Y un enero menos (2)

Las señales sobre el tablero vital continuaron apareciendo, y la segunda semana de enero comenzó de forma prometedora, no por el tiempo en sí, aún frío y poco soleado, sino porque en la mañana del mismo día ocho pude disfrutar de una privilegiada sesión etológica con las interacciones del mirlo acuático, en un entorno bastante salvaje y aislado. Apenas le hice algunas fotos, porque nuestras correspondientes posiciones dificultaban la obtención de un buen foco, dado que el sol no brillaba y aquel escenario estaba en la zona más baja y oscura, la propia orilla del río. Así que realicé unas cuantas y me quedé observando desde un lugar en el que el ave no podía verme, aunque habría que suponer que, más bien, no parecía distinguir qué tipo de bicho inocuo era yo, tan estático como una piedra más. El compacto mirlo acuático dispone de unas capacidades de buceo absolutamente increíbles y vuela a velocidades sorprendentes. Aunque este año es más fácil ver a los ejemplares por el río, es casi imposible no pararse a disfrutar con sus zambullidas y constantes búsquedas de alimento.

De camino a casa, el juego matutino me obsequió con bastantes encuentros, aunque solo pude obtener fotos relativamente decentes de aves como el cernícalo, la lavandera blanca, el petirrojo, la garza real, el pato criollo, el martín pescador y el colirrojo tizón. Un vistazo a primera hora de la tarde me llevó a topar de nuevo con el mirlo acuático, esta vez en una zona más a la vista de los viandantes y muy alejada del punto anterior. No es un ave fácil de fotografiar, dado que se mueve rápidamente, por eso hay que armarse de paciencia y regular el pulso para hacer clic en el momento preciso. Si por la mañana había poca luz, por la tarde qué decir. En fin, ahí queda retratado junto al resto de especies.

Tras dejar atrás al infatigable acuático, una pista me llevó a otra. ¿Pastilla naranja, pastilla roja o pastilla azul? En fin, da igual, son una para todas y todas para una, y solo conducen a diferentes sensaciones producidas desde la misma trampa. Limpiar la vista de tensiones con dosis de sana oscuridad es un ejercicio interesante de cara a vislumbrar aquello que reluce sin cegar los instintos, hasta que las agujas de Cronos nos indiquen que, en muy pocas horas, tocará engancharse a la almohada para poder volver a abrir los ojos con toda plenitud.

Y al llegar esa mañana soleada, tras calzarme las botas de siete leguas y dirigirme río arriba, comencé a sentir el Déjà vu o “fallo en Matrix”, al menos mientras disfrutaba de nuevo con la lavandera blanca y con el mirlo acuático, ambos muy fieles a sus entornos cotidianos. Pronto olvidé esa sensación, pues al ir introduciéndome en el País de las Maravillas, encontré al también maravilloso pinzón, que comía las sámaras del gran árbol. No sé ni cómo pude enfocar, dado el nivel de ventolera que se estaba produciendo en aquel instante. Entre vaivenes, realicé algunos clics satisfactorios, y así quedó retratado este fuerte y bonito pajarillo que, por cierto, estaba muy alto respecto a mi posición. Más adelante se me cruzaron cuatro escribanos soteños que volaban en bloque: uno quedó rezagado y se posó a ocho o nueve metros de mis narices, tenía ramas delante pero el foco se las saltó y pude hacer algunas fotos resultonas. La escribana se camufla ante el sol, al tiempo que reluce cual pequeña joya. La verdad es que la luz era imponente, los árboles y las hojas destilaban fuerza y viveza en cada uno de sus tonos. Los líquenes y la hiedra, verde y roja a conveniencia, parecían competir en luminosidad radiante y bien ajustada. De vuelta, resultó imposible no saludar a la paloma torcaz, al mirlo, al jilguero y a la urrraca.

Es difícil pasar ante semejante hermosura felina y no dedicarle un clic, pienso que no hace falta decir más. Cerca, la gran garza se mostraba muy atenta a los movimientos del agua, hasta el punto de encrestarse y adquirir ese look tan impactante y alternativo, tipo Cyberpunk. El tímido mosquitero, un crack en lo suyo, aguantó su pose dos segundos, como cediendo a mis deseos de fotografiar su pequeña y alucinante estampa.

De tarde, nos volvimos a calzar las botas y tiramos hacia la zona en la que había estado por la mañana, la verdad es que yo andaba detrás de algo que sí pudimos ver pero no hubo forma de fotografiar. En todo caso, el paseo a la vera del Bernesga siempre es una delicia, se vean animales en su entorno o no. Por allí nos encontramos al joven de garza real, de nuevo impasible en el ejercicio de sus funciones. A lo lejos y bastante alto, el pito real hacía de las suyas, y un bando de lúganos se desvivía en acrobacias de todo tipo, mientras sus componentes devoraban semillas en las alturas. Estaban en un sitio perfecto a la hora perfecta, y solo pongo una foto porque fue la única que salió algo enfocada, dada la distancia a la que se encontraban los alimonados malabaristas.

