Noviembre subliminal (3)

Ya es de noche en Estigia. Se desvanecieron los rescoldos del mes mágico, pero quedaban cosas que me apetecía plasmar en nuevos papiros y he optado por abrir dos bloques más dedicados a la serie “Noviembre subliminal”, para definir mejor los temas y poder darle mayor fluidez al asunto. Este post quiero dedicárselo a algunas personas que he ido conociendo en el transcurso del ineludible y más reciente recorrido vital, dado que son protagonistas de pequeñas historias que en casi todo momento rebosan color positivo, independientemente de que creen vínculos frecuenciales de mayor o menor sección y de cómo se modulen. El hilo invisible no deja de enmarañarse a través de implicaciones humanas, muchas de ellas dignas de ser preservadas en el cántaro de las mieles, recipiente imposible aunque necesario para regular la emoción, porque puede perder parte de ese valioso néctar que las experencias han ido macerando y, al tiempo, permite elaborar nuevas esencias de corte alquímico mediante el alambique en el que se destilan las interacciones. De nuevo, no importa si se escoge la vía de un lado o del otro, el curso que todo lo arrastra también permite compartir momentos que valen la pena. A estas alturas de la película, como aprendiz de escriba, de fotógrafo y además como persona interesada en las historias forjadas a compás, al son de incandescentes carbones que crepitan ante la vehemencia de respetuosas distancias cortas y el tú a tú, las implicaciones de esta elucubración me parecen de gran valor para sobrevivir en la gran jaula de las jaurías.

Lo absurdo puede ser hermoso, así como la belleza puede marchitarse por causas insospechadas. Así, toda escena que llame la etención, debería poder captarse para posteriormente ser colocada sobre los anaqueles de algún tipo de juicio por parte de quien corresponda, pues de lo que carece de sentido pueden surgir buenas ideas, y de lo coherente, crearse engendros. Las analogías visuales sugieren potentes escenas que evocan lo mundano porque, en la mayoría de las ocasiones, no hay realidad sin metáfora ni metáfora sin realidad. La pluma escribe sobre libros vacíos, la huella labra sobre caminos, y ambas forjan necesarias alianzas polvorientas. La hoja cae y se congela con la helada, para secarse con el sol y cobrar nueva apariencia de vida, al menos mientras dormita en la hierda o sobre la dura piedra que trata de revestirla con modas del pasado. Las construcciones vitales continúan, con sus curiosas simetrías e incluso llevadas a cabo a través de arcaicas y funcionales tecnologías que ni consumen energía ni contaminan, simplemente se dejan manejar, ante lo liviano y ante la pesada carga. La balanza lunar pone cada cosa en su sitio: hoy por ti, mañana por mí.

Ahora al grano, dado que hoy también toca hablar de perros: siempre, desde niño, me encandiló el mundillo de los animales, al que accedí mediante el fichero «Safari«, una colección semanal e instructiva a más o poder. También había tebeos por un tubo, y Mazinger Z era el amo de la pantalla, pero el tema de los “bichos” humanizados hacía furor. El mercado bullía con libros de aventuras de los típicos clásicos juveniles y de grandes historias para todos los públicos en las que salían personajes no humanos. A mi me chiflaba cuando aludían a parajes selváticos (“El soberbio Orinoco”, Julio Verne), exóticos, llenos de animales que solían ser los protagonistas, como en las dos partes de “El libro de las tierras vírgenes” (Rudyard Kipling) o en las durísimas historias de Jack London, tipo “Colmillo blanco” y “La llamada de la selva” (perros salvajes que se dulcifican y perros domésticos que se ganan a pulso una vida en salvajísima libertad, a costa de sobrevivir a crueldades impensables), entre otras obras de este maravilloso narrador de la crudeza despiadada, mayormente basada en entornos ubicados en tierras frías y ásperas. Por supuesto, hay que citar al imperdible Tarzán, personaje creado por Edgar Rice Borroughs y encarnado magistralmente en el cine por el actor y campeón olímpico de natación Johnny Weissmüller, entre otros tantos pero como mejor opción con diferencia. Se creyó el papel de Tarzán y dejó su piel en el empeño, sobre todo en las escenas acuáticas, por mucho trucaje que se hiciera cuando luchaba a cuchillo con los cocodrilos. En estas películas ahora impensables podían verse varias fieras reales y de muy alto calibre, desde elefantes y cebras a peligrosos leones, veloces gacelas, búfalos y chimpancés, algo valiosísimo a nivel didáctico, y no solo para la juventud.

