Buen viaje, amigo

Ante el flujo de un mes de noviembre que bulle a pleno vapor, he de decir que, según van las cosas del mundo en marcha, considero estar viviendo los tiempos más extraños que se han dado desde hace décadas. Y hoy tengo que sumar una nefasta astilla a esta hoguera, pues por la mañana recibí un SMS mediante el cual se me informaba del fallecimiento por posibles causas naturales del colega Javier Beltrán, a quien conocí el día 2 de enero del presente 2025 en plena faena mutua de observación y fotografia de aves por las riberas del Bernesga. Este es el enlace a la noticia: https://www.leonoticias.com/leon/encuentran-cadaver-hombre-tras-varios-dias-senales-20251110174101-nt.html

Antes de continuar, quiero transmitir mi pésame y el de mi esposa a los familiares y amigos de Javier.

Este hombre de 74 años era integrante de un grupo con el que, de tanto en vez, mantuve correrías y caminatas en busca de toda especie que se pusiera a tiro de cámara o prismáticos. La verdad es que desde el primer momento fui consciente de que estaba ante alguien conocedor del terreno que pisaba. Aunque no tuvimos demasiada relación, hablé bastante con él, es decir, compartimos rutas y conversaciónes las suficientes veces como para sembrar los inicios de una amistad respetuosa de la que, de alguna manera, quiero dejar constancia en este escrito mediante pequeñas reflexiones, a modo de homenaje personal y recuerdo.

Siempre contemplé a Javier como a un sabio humilde y cercano al que le interesaban muchísimo las plantas, las aves y los mamíferos, aunque aún más los insectos. Yo le preguntaba todo lo que podía y así fuimos conociéndonos un poco, se notaba que eso le agradaba, que se sentía a gusto y que era plenamente consciente de que estábamos realizando uno de esos ejercicios necesarios en la vida del ser humano: para el caso, aprender y compartir lo aprendido. A quien suscribe no hay que darle mucha cuerda a la hora de hablar sobre materias relacionadas con la naturaleza o la etología, así que desde mi posición de persona con menos recorrido vital, escuchaba sus palabras con callado entusiasmo, aunque a veces sin disimular la chispa de apasionamiento sobre los temas a tratar. Todo lo que sabía me lo contaba, y mis preguntas daban pie a que se dieran diferentes planteamientos en los que podría hablarme sobre avispas, abejas, ciervos volantes, osos de agua, zapateros, hormigas, mariposas y todo tipo de libélulas, larvas, gusanos… creo poder afirmar que la entomología era su afición favorita, y siempre nombraba a las especies por el correspondiente nombre científico. De hecho, debido a su influencia, comencé a sentir especial interés por la fotografía de invertebrados.

El pasado invierno coincidí con él bastantes veces, sobre todo en el Parque de Quevedo. Javier sabía a qué árboles y arbustos acudían algunos tipos de pájaros para alimentarse y obtener los preciados azúcares tan necesarios en su dieta, me explicaba cosas acerca de la alimentación de los pinzones, los picogordos, los mirlos o los mosquiteros. Le gustaban mucho las aves rapaces, le encantaba el reyezuelo listado y podía pasar horas sentado, esperando pacientemente a que ciertas especies aladas apareciesen en escena. Disfrutábamos hablando de las características de los colirrojos, de los ánades reales, de las palomas, de los pavos reales y de los poderosos ejemplares de pato criollo, así como del pollo de esta especie que ambos pudimos fotografiar en momentos distintos y que, literalmente, duró dos días a la vista, pues nunca más se supo de aquel extraordinario y metáforico patito feo que, por cierto, era absolutamente precioso y a Javier le llamó mucho la atención. Otro tema que estuvimos comentando en varias ocasiones fue el de las anadesas de color “rubio” y sin espejuelo azul, ambos especulábamos con que tal vez podrían ser el resultado de algún cruce entre especies. Hay que decir que este hombre de barba blanca y gorra, habitual portador de macutos y accesorios, era un estudioso de las teorías de Charles Darwin, y siempre aprovechaba estas inquietas charlas para compartir lo que pensaba en función de sus conocimientos de toda una vida sobre el terreno, leyendo muchos libros y puliendo caminos con sus botas.

