que solo se ven si uno se fija o les da importancia, son entrañables.
Para empezar a despistar y hablando de cine de primera, en los últimos días he podido revisar con agrado algunos films de culto, tan complejos en lo suyo como descriptivos en la primera capa: la saga completa de “El Padrino” (F.F. Coppola), las increíbles “El busca del fuego” y “El oso” del maestro Jean-Jacques Annaud o la serie “Jesús de Nazaret” de Franco Zeffirelli, que con gran respeto se sumerje en la trama político-social y deja para el imaginario ciertos datos consabidos. Claro, no puedo dejar de citar la portentosa “Rosemary´s Baby” de Roman Polansky. También algunas obra menores, como las resultonas “Poder absoluto” y “Cazador blanco, corazón negro” de Clint Eastwood, películas de gran calidad que sirven para desengrasar las ideas ante el impacto de todo lo anteriormente citado. Y espero poder ver el siguiente material en breve, aunque la cosa está muy complicada: “Braveheart” de Mel Gibson y “El fantasma del Paraíso” de Brian De Palma, dos films de nivelazo, entretenidos y bien distintos. Posiblemente, aquí se citan películas que no todo el mundo puede o desea ver, yo simplemente lanzo el guante para quien se preste a recogerlo.
Lo que sí pudo ver cualquier ser que haya pululado por las leoninas calles, es que las obras de la Avenida de Palencia terminaron a finales de Noviembre, y la nueva rotonda pasó a fase funcional. Simplemente se evidenciaba la falta de guinda sobre un pastel que iba siendo diseñado poco a poco, lámina tras lámina y capa tras capa, y no parecía ser ni de nata ni de crema. En pocos días, la rotonda del León hizo gala de presencia. Claro, quedar con los colegas en “la rotonda del león”, puede ser tan confuso como divertido, ante la posibilidad de que alguien pudiera aparecer al lado de Las Lomas, en la plaza de toros, en el campo de fútbol, incluso en el siguiente cruce, ese que despide olores a hamburguesa, etc. Y más, pues no pocas personas acudirían por puro y lógico trance hipnótico a la imponente rotonda de Eras de Renueva: esa sí que alberga un leonazo de categoría. La verdad es que la originalidad se valora cuando se valora, y cuando no hace falta, pues eso. Hay arte, hay estilos, hay niveles, hay gustos, y todo ello se conjuga en el cubilete de lo azaroso. También hay quien sueña con leones donde hay gallinas, y con gallináceas donde se pretenden leonés, en pura vena filosófica del gran escritor Hans Christian Andersen. En fin, pasaron los días y la vista se fue haciendo al engendro de tiras de chocolate con lengua de gominola y corona de roscón de reyes. Poco perfil tiene el buen bicho, y cuando se le coge el truco, es lo mejor que parece ofrecer.
Claro, no todo van a ser rollazos crípticos sobre jugadas de ajedrez. El segundo día del mes, estaba haciendo fotos en la cascada de los leones y se me acercó un pequeño can de tinte anaranjado, muy simpático, que recordaba haber visto en otra ocasión: y es que suele hacer un gesto muy significativo con la pata delantera derecha, se la acerca al pecho y se queda inmóvil como un perro de caza. La verdad es que es un encanto de animal, y claro, allí mismo y en pleno paseo se encontraba su dueña, que más tarde se presentó como Marisa. Le pedí permiso para hacer algunas fotos del animal, dado que parecía estar posando en medio de la pista, casi pidiéndolo a gritos. Ella accedió cordialmente y me contó que, tras acogerlo en una protectora, sus hijos buscaron un nombre para este hermoso perrito. Finalmente le pusieron Machu Lanú, en referencia a un ser de la mitología extremeña, aunque al parecer, suelen llamarle Lanú, a secas. Aquí inserto algunas fotografías de Marisa con él y otras del perro en solitario, otro ser cuadrúpedo y maravilloso que, sin parar y como buen rastreador, recorre la ribera del Bernesga mientras se ejercita sanamente en compañía de sus amos. Doy las gracias a Marisa por su gran amabilidad, y espero que le gusten estas sencillas fotos. A mí me encanta la luz de ese día, no era excesiva ni se quedaba corta, esto hace que las imágenes resulten bastante equilibradas en color e iluminación. En fin, supongo que volveré a encontrar al grácil y ágil Lanú por los designios del río sagrado, como mandan los cánones leoninos, lo que supondrá una momentánea delicia para los sentidos.