También estaban las series de televisión que incluían animales en modo de apoyo (sin duda, imprescindibles para que la trama funcionase), como “Pippi Calzaslargas”, en la que aparecían el pequeño mono Señor Nilsson y el caballo pintado Pequeño Tío. “De los Apeninos a los Andes” trataba sobre Marco y su inolvidable e imprescindible mono Amedio. “Heidi”, con las cabritas de montaña, el perro Niebla y el bien direccionado y “enternecedor” Pichí, que era una cría de verderón. O la obra titulada “El bosque de Tallac”, en la que los pequeños osos Jackie y Nuca hablaban sin mover la boca y sufrían la desgracia de tener que ver perecer a su madre, la gran osa Grizzle, para trauma de todo ser que disfrutó de la preciosa serie de música inolvidable. Esos capítulos hacían furor entre la gente de mi generación, y afectaban a nuestra percepción sobre algo imposible que se nos presentaba como un acto de aparente lógica. Quien sepa de qué hablo, se habrá dado cuenta de que desde hace muchos años, el influjo mediático se ha dedicado a insertar ideas relacionadas con esos increíbles seres no humanos que pueblan el planeta y son capaces de lidiar en los tres grandes ámbitos preparados para la vida: tierra, mar y aire. Incluso, y desde ya hace muchísimo más tiempo, en los dibujos animados y cómics realizados en Norteamérica, mediante franquicias harto conocidas. Los animales, que en las diferentes series hablan como nosotros, suelen ser buenos; pero en ocasiones encarnan el mal, depende del enfoque que el programador haya pensado para nuestra mente. Recuerdo algunos interesantes libros que leí de chavalillo y que aún conservo, como el predictivo, genial y sorprendente “Xingu” (Violette y John Viertel), “Pingo, Pongo y Enrique el Fuerte en Owambia” (Helmut Höfling) o el alucinante “Orzowei”, palabras mayores y en una dimensión mucho más adulta y realista, del gran maestro Alberto Manzi, pues hoy desvelan mucho más de lo que en su día parecían contener. Y todos forjaban el pensamiento, de una u otra forma. Por otra parte, está claro que en las historietas que nos preparan, tienes que ponerte de parte del Correcaminos y has de tener al Coyote como a un ser nefasto y a ridiculizar, aunque te resulte simpático o te caiga bien, cual enemigo sin que se perciba exactamente así, dicho a grandes rasgos, pues de eso va el guión que se pretende transmitir con las consabidas analogías y metáforas que además bañan el lado explícito. Pluto es un perro, pero Goofy es otro perro que, en ese universo tan concreto, anda y habla. La pantera rosa era un leopardo único en el mundo, tan falso en sí como incrustado en el imaginario colectivo, por muy diamantina que en realidad fuese, y personajes como Scooby-Doo, Calimero, Petete, Patán, Don Gato, Azrael, el Marsupilami o el Ketekasko, son inolvidables, precisamente por unas características expuestas para ser absorbidas e incluso recreadas en nuestras vidas, mediante arquetipos o comportamientos de corte similar.

En aquellos años se daba el boom de la etología, de los científicos de campo que estudiaban la inteligencia de los animales y cómo esta afectaba a sus acciones, y eso había que utilizarlo masivamente, por aprovechable, revolucionario y práctico. Ese influjo también se ha ocupado de sensibilizarnos en el terreno del acercamiento a los animales reales, a diversos niveles y mediante numerosos reportajes televisivos y programas (como la producción norteamericana «Esos asombrosos animales«, de 1980 y emitida en España en 1982), bien pensados para tocar la fibra. Mucho más a lo grande, el extraordinario Félix Rodríguez de la Fuente se erigía en referente obligado, sobre todo a través de su monumental obra titulada “El hombre y la tierra”, cuya banda sonora del maesro Antón García Abril aún pone el vello de punta. El día en que se anunció la desaparición de Félix de este plano, nos cayó encima una buena pedrada que, a su vez, supuso la semilla de algo impensable y que daría para kilómetros de papiro.