Porque si algo le gustaba a Javier Beltrán, además de salir con su habitual grupo de colegas y amigos pajareros, era caminar en soledad por los montes y los campos. Casi siempre iba en bicicleta, y solia desplazarse a pequeños santuarios naturales desde los que aguardaba la visita de su querida nutria, de los visones o de los corzos. Era forofo de las comadrejas, y la última vez que estuvimos charlando, el pasado día 22 de octubre, me mostró la fotografía de un ejemplar que había visto pocos días antes, realizada con su vieja cámara Sony a la que estaba pegado como resina al pino. En realidad era un incondicional del empleo de prismáticos, pero cuando se ponía algo a tiro, sacaba su máquina con la ilusión de un niño, juraba levemente y trataba de lograr sus capturas. Entrañable. Estaba deseando comprarse un modelo nuevo con zoom potente, más hacia el tema ornitológico, y contaba con el asesoramiento de sus compañeros. Desconozco si llegó a adquirirla. Ese día pude fotografiar a mi paloma favorita, no demasiado bien, pero aquí va en memoria de Javier, que a mi lado, tuvo que sufrir mis maldiciones ante la falta de condiciones para un óptimo enfoque.

Volviendo al principio, he de decir que el pasado invierno me lo pase pipa en las incursiones mañaneras realizadas por diferentes lagunas leonesas junto al propio Javier Beltrán, Mario Prieto y Gearóid Mac Lochlainn, en busca del zorzal real, de los estorninos pintos, las collalbas, las lavanderas boyeras, de los críalos, del alcaraván y de toda una serie de maravillosas aves que a todos nos chiflaban. En alguna ocasión coincidimos con el fotógrafo José Iglesias (presente en la imagen inferior), aunque lo habitual era que todos los recién citados y otras personas afines nos encontrasemos no pocas veces en el entorno del río Bernesga.

En  las siguientes imágenes aparece Javier Beltrán con Mario Prieto, con Gearóid Mac y conmigo. Todas las fotografías insertadas en este homenaje son de mi autoría, excepto una que realizó Mario Prieto con mi cámara (la tercera de las que vienen a continuación), a su vez por deseo expreso mío. Me apeteció inmortalizar aquel momento, mágico, cordial y humano, así que aquí consta para la posteridad.

Justo hace tres meses, el día 11 de agosto, Javier y yo nos encontramos en el Parque de Quevedo y le hice algunas fotos; posó con tez serena y afable. Se mostró natural, estaba tranquilo y contento, algo que la siguiente imagen transmite a la perfección, así como la que encabeza este escrito. Mis favoritas son las dos siguientes a la recién citada: en una de ellas está en plena faena con su cámara, concentrado al máximo. En la otra aparece sentado y rodeado de sus avecillas, cual Gaudí inmerso en sus pensamientos, sin presentir ni notar mi presencia en la lejanía, justo antes de llegar a su lado y poder saludarle. Mis imágenes no son de calidad, soy consciente de lo meramente testimonial implícito en cada una de ellas, pero en este caso servirán para plasmar una muestra de afecto y como bonito recuerdo. Estoy convencido de que eso es lo que más valor tiene. Varias veces pensé en escribir sobre él, incluso en hacerle una entrevista; tenía mucho que compartir con quien quisiera escuchar, y siempre recordaré su persona cuando visualice esos bancos del estanque, las bravías y las anátidas, el agateador y las lavanderas cascadeñas, sin olvidar las sendas boscosas o el simple curso del sagrado río Bernesga. Porqué estará allí sin estar. Y tal vez, ese pensamiento evoque nuestra fragilidad.

Solo queda expresar unas palabras finales: desde este pequeño reducto, deseo que tengas un feliz viaje a la eternidad y que la melodía de las alas del silencio, esa que llora sin trastes y de todo corazón, te acompañe en tu última travesía. Me consta que tus amigos y seres queridos ya extrañan tu presencia. Gracias por todo, tocayo, maestro. Hasta siempre.

Texto y fotografías: © J. Bass (Vientos de Estigia).

Artículo de carácter cultural y lúdico, exento de afán comercial. Los logos e imágenes pertenecen a los poseedores de los derechos.

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