Con mucha satisfacción, el día seis pude presenciar una preciosa secuencia brindada en exclusiva por la garza real, para quien suscribe y para pocos más, dado que, creo recordar, por allí no había quien se fijase en aquella escena. Nunca hago ráfagas con la cámara, es algo que no va con mi forma de enfrentarme al asunto ornitológico, así que prefiero ir dando clics de forma continuada y a voluntad, instintivamente, a pesar de pros y contras. Normalmente, si uno no se mueve demasiado, la exposición suele mantenerse bastante uniforme. Aun así, pienso que la secuencia ha quedado bonita y que, de alguna manera, recrea lo que vieron mis ojos a través del engendro lenticular y bajo los parámetros periféricos del hilo invisible, aunque he realizado una considerable reducción de las fotografías obtenidas. No vayáis a pensar que lo que ofrezco es la novena maravilla del universo, pero para mí es simple y llana belleza absoluta que me apetece compartir con quien quiera disfrutar de ella. Las garzas reales continúan gobernando en el Bernesga, ni los ánades reales, perros alados de agua dulce, se atreven a pasar por delante cuando estas reinas acechan en las orillas. Ni siquiera la garceta grande puede hacerles sombra, más bien todo lo contrario, pues el ángel nuclear suele salir trasquilado cuando la garza real solicita un posadero o esa zona que, por imperativo, le corresponde. En definitiva, lo dinámico y fugaz alude a lo intrépido; y en este caso, lo estático evoca a lo táctico y reflexivo. El agua sagrada baña a la faraona, que tras su lance fallido, disimula como está mandado, inmóvil como una piedra, pero señorial como ella sola. Tal vez nos vacila a nivel frecuencial, mientras los ánades bordean el perímetro y guardan su integridad.
Y llegó el día nueve, preludio del viaje del gorrión. El centro ya bullía de colores y festividad, y ante las invitaciones de la ambientación, el mirlo estuvo paseando por el Parque del Cid, el Museo de León y la Plaza de San Marcelo. Incluso se tomó un café en un pequeño y acogedor bar cercano a la Plaza de la Pícara Justina. Ese día, la ciudad mostraba su tez habitual, imparable en su emisión de tráfico y vehículos de todo pelaje.
La mañana del diez de diciembre, día que jamás olvidaré por diferentes motivos, llegué al Parque de Quevedo y allí estaba el gorrión con un café y un trozo de bizcocho, sentado cerca de un hombre de aspecto bonachón y curiosa estética. Ambos trifulcaban, el uno algo enfadado y el hombre intentando ser razonable, sobre las personas que tiran basura en las calles. Rápidamente, salude a ambos, me presenté al hombre y él hizo lo propio. Leopoldo García López afirmó ser oriundo de Gavilanes de Órbigo, y ese día había venido a realizar unas gestiones cotidianas, en relación a los dos pisos que también afirmó tener en León. La trifulca tenía un motivo: el gorrión decía que: “Mucha gente tira basura por las calles de León”. Y don Leopoldo se negaba rotundamente a creer eso, mientras afirmaba que “solo son unos veinte, no más”.
Atónito ante semejante divertimento inaudito, emanado de dos seres tan únicos como evidentemente especiales, medié entre ambos. Se encontraban alejados en los extremos, posicionados antagónicamente. El gorrión se negó a aceptar una fotografía junto a don Leopoldo, mientras que a este, le daba igual. Esa imagen impagable hubiera mostrado más por su composición que todas las palabras que yo pudiera decir al respecto, pero lo que hay es lo que hay. Entré al trapo y alegué que, posiblemente, habría más de doscientas personas que echaban basura al suelo, pero no todo ni casi todo el mundo. Esto creó más confusión entre ambos, y tuve que volver a tomar las riendas del asunto. A partir de la vorágine, el gorrión pasó a un plano discreto y Leopoldo contó bastantes cosas personales, típicas e intransferibles, aunque totalmente comunes y confesables para quien no teme ante una voz cordial. Llegado el momento y dado que el comentario se ponía interesante, le pedí que me refrescara algunas cosas, para que constasen en la grabación que comencé a realizar, ante él y con su permiso. Así que iniciamos esta conversación, de forma literal, que comenzó con sus palabras:
-¿Llevas mucho tiempo en León, tú, viviendo?