Por supuesto, salieron no pocas películas varias décadas después de “King Kong”, como “Born Free” (titulada “Nacida libre” en España, que trata sobre la inolvidable leona Elsa e incluye la bellísima y premiada música de John Barry) o “Lassie”, una perra de raza Collie que protagonizó varios films a través de la inclusión de diferentes canes e hizo las delicias de toda la familia. Incluso Steven Spielberg rodó su film “Caballo de guerra”, poniendo a este noble animal como símbolo ante la tragedia; y ahí está el impactó social logrado con “Jurassic Park” en 1993. En relación a un documental de más reciente cuño, a pesar de que se presentó en 2001, sugiero a quienes lean este post que no dejen de ver “Nómadas del viento” de Jacques Perrin, con banda sonora de Bruno Coulais, principalmente. Va de aves, y no desvelo más, simplemente decir que recuerdo haberla visto dos veces cuando fue estrenada en España, y que el “Making-of” es espectacular.

Otros cineastas, véase el megacrack Stanley Kubrick (“2001: una odisea del espacio”), Jean Jacques Annaud (“El oso”, “En busca del fuego”), o el mismo Mel Gibson con su brutal y genial film “Apocalypto”, han sido mucho más crudos y menos amables en sus planteamientos con los animales y la dureza de las variantes de la civilización, desde sus inicios hasta hoy. En la literatura fantástica, Conan el cimmerio, un héroe carente de superpoderes que fue creado por Robert Ervin Howard, peleaba a muerte con tigres dientes de sable, serpientes gigantes, leones, toros salvajes y monos-hombre del mar de Vilayet. Y estos cómics, incluso los relatos que se publicaron sin un solo dibujo, también nos hablaron de realidades entre el ser humano y el mundo animal, nada parecidas a las historias del pato Donald. Sus portadas alusivas a esta temática salvaje se clavaban en la mente de toda persona que pasaba al lado de un kiosko, y no fijarse en llamativos dibujos que incluían fieras enormes, creados por artistas de la talla de Stephen Fabian (reciéntemente fallecido), Frank Frazetta, Earl Norem, John Buscema o Boris Vallejo, era casi imposible. No siempre se representaba a animales antagonistas, en ocasiones servían fielmente a las causas humanas, como compañeros de batalla y de aventuras muy peligrosas. Todas estas bestias aludían a lo mitológico y atávico. Y eso, insisto, atrae al ser humano, tanto como el arte de primera instancia. En definitiva, la forma de representar la fauna, arcaica o contemporánea, hace que la perspectiva induzca a tal o cual pensamiento acerca de la misma… en cada tiempo presente y siempre en estrecha relación con nosotros. Antes, los animales eran salvajes o domésticos, mientras que desde hace poco más de cincuenta años, las ciudades se han llenado de perros y gatos, algo para nada habitual durante siglos y siglos, o al menos no con estos planteamientos. Y en ello seguimos, al margen de las numerosas especies permitidas que nada tienen que ver con cánidos o félidos. Esta socialización es algo con lo que hay que contar y lidiar, espero que pueda quedar claro que hablo desde la distancia pero teniendo claro lo que digo. Es decir, que ni entro ni salgo, ni pincho ni corto, ni juzgo ni dejo de hacerlo, y cada cual que lo vea como quiera. Solo sé que desde que tengo uso de razón y sin apenas haber tenido ocasión ni lugar para albergar perros o gatos (al menos hasta 2001, año desde el cual me han acompañado los felinos), adoro a estos seres vivos como lo que son.

Hay más formas de tener en cuenta a los animales desde fuera de su ámbito, por ejemplo desde el coleccionismo de figuras, que si están bien realizadas, son maravillosas. Todo es inducción, que induce y es al tiempo inducida a inducir, puro dialelo. Yendo al grano, he de decir que soy gatero, pero me flipan, y mucho, los perros. Y desde hace décadas, los veo como a reyes de la calle, no solo de la intimidad de cada evidente espacio vital. Es difícil mirar a un perro, en definitiva a un lobo transmutado y domesticado, con todas las reservas y matices que quieran ponerse sobre el tapete, y no sentir fascinación ante sus encantos caninos. Todos los perros tienen algo extrañamente atractivo y misterioso, al margen de que algunos ofrezcan mayor vistosidad, a pesar de gustos y subjetividades.