Cuando ya nos íbamos, apareció Julián, un hombre de la zona, sabio como pocos. Tras charlar un rato con él y hacer una fotografía de recuerdo (*), nos llevó a su casa para enseñarnos el ternero que la preciosa vaca Romera había tenido hacía muy pocos días. El animalito se movía más que un perro, inquieto y feliz ante su dueño, y más tarde junto a su madre. Julián nos contó tantas cosas que el tema daría para un post completo, todo se andará. No obstante, agradezco de antemano la absoluta generosidad y la gran hospitalidad con las que nos agasajó, así como sus sinceras palabras y esa sabiduría que solo puede ser producto de haber dedicado toda una vida a su familia y a duras labores. Me quedo con esta frase que expresó durante la amena conversación: “Las mentiras tienen las patas muy cortas, pero a veces pueden llegar muy lejos”. Clavos sobre madera, fuego sobre papel, verdades como puños, así es la vida.

Al día siguiente volvía a alumbrar el sol, la torcaz vigilaba desde su atalaya y el río emitía pureza en grado sumo. Un carbonero se mostró relativamente permisivo con mi cámara, los jilgueros salían a buscar su alimento, previo baño de adecuada temperatura, al igual que los curiosos mirlos y los mágicos petirrojos. El pajarerío duró poco, aunque hice bastantes fotos, y tocó retirarse a la gruta. Por cierto, el pequeño Teo, perrito magnífico y feliz, posó para mi cámara como un campeón.

Entonces llegó el día once, y la luz bajó de intensidad. Una hoja mágica marcó el sendero, las torcaces asintieron y me señalaron la siguiente pista, representada como clara encrucijada de rama con pluma de pato criollo. Esto indicaba que había que seguir a los ánades reales; más adelante me esperaban los pinzones y las lavanderas, con su mezcla de tranquilidad e inquietud.

Tras encontrarme con un colega ornitólogo, hablamos del eléboro y de los líquenes que hay en una zona muy concreta. Se había puesto a llover, así que me di la vuelta solo. Anduve varios kilómetros y, por suerte, pude fotografiar a los andarríos grandes, que me esperaban en su caladero ocasional. Justo antes, en el camino, había estado hablando con un conocido sobre temas relacionados con los canes, y por nuestro lado pasó un perro de raza Akita Inu, junto a su dueño. Creí reconocer al animal, por una fotografía que pude hacer algunos meses antes muy cerca de ese entorno. Poco más tarde, cuando me había despegado de los andarríos, volví a ver al Akita con el que nos habíamos cruzado un rato antes, así que me acerque a su dueño para preguntarle sobre el perro, un animal muy tranquilo y de carácter apacible. Resulta que sí era el mismo que yo había fotografiado meses atrás, mientras tomaba la sombra sobre la hierba, tan campante. Se llama Yuki y pertenece a un chico llamado Nacho, que lo cuida con total implicación.

De hecho, mientras les hacía algunas fotografías y aún caía una fina capa de lluvia, Nacho me contó cosas sobre Yuki y sobre la raza Akita en particular, mostrando una amabilidad y una entrega que me sorprendieron muy gratamente, hasta el punto de casi olvidar mi sutil pero completa mojadura. Casi nunca me conformo con las fotos que hago, pensé que para el tiempo que hacía, habían quedado decentes, pero le emplacé para hacerle otras en un día soleado, de cara a poder insertar un comentario anécdótico en esta web, algo a lo que accedió con total ilusión.

Podría pasarme hora y horas hablando sobre Yuki”, dijo con emoción contenida y alegría. Lo de las nuevas fotos no pudo ser, pero sí quedamos un rato para que me hablase sobre Yuki, y esto es parte de lo que me dijo:

Te cuento un poco. La verdad es que Yuki es el primer perro que he tenido. Yo siempre he querido tener perro, desde que era pequeño. Me acuerdo, con siete años, de que cogimos una casa en el pueblo y ya quería un perro. Menos mal que mis padres fueron sensatos y me dijeron que no, porque sabían que yo, obviamente, con siete años, no estaba preparado para tener un perro”.

Cuando tenía veinte años y entré en la universdidad, pensé que era el momento. Me decidí por un Akita, a pesar de que es un perro de raza peligrosa, algo que yo no buscaba, por cierto. Bueno, todo empezó porque primeramente tuve curiosidad y comprobé cuáles eran las razas peligrosas en España. De repente vi la foto del Akita y como que me chocó, porque, claro, todo el mundo lo asocia a eso. De hecho, las personas que no lo saben, dicen que parece un peluche, sobre todo los niños. Entonces me puse a curiosear sobre esta raza, y me atrajo tanto, tanto, tanto, que pensé que era el momento de tener un perro. Estuve trabajando y compré a Yuki a un criador, es un perro con pedigrí y me costó mucho dinero. Lo cogí de cachorro, con dos meses, el ocho de marzo de 2019. Curiosamente, nos enteramos a posteriori de que ese es el Día Internacional del Akita, fue mucha casualidad. El nació el seis de enero de 2019, día de Reyes, así que reciéntemente ha cumplido siete años”.