-Desde 2001.
–Bueno, pues igual lo conociste, a uno que llevaba una (…. ) con una (…..) según ibas pa la (…), hacía (…). Las metía en (….).
-Ah, sí. sí…
–Pues ese estuvo dos años en mi piso, viviendo… a ver si me comprendes (se sonríe con ironía), viviendo sin pagar ni un céntimo.
-Entiendo, entiendo.
–Y él metía gente de esta que andaba por la calle, le cobraba tres o cuatro euros. El día que fueron… pa echarlo dos años ¿Eh? Gastando luz y agua y no tenía derecho, y no te hablo esto porque me pasó a mí.
–Hum.
-Lo hablo porque me parece que eso no es tener una norma legal en este país, de que te ocupen… tú ahora vienes paquí, eres del país vasco, has trabajado como un burro durante treinta años, ahorrando dinero pa comprar piso y, lleguas allí, y porque uno que no tiene dónde… se mete allí y… ¿Y no lo puedas echar? Eso no lo veo yo justo.
-Ya, es complicado ¿Cómo era su nombre, Leopoldo, completo?
-Leopoldo García López
-¿Y ha nacido, me ha dicho?
-Gavilanes de Órbigo. Cópialo si quieres, y me lo mandas allí.
-Y estuvo trabajando en el país vasco ¿no?
–No, estuve trabajando en San Juan de Luz, que era de Francia. Y pasaba a dormir a Irún, yo dormía allí, sábado y domingo, y hacía mi vida en Irún.
-Ah, yo nací en Irún ¿Y después iba San Juan de Luz?
–Claro, iba a San Juan de Luz los días de trabajo.
-Muy bien ¿Y viene cada dos o tres meses a León?
–Noo… a lo mejor antes, porque yo tengo los pisos y… pero igual se pasa medio año sin venir ¿Eh?
Corté la grabación. Leopoldo siguió relatando algunas cosas, y en un momento dado nos ofreció comprar uno de sus dos pisos, en caso de que tuviéramos interés. El gorrión y yo nos miramos sin decir nada, durante un largo segundo. Ya, como colofón, ante la última deriva de un coloquio que empezó a dar de sí por diferentes derroteros, afirmó algo con el único afán de dejar clara su posición:
-Puedes poner también: “Yo soy de izquierdas, pero igual me da que manden las derechas que las izquierdas”.
Son cosas que pasan en la jungla de lo insospechado, agradezco a don Leopoldo su cordialidad y el no haber tenido pelos en la lengua para decir lo que pensaba o sentía. Su imagen no pasará desapercibida, su mirada es cristalina y serena, y si alguien le reconoce por la calle, es muy probable que si le saluda, se encuentre con un excelente conversador y, quién sabe, si ante una charla de aparente intrascendencia pero para recordar.
Tras ese inciso mañanero, el gorrión y el mirlo fueron a realizar los preparativos para el viaje del primero, cosa que duró unas tres horas. Al pasar cerca de la nueva rotonda, el gorrión observó e hizo una pregunta, así como un par de comentarios alusivos. Claro, los gorriones son listos como el hambre. Unos metros más allá, nos topamos con un monigote con chistera y un conejo, colocados estratégicamente para calentar la cuenta atrás ante cierto festival que iba a celebrarse en la ciudad. De nuevo, el gorrión preguntó al mirlo, esta vez acerca de este nuevo muñeco. El mirlo respondió: “Eso es un mago, le metes unos millones en la chistera y el tío te devuelve un conejo”. El gorrión comprendió de inmediato, y lo que dijo no se puede piar en este papiro. Pronto, asumió el largo viaje hasta su tierra natal, quien sabe hasta cuando. Ah, el mirlo me contó, días después, que su compañero de alas le había dicho lo siguiente: “Yo volé aquí con todo y me voy sin nada; si quien yo sé viene sin nada, volando se lo lleva todo”. El mirlo le contestó a lo Christopher Nolan: “No es la victoria que tú y León os merecéis, pero sí la victoria que tú y esta ciudad necesitáis”. Y es que la pira de fuego lo purifica todo, lo pasado, lo presente y, tal vez, lo que esté por venir. Continúa en el próximo papiro, segunda parte de «Vuela, diciembre«.
Texto y fotografías: © J. Bass (Vientos de Estigia).
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