La pasada temporada salí mucho con la cámara y solo tenía ojos para las aves, con lo cual, intentaba evitar todo lo posible a los perros, ladradores infatigables, agilísimos atletas y exhibidores de la belleza plasticobiométrica, espantadores profesionales de pequeños seres alados, cuadrúpedos con duros dientes en cuya mente no cabe ni puede caber el hecho de que alguien pueda sentir pasión por la ornitología, el fútbol o la numismática, salvo que vivan en un ámbito determinado y se hayan habituado a ciertos parámetos de normalización, lo que no invalida mi reflexión, pienso. No niego el sentido instintivo de estos animales ni su capacidad de adaptarse a todo tipo de situaciones en las que, entre otros, pueden tener entre sus “amistades” a un ser humano y a una cotorra, incluso a iguanas o pequeños cerdos. De hecho, son muy diferentes clases de animales, de todo tipo, las que demuestran poder convivir en sintonía, principalmente en las granjas de acogida, lugares que albergan gallinas, pastores alemanes, gatos, hurones y hasta conejos, entre otras especies de lo más inverosímil. Tal vez, esa dedicación, ese respeto y ese buen trato del ser humano al animal, sea el que haga que puedan convivir sin pelearse, como iguales, como seres con las mismas ventajas y sujetos a los mismos inconvenientes, sabedores de que, en su caso, el techo común y la protección otorgada por parte de personas no hostiles y especialmente sensibles, necesariamente, supone la estabilidad precisa y mucha tranquilidad. Porque no cabe duda de que entienden la diferencia entre estar mal y estar bien, y de que no están sujetos a depredación, algo ilógico pero necesario para que este tipo de emprendimiento funcione. Como contrapartida, los abandonos de perros y gatos, aunque también de otras especies. Y esto, en grandísima parte, depende exclusivamente del responsable de cada animal y de cómo se trate a cada uno de estos seres vivos. Cada atardecer brinda una nueva oportunidad para poder levantarse a buscar nuevos retos, nunca es tarde para echar una mano a quien lo necesita, sea perro, gato o persona, incluso para concienciarse del nivel de responsabilidad que conlleva hacerse cargo de alguien.

Más allá de lo dicho, no es plato de buen gusto ver a perros que, en su tiempo de paseo diario, parecen abandonados a su suerte mientras quien lleva en sus manos la correa solo tiene ojos para una triste pantalla vertical y no se percata de lo que sucede a su alrededor, dicho sin paliativos. Suena fuerte, pero es estampa cotidiana. Antes se veían perros callejeros que se buscaban la vida y no se metían con nadie. Y hay animales en las protectoras que entregarían un amor incondicional al ser humano que les diese cobijo y caricias. Por eso, no es difícil sentir admiración por aquellas personas que dedican el tiempo de salida de sus perros a los propios perros, aunque algunos dueños vayan hablando y solcializando entre sí o pendientes de diferentes y lógicos asuntos puntuales, como parte del juego de la vida. No es casualidad que, en la mayoría de las ocasiones, estos canes sean mucho más equilibrados y se muestren muy tranquilos frente al público, dicho en sentido general. Porque a todos los perros les gusta ladrar de alegría y correr con locura, necesitan el desahogo como el árbol precisa del agua de lluvia, sobre todo los que viven en las ciudades. Los dueños comprometidos saben que no hay cosa más importante que el tiempo que deben dedicar varias veces al día a sus correspondientes animales, y esto implica atención plena, bien gestionada. Por eso hay perros buenos que brillan a la legua y, por el contrario, perros que sin tener gota de culpa, dan cierta lástima por su carácter agresivo, triste, o sus derivas atípicas. Creo que se entiende, y dicho todo esto, pasaré a hablar de algunas personas que se sintetizan en una sola entidad metafísica con sus perros, al menos a la vista de los viandantes que sepan discernir. Casi todos los días aparece alguien nuevo, lo mejor es cuando se producen encuentros fortuitos, inesperados, en los que es posible admirar las cualidades de un perro y las bondades humanas de la persona responsable de cada entidad ladradora. Muchas buenas relaciones han comenzado por un tercer ser en cuestión, generalmente de raza canina.