Nacho comenzó a ponerse vehemente, aún más emocionado, se notaba que estaba viviendo cada palabra a tope, mientras hablaba con total contundencia:

Mi vínculo con él ha sido siempre increíble. Da igual lo que pase en mi día, Yuki va a salir siempre de paseo dos horas y media, mínimo. Siempre es un paseo como el que estoy dando ahora, correa larga y paseo para el perro, no para mí. Siempre respeto sus paradas y lo que él quiera hacer. Como digo yo, al final le acompaño en el paseo”.

Respecto a acercarse a un perro Akita, en general, pero hablando de Yuki, me comentó:

Es muy dócil, de verdad, puedes tocarle, no sabes lo que confío en Yuki, lo que le conozco. Ha costado mucho, los akitas no son perros fáciles, son perros que tienen genio. Y Yuki, con dos años, te hubiera gruñido si le hubieras tocado. Pero yo eso nunca lo castigué, al contrario, intenté reforzar y que poco a poco fuera llevándose mejor con la gente pero sin castigar jamás el gruñido, que es una forma de comunicar que no le apetece que alguien el toque. De esta forma, el perro no está agrediendo a nadie, si mordiera a alguien, ya vería lo que haría, pero no es el caso. El gruñe y la gente tiene que respetar su espacio, es lo que hay, es lo que te toca. Y gracias a eso he conseguido que los niños, que antes no le gustaban nada, ahora le puedan tocar y acariciar. Un día, una niña le abrazó, yo flipé. Y Yuki bien, tranquilo, no estaba incómodo. Al final, el perro Akita entiende el respeto, se basa en el vínculo que tú crees con él. Simplemente quiere ser respetado y te va a respetar, tener un dueño coherente que le trate bien, y el te va a tratar como nadie. Nada que ver con temas de perros Alfa y todas esas cosas. Un día te contaré largo y tendido”.

Tras comentarme que su barrio era un lugar en el que los perros, en general, están muy bien tratados y que además se les ve realmente felices y equilibrados, Nacho dijo otras cosas muy interesantes, así que considero importante resaltar este fragmento:

Me gustaría que la gente se replantease la relación con sus perros, es decir, que las personas se dieran cuenta de cómo tienen que tratarlos, como a seres dependientes de ellos, con respeto de verdad, y no obligarles a hacer cosas que no quieran hacer, un perro no es el esclavo de su amo. A un perro hay que soltarlo, dejarle explorar, dejarle oler, que es su manera de comunicarse con el mundo. Tienes que tratar a tu perro como si tú fueras al otro lado de la correa. Pues así trato yo a Yuki. Por cierto, siempre le doy toda la libertad para que en casa haga lo que quiera y vaya donde quiera, pero él, desde cachorro y por voluntad propia, duerme en el salón. De noche le gusta estar tranquilo, a su aire, aunque por la mañana venga a verme tan contento”.

Hay mucha miga en sus palabras, y aunque se pueden matizar y ampliar, considero que son lo suficientemente claras como para tenerlas bien presentes. Nacho me contará más cosas, sobre perros y sobre Yuki, pero eso será en el marco de próximas aventuras de las que ya hablaré en su momento. Solo queda agradecerle su bondad, su honestidad y sus ganas de transmitir al mundo todo el cariño y respeto que siente por este magnífico y bello animal, y que además lo haya hecho contándomelo a mí. Es un honor.

Volviendo al once de enero, justo tras dejar a Nacho y Yuki, di de morros con la siguiente pista. Escogí abordar la retirada de forma directa, y de inmediato fueron apareciendo las habituales maravillas aladas del paseo. No parar unos segundos para captar las imágenes de estas fierecillas podría resultar un pecado intrascendente, pero pecado al fin y al cabo, así que ahí van unas fotografías de garza real, mirlo, mirlo acuático y reyezuelo listado, en el orden en el que las fui recabando. La llegada estuvo marcada por la correspondiente pista simbólica que, nada más pisar el barrio, atrajo sutilmente mi atención como si de un imán se tratase.

Durante dos días y aprovechando que llovía, estuve enfrascado en cosas que, en gran medida, me mantuvieron ajelado de las aves. Y el día catorce pude estar un rato haciendo fotos a la garceta grande, así como al mirlo acuático, que, subido al juguete nuevo que le trajeron las generosas aguas, se lo pasaba pipa entre saltos y zambullidas. Tras dejar atrás por segunda vez al ángel nuclear, una nueva pista me llevó hasta el mosquitero común, que compartía árbol con el extraordinario mito. Los discretos e imprescindibles ánades reales cerraron la jornada en forma de auténtico regalo para mis ojos, mientras el Bernesga pasaba a afrontar los sueños de la fría y dura noche del enero leonés. Gracias por leer, continuará en la tercera parte de “Y un enero menos”. Hasta el próximo papiro.

Texto y fotografías: © J. Bass (Vientos de Estigia).

Material gráfico cedido puntualmente para este artículo:

Fotografía (*): © D. T. Argüello.

Artículo de carácter cultural y lúdico, exento de afán comercial. Los logos e imágenes pertenecen a los poseedores de los derechos.

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