Mientras fotografiaba mosquiteros, no fue difícil quedar encandilado ante la estampa de este ejemplar de Golden Retriever, hacía un día espléndido y la luz incitaba a la plasmación del cuadro. Vi a esta maravilla de animal que, de forma sosegada, disfrutaba de su paseo por los jardines de la orilla del río y no pude resistirme a pedir permiso a su dueña para hacerle unas fotos. De forma comedida y agradable, ella accedió sin problema, así que comencé a tantear una posición para el encuadre. Suele ser habitual en los perros que, cuando alguien se pone frente a ellos para hacerles una fotografía, se acerquen curioseando para ver qué se cuece, con lo cual es muy difícil mantener esa distancia necesaria a la hora de lograr un resultado enfocado y bien encuadrado, o al menos mínimamente funcional. Y este fue el caso de Bimbo, que pronto hizo caso a Nieves, su amabilísima dueña, y se puso junto a ella como queriendo notar su contacto. No quedó más remedio que aprovechar la coyuntura y realizar fotografías del perrazo tumbado, que posaba majestuoso sin saber siquiera lo que estaba pasando. Tanto Nieves como Bimbo transmitían una paz gigantesca, y a medida que iba perfilando la escena y alejándome para obtener cierta perspectiva, salió la foto final en la que, a mi juicio, todo se resolvió de la mejor manera: con sobriedad y buen gusto. Estoy muy orgulloso de haber captado y logrado plasmar esos ángulos y puntos de trayectoria, los luminosos colores y las expresiones, tanto en lo relativo a la tímida, sutil y auténtica sonrisa de Nieves como a la pose desefadada y relajada del magnífico Bimbo, ajeno a nuestras inquietudes y majestuoso como un rey babilónico en sus fueros, posiblemente más atento al siseo de los mitos y al canto de los mirlos que a mis intrusivos e inócuos disparos. Tras realizar esta imagen, no quise continuar; me di con un canto en los dientes y deseé con todas mis fuerzas que, a pasar de las limitaciones de la cámara, el cuadro hubiese sido pintado en condiciones. Aprovecho estas líneas para agradecer a Nieves su serenidad y buen trato, sé que le gustaron las fotos, lo que me agrada bastante y me hace querer mejorar en estas situaciones improvisadas y nada fáciles, precisamente porque no han sido previstas ni preparadas de antemano, lo cual quiere decir que el riesgo de fallo es muy alto.

Nino Espadas es uno de los “míticos” del rollo leonés, rockero empedernido y lector con mente inquieta hacia las temáticas humanas y espirituales. Un tipo tranquilo que se desahoga a guitarrazos cuando procede, pero que de día saca a pasear a Noa, una labradora perteneciente a otra persona. La perrita es más buena que el pan, siempre se muestra totalmente dócil y tranquila, mientras investiga cada rincón cerca del propio Nino, muchas veces a su aire, como está mandado. Desde hace muchos años, me consta que este hombre hace gala de un gran corazón, y aunque en nuestras puntuales conversaciones solemos rondar las mismas temáticas, se nota que con los años vamos fraguando los perfiles en función del ojo crítico, pues hace cinco años no pensábamos igual que hoy, algo que también me consta; y es lo suyo, dado que lo contrario indicaría que se piensa muy poco. En todo caso, saliéndome un momento del tema, señalar que hay posiciones que se construyen sin fisuras, se trata de modelarlas, de pulirlas, limarlas, incluso a veces de derribarlas y comenzar de nuevo, pero sin perder la ventaja de esa perspectiva que permite la remontada. Y retomo el tema: aquí inserto estas fotos de Nino y Noa, dos habituales del entorno del río, para que queden registradas en los papiros de Vientos de Estigia y porque para quien suscribe es un enorme placer.

Fue casualidad que, días después, me encontrase haciendo fotos a unos árboles cuando vi pasar por mi lado a otro ejemplar de Golden Retriever. Tras entablar conversación con la persona que paseaba junto al animal, me contó que su perra, de nombre Roma, es un ejemplar totalmente cariñoso y tranquilo. Su carácter me impactó, también su mirada sosegada; y mientras andábamos hacia una zona arbolada, fui haciendo fotografías a la preciosa perrita. De inmediato empezaron a surgir temáticas que derivaron en que este hombre llamado Javier me mostrase fotos de Roma que guarda en su móvil, hechas por él en diferentes etapas de la vida del animal. Y ya, siguiendo el hilo y como por arte de birlibirloque, comenzamos a hablar de cine, de actores y de actrices. A la palestra salieron imperdibles films como “Dos hombres y un destino”, “El golpe” o “El padrino”, entre otros, lo que dio pie a elucubrar sobre tiempos de antaño y del presente, al menos en lo relativo al denominado Séptimo Arte y su estatus actual. Incluso a hablar de cualidades actorales y de las tramas sumergidas de algunas películas. La verdad es que logramos muy buena sintonía, y llegado el momento, sugerí a Javier que posase junto a Roma para ver si era posible obtener algo decente, cosa que cada día me cuesta más por causa de mis bajas habilidades con la máquina fotográfica, que más que aumentar en progresión, disminuyen a chorro. Tanto en este caso como en los que vienen a continuación, me quedo con el momento plasmado, pues este desborda, sin duda, muy por encima de la calidad final de exposición o del número de megapíxeles que pueden llegar a conformar la calidad de una imagen digital profesional de alta resolución. Javier, con gran cariño y afabilidad, trataba de decirle a Roma que había que posar, pero ella, que de esas cosas «ni papa», simplemente atendía a su dueño mediante un juego de miradas frontales del que no quería salir, pues en realidad, es de suponer que le estaba diciendo telepáticamente algo así: “Quiero morder un palitroque, llévame a los lugares de costumbre y déjate de rollos”. La foto resultante me encanta, porque expresa lo que yo vi con mis ojos, una escena enternecedora entre alguien que adora a su animal y un perro que respeta y quiere a su dueño, en quien confía ciégamente, con lo que esto significa. Todas las personas de las que ya he hablado y de las que hablaré a continuación y, si es posible, en futuras entregas, reúnen requisitos similares. Ahora agradezco a Javier su absoluta amabilidad y el buen trato que me dispensó, espero volver a verle por los caminos auténticos, porque aunque se dice que todos llevan a Roma, no es cierto. A Roma solo se llega si uno se gana el acceso, y Roma es quien da permiso para publicar su imagen y la de su dueño. Ahí queda eso, por Luther, Redford, Newman, Brando y por Katharine Ross.

Hacía unos días que había podido fotografiar a Oki, el precioso boyero australiano hembra cuyo color es único en la zona, o al menos eso me parece. Tras publicar un pequeño comentario acerca de cómo nos habíamos conocido su dueño Fernando y yo al lado del río, le comenté que sería bonito poder hacerle alguna foto de posado junto a Oki, en un escenario más adecuado, para adjuntar al post en forma de actualización. Días después volvimos a coincidir por el camino, y tras sugerírselo, se prestó a ello con toda naturalidad y paciencia, dado que Oki, con su mentalidad de perro, tampoco entiende de posados, más allá de quedarse estática y atenta a lo que sea cuando a ella le interesa. Aquí dejo dos imágenes del momento, para mí ya inolvidables por lo que significan, un regalo desinteresado por parte de Fernando y de Oki. Ya de paso, aprendí que estos boyeros muerden y tantean muy ligeramente los talones o la parte baja de las patas del ganado para controlarlo y llevarlo al redil, aunque también que hay dos variantes principales de esta raza, el Red Heeler y el Blue Heeler, tal y como me especificó Fernando. Para muestra, me remitió a una serie de dibujos animados que trata sobre estos increíbles y fuertes perros, animándome a investigar sobre ello. Y eso hice, aunque queda muchísimo que aprender a orillas del sagrado Bernesga. Aquí van las dos imágenes escogidas, una de Oki al filo de la luz y las sombras del atardecer y otra del can con su dueño, realizada unos minutos antes en la orilla oeste. Ambas me fascinan y agradezco su simple obtención, nada fácil aunque pudiera parecerlo. Y para que conste en acta, así lo rubrico mediante el presente papiro.

Ya por último, decir que el pasado 29 de octubre pude fotografiar a un perro desde la lejanía. El can estaba aparentemente solo, y se aventuró a bajar por las escaleras de rejilla metálica que descienden hasta el foso de las faraonas, como yo llamo a ese espacio de garzas en el que la cascada deposita su poderoso torrente, pues a través de la geometría angular de sus grandes piedras y de los elementos orgánicos allí presentes, logra evocar lo remoto. El perro, fuerte y ágil, se rebozó en las piedras y estuvo a punto de acceder al agua del foso. Pero por algún motivo y tras unos segundos en los que me miró fíjamente desde muchos metros más allá de mi posición, justo en la orilla contraria y no precisamente cerca, salió pitando como alma que lleva el diablo. Simplemente iba detrás de alguien, y así quedó la cosa. Guardé algunas fotos de este bonito perro y eso fue todo. Hace unos días, cruzando la pasarela baja que está a continuación del puente de San Marcos, volví a ver a esa bala canina, a la que reconocí sin fisuras. Entonces me acerqué a su evidente dueño y le pregunté: “¿Tu perro es el que aparece en estas fotos?”. El chaval, bastante joven, respondió afirmativamente, y le conté cómo las había obtenido. Hugo, que así se llama el chico, me contó que su perro Messi es una mezcla de Collie y Teckel, y que cuando sale con él, suele foguearse bastante. La verdad es que ambos van a toda pastilla, se nota que Hugo saca a pasear a su perro y se implica a tope, así ambos hacen ejercicio y del bueno. Este compromiso es fundamental, y lo divertido fue intentar que Messi posara para una foto a la que Hugo accedió a la primera; de unas cuantas, me quedo con la que pongo a continuación, pues de ella emana algo que se me antoja tan natural como inexplicable, dada la capacidad de improvisación del chaval y de su presteza a la hora de acceder al retrato. Lo bonito es que estas imágenes se realizaron justo un mes después de haber visto a Messi desde la distancia. También recuerdo las palabras de Hugo tras presentarme y hablar con él cuando le ví con su pequeño amigo pateador de piedras, rejillas, hierba y asfalto: “Puedes hacerle a Messi las fotos que quieras, siempre”. Estas son algunas de las cosas que producen alegría y dan fuerza para pensar que no todo está perdido en este mundo mucho más loco de lo que aparenta. Doy las gracias a Hugo por su buen rollo y frescura, seguro que nos vemos algun día de estos por las sendas del Bernesga.

Creo sinceramente que Nieves, Nino, Javier, Fernando y Hugo, en este caso, son muy conscientes de que no tienen a su cargo a un Scooby-Doo, ni mucho menos a un Vagabundo o a una Dama de película, a pesar de que en lo más remoto de sus corazones pudiera haberse albergado en el pasado e incluso aún se albergue la ilusión de la niñez, el sueño de tener un amigo perruno o gatuno con quien compartir aventuras diarias. La vida no se nutre de dibujos animados, por mucho que entretengan, más bien entraña un firme compromiso que en ocasiones se torna especialmente duro en tanto a poder ser cumplido. Pero hay quien emula a animados dibujos mientras, su diminuto Ideafix particular (alter ego simbólico y contrapartida del gran Obélix), ajeno a las inducciones sociales de los programas de mensajería y de la televisión, tal vez y solo tal vez, pudiera pensar “¡Están locos, esos romanos!”. Cuando la mano pasa cerca del pájaro sin percatarse de su presencia y ese pájaro no se inmuta porque sabe que es invisible ante la insensibilidad, no hacen falta palabras para comprender.

Quiero terminar este post con la inserción de algunas imágenes de aves muy comunes en nuestro querido río y absolutamente imprescindibles para el entorno, obtenidas en el mes de noviembre. No habían sido publicadas en las dos entradas anteriores por dos simples motivos: estaban reservadas para otra cosa o aún no existían. Aquí van algunas de ellas, las pocas especies que van a continuación son estas: ánade real, garza real, gorrión común, lavandera blanca, lavandera cascadeña, martín pescador, mirlo, mirlo acuático, mosquitero, paloma bravía, petirrojo y urraca.

Se acerca la Navidad, las luces y el Belén van asomando, y así lo muestran numerosos detalles que aúnan las ganas de vivir tiempos felices con el más duro y brutal consumismo. La noche de los tiempos continúa cerniéndose sobre nuestras vidas y la luna casi llena cierra noviembre por todo lo alto, aunque aún queda un post pendiente para hablar de otras cosas sucedidas en el mes mágico. Por Set y por Moby Dick, aunque también por la semilla de niñez que llevamos dentro y que jamás debería perderse ante la madurez, pues se erige como uno de los motores de la ilusión por la vida y por las cosas simples, encubiertas bajo el velo de la indiferencia y el inexorable paso de las agujas de Cronos. Gracias por leer, hasta el próximo papiro.

Texto y fotografías: © J. Bass (Vientos de Estigia).

Artículo de carácter cultural y lúdico, exento de afán comercial. Los logos e imágenes pertenecen a los poseedores de los derechos.

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